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Esto érase una vez hace mucho tiempo que se era que hubo que había en un país muy lejano un rey y una reina que tenían una hija que era la más bella de todas las princesas del mundo. Al menos, así les parecía al rey y a la reina.
Nada dicen las crónicas -que obran en mi poder- de si este rey y esta reina eran queridos y respetados por sus súbditos y cortesanos, de si eran justos y magnánimos y esas cosas. Pero, si nada dicen las crónicas de esas cosas, será porque seguramente no interesarán al curso de nuestra historia.
El caso es que eran el rey y la reina de este reino y que vivían en un suntuoso palacio de mármol, que vestían preciosos vestidos adornados de piedras preciosas, que realzaban sus reales personas con ricas joyas, que sus vajillas, carrozas y demás utensilios y mobiliario eran de plata, oro y nobles maderas y que, en fin, se hacían servir de una legión de siervos, caballeros, lacayos, bufones y criados, como corresponde a todo cuento que se precie.
Y... ¿qué pasó?
Pues pasó que como los reyes no tenían heredero y la princesa se estaba haciendo mayor, pensaron que ya era hora de que ésta se casase.
Así es que el rey convocó unas jornadas de fiesta en palacio. Asistieron príncipes, caballeros, nobles y gallardos mancebos del reino y de todos los demás reinos. Tuvieron lugar bailes, comidas, torneos, juegos,...
Pero terminaron los días de fiesta y la princesa no se había decidido por ningún pretendiente. No le agradaba ninguno. Los reyes se mostraron preocupados, pero por ser la primera vez, no quisieron darle al asunto demasiada importancia y ni siquiera se enfadaron.
El rey y la reina convocaron otra nueva fiesta. Y, después, otra. Y, luego, otra más. Y así siguieron convocando y celebrando fiestas, siempre con el mismo resultado: a la princesa no le agradaba ninguno. Bueno, alguno le agradaba, pero no tanto como para casarse.
- Hija -decía la reina-, ¡pero si los hay muy ricos y muy guapos!
- Ya, madre, pero...
- Pues, ¿qué esperas -decía el rey-: un príncipe azul, un príncipe encantado,...?
- No, padre, yo nunca hablé de príncipes azules ni de príncipes encantados.
- Pues no lo entiendo -dijo la reina-. Nunca fuiste soberbia, ni presumida, ni simple,...
- Tampoco, madre, lo soy ahora.
- Pues yo tampoco lo entiendo -terció el rey-. Habrás de casarte, ¿no?
La princesa miró con sus hermosos ojos al rey, su padre, y le preguntó:
- ¿Por qué, padre?
El rey se quedó mirando a la princesa, su hija, con los ojos muy abiertos y, por unos instantes, pareció desconcertado. Luego, dijo:
- ¿Cómo que por qué, hija, cómo que por qué? Pues está bien claro. Tu madre es la reina, yo soy el rey, y, tú, eres nuestra hija, la princesa, nuestra única descendencia y nuestra única heredera; y eres la más hermosa de todas las princesas. Vivimos en un magnífico palacio rodeados de siervos, caballeros, cortesanos, pajes, bufones, lacayos,... y entre nuestras riquezas se cuentan palacios, castillos, tierras, carrozas, caballos, oro, plata, joyas,... como corresponde a nuestra realeza. Tú estás en edad de contraer matrimonio y yo he convocado bailes y fiestas en nuestro palacio para que tú puedas escoger marido. Todo esto ya lo has leído al principio. ¿No te das cuenta? Está bien claro: esto es un cuento. Y, hasta ahora, todo va marchando porque cada uno somos y nos comportamos con arreglo a los cánones clásicos. Hace varias líneas que te tocaba escoger pretendiente y casarte.
La reina callaba. El rey adoptó un tono aún más grave para dirigirse a su hija, la princesa. Se acercó a ella, le acarició la mejilla con el dorso de la mano y le dijo con mucha ternura:
- Hija, intenta comprenderlo. Tienes que casarte. Si no te casas, será una catástrofe. Este cuento no podrá terminar siendo todos felices y comiendo perdices. Si no te casas, este cuento nunca podrá formar parte del mundo y la historia de los cuentos clásicos y populares. No lo aceptarán en ninguna antología y todos los personajes -yo, tu madre, tú misma,...- andaremos errantes y seremos el hazmerreír de todos los demás personajes -el rey parecía más viejo y abatido que nunca; una lágrima asomó a sus ojos-: Hija, tienes que elegir marido y casarte. Hazlo por nosotros, por tu madre y por mí, por ti. Yo no quiero ni puedo obligarte.
Los tres personajes y todo lo que los rodeaba parecían modelados en cera. Estaban inmóviles, cabizbajos. Los envolvía un silencio denso y aplastante.
Pasó un tiempo que pudo ser unos segundos o un siglo. Lentamente, la princesa alzó la cabeza y pareció salir de su marasmo:
- Está bien, padre.
La princesa, la más bella princesa del mundo, se casó. Repicaban las campanas de todo el reino. Hubo envidia, admiración, comentarios, críticas y polémicas entre todos los súbditos del reino.
En palacio hubo fiestas, bailes, felicitaciones y parabienes, música, danza, vino, comida abundante, cantos, alegría, voces, risas,...
Y fueron felices y comieron perdices y a mí no me dieron... ¡Yo qué sé por qué no me dieron a mí!
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* Del libro: El árbol del chocolate, diez cuentos más, una historia en verso, un cuento muy pequeño, el último cuento y el ya veremos. |