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Don Almojarife tiene bigote. No es ni muy alto ni muy bajo. Ni especialmente grueso ni delgado. Ni joven ni viejo. Ni tiene pelo ni es calvo. Ni feo ni guapo. Eso sí: tiene un nombre muy raro. Podía haberse llamado D. Antonio, D. Manuel, D. José, D. Juan, D. Francisco,... Incluso podía haberse llamado D. Ambrosio, D. Ceferino, D. Casimiro, D. Robustiano,... Pero se llama D. Almojarife. El libro de los gustos estaba cuando nació y sigue estando en blanco.
Don Almojarife es un hombre culto, un hombre que ha visitado con su mujer y sus hijos el cementerio inglés de la ciudad -que es muy bonito-, un maestro que le pone a sus alumnos en clase, mientras trabajan, bajito, música clásica -porque relaja- y, a veces, cuando el concierto es una grabación en directo y suenan los aplausos, dice como señalando hacia el radiocassette: “¡Ahí estaba yo aplaudiendo!”
Don Almojarife es un hombre moderno, un maestro de escuela de ideas modernas que le habla a sus alumnos de la importancia que para la salud tiene una correcta alimentación y de los perjuicios que, para la misma, tiene una alimentación basada o abundante en alimentos o productos precocinados y bollería industrial, perjuicios como por ejemplo, la obesidad, y que, en consecuencia, les aconseja comer no sólo carne, pasta y chacina, sino también pescado, fruta, verdura, leche,... de todo: una alimentación variada, rica y equilibrada, aconsejándoles así mismo que, para desayunar, es mejor traer al colegio fruta o un buen bocadillo que traer un dulce -dice despectivo- no hecho en casa.
Don Almojarife, fiel a sus ideas, come de todo. Al menos, de todo lo que llevan sus alumnas y alumnos. Porque tiene, desde siempre, una costumbre: y es coger a cada niño y niña un bocaíto del bocadillo del desayuno. Miento, que, para ser precisos, ni come de todo ni les coge un bocaíto. Porque el bocado o bocaíto se da con la boca y él lo que hace es cortar con los dedos un trozo o trocito. Y no come de todo porque a los que llevan crema de cacao o foiegrás, los deja en paz, los deja tranquilos. Además, aunque Don Almojarife recomienda a sus alumnos llevar fruta para desayunar, a los pocos que la llevan muy de cuando en cuando, no les coge un casquito ni un pedacito. Y si llevan dulces, pasteles, galletas, magdalenas, bizcocho,... tampoco. Pero si es bizcocho casero, hecho en casa por una mamá, sí lo prueba.
Don Almojarife nunca lleva su propio bocadillo o su propio desayuno. Pero como es Tutor de su grupo de alumnos, les tutela todo, hasta el bocadillo del desayuno. Así que, cuando a media mañana suena el timbre para salir al recreo, Don Almojarife se pone en la puerta del aula para que nadie se le escape y les va... ¿cómo llamarlo?... cobrando el diezmo, tutelando los bocadillos, exigiendo el impuesto revolucionario, recaudando el almojarifazgo,... -o como se le quiera llamar- a sus alumnos.
- A ver, Fulanito, ¿qué traes hoy? ¡Uhmm, qué rico! -y le corta un trocito.
- A ver, Menganita, ¿de qué es el tuyo? ¿Mantequilla otra vez? -y le pega un pellizco.
- A ver, Zutana, ¿qué te ha puesto hoy tu madre? ¡Oh, exquisito! -y le arranca una parte.
- Trae acá, Perengano. ¡No está mal! -y le corta un pico.
Y así, Don Almojarife va demandando a sus alumnas y alumnos información sobre el contenido, desliando envoltorios de aluminio, abriendo y cerrando bollos, alzando extremos, descubriendo interiores,... Tanto es así que, a veces, no da abasto para tener en la boca y entre los dedos tantos trozos distintos. Alguna vez ocurre que Don Almojarife tira del pellizco y se trae colgando todo el filete, las lonchas de jamón o las rodajas de salchichón o chorizo, con lo que se desarma el bocadillo y se arma el lío, porque entonces tiene que partir el filete, las lonchas o las rodajas de mala manera con los dedos y, luego, volver a armar el bocadillo; cuando eso le ocurre, le dice la niña o el niño: “¡Maestro, que te llevas to lo güeno.”, y él se justifica diciendo: “¡Es que se va, es que se va!” Y otro que es un lío pero que es el preferido de Don Almojarife aunque arrancarle un trozo sea un lío, es el del niño que trae el bocata de pan grande y redondo relleno de jamón o filete, lechuga y tomate natural en rodajas mojado todo ello con ketchup o mayonesa, de los cuales opina, ejerciendo su magisterio, que son los más buenos y, a los cuales, les tira un buen pellizco aunque se salga la mayonesa o el ketchup por todos lados y se pringue los dedos y llegue la salsa hasta el suelo. En fin, que así, Don Almojarife va haciendo de inspector, no de colegios sino de bocadillos. Eso sí, a los que llevan fruta, crema de cacao o foiegrás, los deja pasar.
Los niños y niñas de Don Almojarife lo tuvieron de maestro en tercero y cuarto y, aunque no es mal maestro, tenían la esperanza -ellos y, tal vez, sus papás- de que, al cambiar de Ciclo, cambiarían también de maestro. Porque estaban un poco o un mucho hartos de esta recaudación, de esta costumbre o, según su lenguaje, de “la cara” y “el morro” que el maestro le echaba al asunto. Pero no fue así. Don Almojarife, ya sea por razones de organización y funcionamiento del colegio, ya por los bocadillos que traen, sigue con ellos.
Así que, a estas alturas y después de tanto tiempo juntos, pues ocurre un poco de todo con este asunto del bocadillo. Los papás y las mamás no dicen nada, por temor, porque no le dan importancia o porque ni se han enterado. Los niños, a veces, intentan escaquearse, escaparse metiéndose en la bulla de la puerta de clase, pero Don Almojarife, que tiene mucha práctica -quizás, varios trienios, más de uno, seguro-, los ve y les dice algo así como: “¡Eh, tú, ¿dónde vas? Espera. No corras!”, “¡Eh, vosotros, no tengáis tanta prisa!” Como, por ejemplo, un día en que una niña intentó escabullirse y él le dijo:
- ¡Inés, por favor, no me hagas esto... -y le cogió y miró de qué era el bocadillo-, ...no me hagas esto hoy que lo traes de atún con tomate!
Después de tanto tiempo juntos y como los niños y niñas ya van siendo mayorcitos, algunos se quejan al maestro y le echan un poco de cara, diciéndole cosas como:
- ¡Maestro, cada vez me quitas más!
- Maestro, mejor dame el bocaíto y quédate con el bocadillo.
- ¡Ojú, maestro, vaya tela!
- Maestro, ¿tú por qué no te traes un bocadillo? -pregunta a la que Don Almojarife le da la callada por respuesta.
Otros, en vez de quejarse y tal vez con ayuda de sus padres, buscan soluciones inteligentes. Así, algunos, para no quedarse con hambre, sabiendo que el maestro les quitará un bocado, en lugar de traerse un bocadillo más pequeño, se lo traen más grande. Otros, se traen el bocadillo partido por la mitad y salen al recreo con medio en la mano y el otro medio metido en un bolsillo, en un calcetín, en la bragueta o bajo la axila. Otros, con tal de no pagar al fisco, han optado por reducir su dieta en el colegio a crema de cacao y foiegrás. Y, otros, se traen el bocadillo vacío, sin nada dentro y, aparte, escondido, el relleno, asegurándole a Don Almojarife que les encanta el pan así, seco, y luego, en el patio de recreo, abren el bollo con los dedos y lo rellenan, alimentándoles y engordándoles más la satisfacción de haber engañado al maestro que el propio bocadillo. Pero lo más normal es tener que perder, a manos de él, una parte del bocadillo. Porque es muy difícil engañar a Don Almojarife. Y, a pesar de que intentan escaparse sin “pasar por caja” o engañarlo alguna vez, no son malos chicos y chicas. Ni siquiera le han puesto a su maestro un mote o apodo relacionado con esta costumbre suya. A lo sumo, se refieren a él alguna vez por su bigote.
A Don Almojarife lo pillaron algunos de sus alumnos, un día que en el patio de recreo hacía frío y subieron a la clase a por ropa de abrigo, haciendo con la Señorita Puri lo que hacía con sus bocadillos: unos dicen que estaban dándose el pico, otros que dándole pellizcos y, otros, que dándole un bocaíto. Es decir, que según los niños, Don Almojarife le estaba cobrando el diezmo a la Señorita Puri. Cosas de críos. Seguramente, como la Señorita Puri también es Tutora de Primaria, lo que hacían ella y Don Almojarife en clase durante ese recreo era tener una reunión de Ciclo. Luego, al hacer la fila en el patio, uno de los niños le preguntó a voces a Don Almojarife, que se enteró medio colegio, si le gustaba la Señorita Puri. Y, a la Señorita Puri, que también se enteró porque estaba allí al lado y que últimamente iba más acicalada que de ordinario, se le arrebolaron aún más los coloretes de las mejillas, el rojo de labios y la sombra de ojos. Y, Don Almojarife, que no sabía qué decir, dijo:
- ¿Qué dices tú? ¡Anda, calla, calla y no digas tonterías!
Cosas de críos.
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* Del libro: Cuentos de la escuela |