|
Debían ser aproximadamente las quince horas de una tórrida tarde de finales de curso, cuando don Teótimo Sánchez Escudero se dispuso a dar una de las últimas lecciones de Ciencias Naturales, con arreglo al programa y horario previstos a principios de curso.
Entre sus alumnos se le conocía como don Teótimo Tsé-Tsé, sobrenombre al que habían llegado uniendo, en síntesis bastante acertada, las iniciales de su nombre y apellidos (T.S.E.) y las características más acusadas de su quehacer profesional, pues según el sentir y el decir generalizado de aquéllos, sus clases eran pesadas y soporíferas hasta el punto de conducir al mismo final que la picadura de la mosca Tsé-Tsé, es decir, al sueño.
Sobre su mesa yacía abierto un libro, oscuro y moribundo, pidiendo a gritos la jubilación: vértices y aristas redondeadas por el uso, huellas dactilares de grasa, de mina de lápiz, de sudor,... fichas y papelitos con anotaciones entre sus páginas, color y olor a tiempo.
- ¡Bien: silencio, silencio. Vamos a comenzar!
Don Teótimo se arrellanó en su sillón y tocó con las yemas de los dedos -por pura costumbre- los extremos inferiores izquierdo y derecho del libro, al mismo tiempo que verificaba si la lección y la página eran las correctas.
-¡Atended! ¡Sentaos como Dios manda y guardad silencio!
En el fragor de la digestión, las aproximadamente cuatro decenas de alumnos intentaron acomodar sus largas piernas y sus cuerpos adolescentes en aquella selva de patas, asientos, respaldos y tableros para que, consiguiendo la postura más cómoda y menos irreverente hacia Dios y hacia don Teótimo, la clase fuese lo más llevadera posible.
- Hoy os hablaré de los insectos en general y de la mosca en particular.
Se dejó oír un apagado murmullo. No era de aprobación ni de desaprobación, era simplemente un murmullo. Una nube de moscas sobrevolaba las cabezas ocupando el espacio aéreo.
- ¿Qué son los insectos? -comenzó, retórico, don Teótimo-. Se conoce con el nombre de insectos a los animales artrópodos articulados, de respiración traqueal, cuerpo dividido en cabeza, tórax y abdomen, que poseen un par de antenas, uno o dos pares de alas y tres pares de patas.
Acto seguido, don Teótimo Sánchez pasó a explicar el significado de artrópodo, articulado y respiración traqueal. Algunos alumnos se entretenían ya viendo volar las moscas e intentando descifrar algún lenguaje en sus evoluciones y paradas.
- La mosca es un insecto díptero, muy común y molesto, de unos seis milímetros de largo, de cuerpo negro y rechoncho, cabeza elíptica, más ancha que larga, ojos salientes, alas transparentes cruzadas de nervios... A ver, vosotros dos... sí, vosotros: ¿por qué no atendéis?, ¿qué os traéis entre manos?
- Es que éste ha cazado una mosca y la estamos analizando. Le hemos arrancado las alas...
- ¡No seáis asquerosos -tronó la voz de don Teótimo-: dejaos de cacerías y de análisis y atended a mis explicaciones!
- Sí, señón maestro.
- ¿Por dónde iba? Sí, decía que la mosca es un insecto díptero, que tiene las patas cortas y con ventosas y la boca en forma de trompa. Y: ¿qué quiere decir díptero?
Parecía que el tiempo se había detenido o que no existía y que la clase, por efecto del calor y de la atmósfera general, era de caucho, de goma o de cualquier otra sustancia muy elástica. Las paredes -altas, desnudas y amarillentas- y el techo, por efecto de este extraño fenómeno, parecían acercarse y separarse, retorciéndose y deformándose lentamente; los armarios, de madera, daban la sensación de haber sido fabricados cerrados y con el candado puesto, sin que jamás hubiesen sido abiertos para nada; todo parecía estar donde estaba desde el principio de los tiempos, incluídos don Teótimo y su libro sobre la mesa.
-...los de atrás... ¿queréis escuchar?, ¿qué hacéis?
Los de atrás recompusieron su postura. Algunos se hallaban escribiendo sus nombres o pintando musarañas y otras abstracciones sobre la mesa. Los dos Serafines -Serafín Larváez y Serafín Expósito- se hallaban dormitando parapetados y protegidos por las espaldas de los de delante. Don Teótimo les quedaba allá a lo lejos.
- Aunque la representante más conocida es la mosca doméstica, también se aplica a géneros próximos, como la mosca Tsé-Tsé...
De nuevo, un murmullo recorrió la clase, esta vez, con campanillas. A Serrano y a Ferrete se les escapó la risa.
- ¿Qué ocurre? ¿A qué viene este alboroto? A ver, vosotros dos: ¿de qué habláis, de qué os reís?
Serrano y Ferrete no supieron qué contestar. Sabían que si no se justificaban rápidamente de una forma lógica y satisfactoria, podía sobrevenirles un castigo.
- Es que hay dos moscas pegadas... una encima de otra, señón maestro.
- ¡Vaya una gracia! ¡Os distraéis con cualquier tontería! Sentaos, olvidaos de las moscas y prestad atención.
- Sí, señón maestro.
Don Teótimo Tsé-Tsé pasaba las páginas de su sobado libro mojándose el índice derecho en la boca y las asentaba en el lado contrario con las yemas de los dedos de la mano izquierda. Cuando, al pasar página, encontraba alguna ficha o papel, lo consultaba.
- ...la mosca azul, la mosca verde de la carne, la mosca de la fruta y la mosca de la oliva. Muchas especies de moscas sienten atracción por las sustancias en descomposición hallando en ellas el alimento o un lugar donde hacer la puesta.
Sobre la cabeza de don Teótimo, un poco a la derecha, en la pared, colgaba un crucifijo enorme y polvoriento y, cerca de éste, un cuadro con la foto amarillenta de un señor. La verdad es que todo tenía un unificador tono ocre. Incluso los niños parecían, a veces, un grupo de aburridos hepatíticos.
Tanto el crucifijo como el cuadro estaban densamente poblados de puntitos negros, de diminutas cagaditas de moscas.
- Algunas especies de la familia de los múscidos están distribuídas por todo el mundo, mientras que otras son esencialmente africanas.
La voz de don Teótimo era un zumbido que ni tan siquiera llegaba a molestar. El señón maestro hablaba y hablaba -leía y leía-, y sus alumnos se habían acostumbrado ya a oírle, como oían el zumbido de las moscas en verano, el sonido del agua sobre el patio en los días lluviosos de invierno, el sonido característico de la escuela -a veces, silencio, a veces, griterío- o su propio zumbido en la clase. Don Teótimo hablaba y hablaba -leía y leía- desde detrás de la mesa, escoltado e iluminado por el crucifijo, el cuadro y un cartel de alguna sociedad protectora de negritos:
- Algunas especies, como la doméstica, se alimentan chupando líquidos orgánicos (como leche y soluciones azucaradas) o productos jugosos (como carne y fruta, por ejemplo). ¡Silencio, silencio. Ya veréis, luego vendrán los ceros en los exámenes! ¡Tú, ¿qué haces durmiendo? Vete fuera de clase, aquí no se viene a dormir! ¡Prestad atención!
Termes, que investigaba con el extremo del lápiz una mosca difunta que había encontrado en el suelo, soltó disimuladamente el lápiz y adoptó actitud de prestar atención.
- La mayor parte de las moscas son ovíparas; la fecundidad suele ser elevada: una mosca doméstica puede poner de trescientos a quinientos huevos y la duración total del desarrollo excede poco de los diez días -don Teótimo espantó las moscas azotando el aire-. Al circular sobre medios putrefactos y pasearse después sobre los alimentos, las moscas son portadoras de numerosos gérmenes causantes de enferme...
En ese momento y de manera repentina se coló por una de las ventanas una mosca enorme. Los alumnos se alborotaron y la siguieron con la vista. Dio varias vueltas desorientada. Algunos intentaron derribarla con el cuaderno. El enorme díptero hizo ademán de detenerse en varios lugares y, por fin, buscando la salida, se había estrellado contra el cristal de una ventana entornada, justo la ventana que caía más cerca de Anófeles Teruvela. Creció el alboroto y todos se removían en sus asientos para ver qué había sido de la mosca o -como algunos la llamaban ya- el moscón. Dos o tres, los más atrevidos, se levantaron y se llegaron hasta la ventana.
Don Teótimo Sánchez Tsé-Tsé se encolerizó. Al ponerse en pie, un tufillo peculiar llegó desde su asiento a los alumnos cercanos de las dos primeras filas:
- ¡Esto es el colmo! ¡Ya me tenían ustedes con la mosca detrás de la oreja, pero esto es el colmo! -los interpelados se daban cuenta de que la cosa se había puesto seria, que don Teótimo estaba realmente enfadado y que había riña para rato. Por ello, intentaron prestar atención con gesto grave a don Teótimo y, al mismo tiempo, no perder de vista la mosca ni sus movimientos, ¡qué suerte la de aquéllos que estaban sentados cerca de la ventana, sobre todo, la de Anófeles, que era espectador privilegiado!-. ¡El país y sus padres aflojando la mosca -don Teótimo recalcó lo de aflojar la mosca- para que ustedes estudien, para hacer de ustedes hombres educados y de provecho y, a cambio, ustedes... -muchos, hacían un verdadero esfuerzo por mantenerse no ya escuchando a don Teótimo, sino mirando hacia donde estaba, pues la cabeza se les iba sin querer hacia la ventana. De reojo, todos controlaban, más o menos, el estado de la cuestión del moscón-...
-...y, a cambio, ustedes...
- Pero, don Teótimo, si no hemos hecho nada...
- ¡Usted se calla, Anófeles, que es usted un mosquita muerta y las mata usted callando. No consiento que me responda después de haberse pasado la clase papando moscas!
- ¿Cómo dice, señón maestro?
- ¡Que se ha pasado usted la clase embobado, eso digo!
- Bueno, la verdad es que un poco perdido sí andaba -Anofeles miraba con el rabillo a la mosca, que andaba por el junquillo del cristal, medio aturdida aún por el golpe-. Pero... don Teótimo, sin ánimo de ofenderle: ¿usted ha visto alguna vez de cerca una mosca, una mosca de verdad?
- ¡Anófeles, no estoy dispuesto a escuchar sus impertinencias! ¡Le advierto que si persiste en su actitud me veré obligado a suspenderle el curso! ¿Qué ha querido decir...
- No, no, en serio, don Teótimo, acérquese. Es un poco repugnante, pero como es tan grandota se le ven muy bien las patas, los ojos, los nervios de las alas...
Don Teótimo no sabía qué hacer. Después de unos instantes de sorpresa y duda ante la osadía de aquel muchacho que le invitaba a ver de cerca aquel insecto artrópodo, articulado y de respiración traqueal, sucumbió. Adoptó una actitud grave y, saliendo de detrás de la mesa, comenzó a caminar:
- Está bien, está bien. Tratándose de un espécimen de proporciones tan poco usuales...
Los demás chicos también estaban bastante sorprendidos ante la desacostumbrada actitud de su compañero Anófeles, que había hablado con aquella franqueza al señón maestro, el cuál, inexplicablemente, había interrumpido la lección y se dirigía, pasillo adelante, hacia la ventana donde, la mosca, detrás del cristal, seguía intentando encontrar la salida liberadora hacia la luz.
Hubo un movimiento generalizado de aproximación a la ventana, que no llegó a consumarse. Pero cuando don Teótimo se halló sobre la mosca, dijo:
- Acercaos, acercaos y miradla bien. Es un ejemplar magnífico.
Y viendo las intenciones y los deseos de alguno:
- Pero no la toquéis: puede transmitir gérmenes y enfermedades. Que luego os tocáis la boca y los ojos y os metéis el dedo en la nariz.
Después, respondiendo a una pregunta, don Teótimo dijo que no, que los mosquitos no eran ni los hijos ni los maridos de las moscas y contó cuando su madre -allá en su infancia- echaba un líquido venenoso para moscas sobre el hule de cuadros de la gran mesa familiar y, después de la siesta, la mesa era como un campo después de la batalla, sembrada de pequeños cadáveres negros.
Y, más tarde, se habló con entusiasmo de buscar más insectos, de estudiarlos y clasificarlos. Y el primer ejemplar sería aquel moscón, aquel moscardón, aquella mosca gigantesca que apareció por clase una tórrida tarde de finales de curso, rompiendo de forma inesperada el programa y el horario previstos desde comienzos de curso.
. . .
* Del libro: Cuentos de la escuela |