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Se pueden perder muchas cosas, ¿verdad? ¿Quién no ha perdido alguna vez alguna cosa? Se puede perder el paraguas, el tacón del zapato de tacón, unas monedas que había en el bolsillo y se escapan por algún agujero, las llaves, el perro, un pendiente, el reloj, el niño en la feria, el camino de salida en unos grandes almacenes, la cartera,... Se pueden perder muchas y variadas cosas, incluso se puede perder... la cabeza. Pero lo extraño, lo realmente extraño, es haber perdido la sonrisa.
Pues, érase una vez un niño que había perdido la sonrisa. Y no sonreía nunca, porque no tenía sonrisa y porque no recordaba cómo se sonreía. Tampoco buscaba su sonrisa, porque no sabía dónde se podía buscar una cosa tan extraña como la sonrisa de un niño.
Sus compañeros del cole, sus maestros y sus amigos del barrio estaban muy preocupados. A veces, incluso se irritaban y no querían jugar con él, porque no hay nada más triste que un niño sin sonrisa.
Pero él no tenía culpa: había perdido su sonrisa. Incluso le daba un poquito de envidia ver a sus amigos tan contentos y felices, sonriendo a cada momento por cualquier motivo.
Un día, todos sus amigos decidieron ayudarle. Para ello, jugaron y jugaron sin descanso con el niño que había perdido la sonrisa, por ver si jugando sonreía. Pero no consiguieron nada.
El niño que había perdido la sonrisa estaba cada día más triste y solitario. Y, cada día, jugaba menos con sus amigos, por-que no sabía jugar bien o no le apetecía. Claro, es que es muy difícil vivir sin sonrisa. Vivir sin sonrisa es como estar enfermo de una extraña enfermedad. Y es casi tanto como vivir sin alegría.
Otro día, estando en casa, el niño que había perdido la sonrisa se dio cuenta de que papá y mamá tampoco sonreían nunca. Entonces buscó a mamá y le preguntó:
- Mamá, ¿tú no sonríes nunca?
- Yo... yo... -mamá pareció bastante sorprendida con la pregunta-, yo... no tengo tiempo de nada, hijo.
Luego, el niño que había perdido la sonrisa miró a papá y le preguntó:
- Papá, ¿tú tampoco sonríes nunca?
- Yo... yo... ¡yo tengo muchas preocupaciones, hijo!
Papá y mamá se miraban. Se estaban dando cuenta en aquellos momentos de que hacía mucho tiempo que su hijo no sonreía y que ellos no sonreían. Entonces, se acercaron a él, le estrecharon las manos y la cintura y le dijeron:
- ¿Sabes? De ahora en adelante vamos a sonreír mucho; de ahora en adelante no dejaremos de sonreír nunca.
Y el niño que había perdido la sonrisa, dijo:
- ¿Si? ¿De verdad?
Y sonrió. Una sonrisa inmensa, espléndida, gigante, auténtica, colosal, una señora sonrisa, una sonrisa casi de oreja a oreja.
El niño que había perdido la sonrisa acababa de encontrar su sonrisa.
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* Del libro: El árbol del chocolate, diez cuentos más, una historia en verso, un cuento muy pequeño, el último cuento y el ya veremos. |