Narrativa

EL MISTERIOSO CASO DEL AUTÓGRAFO DESAPARECIDO*

Dedicado:
A todos los alumnos del Colegio, para que se aficionen
a leer y escribir.
A todos los padres, para que lean y motiven a sus hijos
a la lectura y la escritura.
A todos los maestros del Colegio, pidiéndoles disculpas
por haberles metido en esta historia.

        Ocurrió en nuestro Colegio hace mucho, muchísimo tiempo, en el siglo pasado, en el milenio pasado, corría el año 1998... En nuestro Colegio, sí. Una señorita que había en el Colegio había ido con su novio, que se llamaba Alberto, a un concurso de la tele que se llamaba Fútbol y Famosos. (Que, por cierto, luego, la señorita se casó con su novio y éste ya dejo de ser su novio; ¡cosas que pasan en la vida!).
        Pues, a lo que íbamos: que esta señorita trajo de aquel concurso un par de autógrafos dedicados a nuestro Colegio, uno de un famoso futbolista y otro de un famoso que no era futbolista sino presentador de televisión.
        El autógrafo del famoso presentador de televisión era de un tal Andoni Ferreño y decía así:

Para el Colegio de Aguadulce
Con cariño
A. Ferreño
1998

        Y el del famoso futbolista era de un tal Rafael Gordillo y decía así:

Para el Colegio de Aguadulce
de Sevilla, con cariño de
su amigo
Gordillo.

        Total, que los autógrafos quedaron pinchados en el Tablón de Anuncios de la Sala de Profesores.
        Pero, pasado un tiempo, la señorita de Religión y la señorita de Inglés, que aunque daban religión e inglés, entendían de fútbol -¡cosas que pasan en la vida, que, como dicen algunos, es un bidón!-, pues pensaron que el autógrafo de Gordillo corría peligro allí donde estaba, que se podía caer al suelo y ser pisado, manchado, roto,... o que, algún maestro o maestra, haciendo un aclarado en el Tablón de Anuncios, lo podía arrojar a la papelera o al contenedor de papel reciclable pensando que aquel autógrafo no tenía más valor que el de la pura anécdota. Pero, las señoritas de Inglés y Religión, pensaban que si el autógrafo del tal Ferreño podía seguir donde estaba, el del futbolista Gordillo merecía ser salvado del peligro y colocado en un sitio más acorde con su importancia.
        Porque decían ellas que Rafa Gordillo, aunque ya retirado de la práctica del fút- bol profesional, era el mejor extremo izquierda que había dado el fútbol español, que era uno de los mejores extremos izquierdas de Europa y del mundo entero, que había jugado nada más y nada menos que en el Real Betis Balompié y en el Real Madrid Club de Fút-  bol, que había ganado todos las competiciones que se podían ganar, que había corrido como un galgo la banda izquierda de los mejores campos de España, de Europa y de par- te del extranjero, con un estilo propio e inconfundible, levantando la cabeza antes de centrar y metiendo unos centros de rosca, con ese tobillo suyo, que cortaban la respiración de los espectadores y hacían que a los defensas y a los  porteros les temblasen las rodillas de miedo. Y decían que, además, era sevillano.
        Así que, ellas solitas, sin consultar con nadie ni someterlo a la consideración del Claustro de Profesores ni del Consejo Escolar del Centro, cogieron el susodicho autógrafo, lo pusieron en un cuadrito y lo colgaron en la pared de la escalera que comunica la planta baja del edificio de aulas con la planta alta.
        Y allí quedó el autógrafo del futbolista Gordillo, enmarcado en marco blanco en un cuadrito cuadrado de 16,5 centímetros de lado.

        Pero, hete aquí que, un día, un rumor se corrió por el Colegio como un reguero  de pólvora: ¡el autógrafo de Gordillo había desaparecido!
        El primero que acudió al rellano de la escalera donde estaba o debía estar colgado el autógrafo fue don Manuel, el director, que aunque no tenía pinta de Cherloc Jolms porque no tenía gabardina, ni gorra, ni lupa ni pipa, tenía la obligación de investigar todo lo que pasara o pasase en el Colegio, que para algo era el Director; además, que don Manuel no tendría gabardina, ni gorra, ni lupa ni pipa, pero tenía bigote, que para empezar a investigar no estaba nada mal. (Que, luego, corriendo el tiempo, don Manuel se quitó el bigote y se quedó ya sin bigote; ¡cosas que pasan en la vida, que es así, de aquella manera!).
        Y casi al momento, detrás de don Manuel, acudió al rellano de la escalera donde estaba o debía estar colgado el autógrafo don Miguel, que por aquel entonces era el Jefe de Estudios; don Miguel tampoco tenía pinta de Doctor Guason, aunque él sí tenía ga- bardina y gorra, bien es verdad que la gorra no era gorra inglesa sino gorra española y que la gabardina se la ponía cuando hacía eso que llaman mal tiempo, es decir, en días nublados o lluviosos, pero con eso y ser Jefe de Estudios ya era suficiente para que se personase en el lugar de los hechos y colaborase con don Manuel en la investigación. (Todavía no había llegado a Jefa de Estudios la señorita Asun; eso fue después, andando el tiempo, que don Miguel dejó de ser Jefe de Estudios y entonces se convirtió en Jefa  de Estudios la señorita Asun; ¡cosas que pasan en la vida, porque tienen que pasar y ya está!).
        - Se trata de un caso de hurto sin violencia ni uso de arma blanca -dijo don Manuel enarcando una ceja.
        - Efestiviguonder -dijo don Miguel-: sin uso de arma blanca pero el cuadro lo han dejado en blanco.
        Y, efestiviguonder, perdón, quiero decir, efectivamente: el cuadrito donde había estado el autógrafo del gran Rafa Gordillo -según la opinión de la señorita de Inglés y de la señorita de Religión, que yo, de lo que no entiendo, no opino-, el cuadrito estaba vacío y totalmente blanco; y no estaba blanco del susto que le hubiesen podido dar el ladrón o los ladrones, sino que el marco era, como ya dije, blanco, y, además, a través del cristal se veía la blanca pared. (Que, por cierto, había sido pintada por las mujeres del paro a principios de Septiembre, que todo hay que decirlo.)
        Sí; porque el autor o autores del hecho habían descolgado el cuadro y habían co- gido el autógrafo, pero habían vuelto a colgar el marco, con el cristal perfectamente puesto, en su sitio. Por eso, a través del cristal, se veía la blanca pared.
        - Lo que no sabemos es si han concurrido las agravantes de nocturnidad y alevosía -dijo don Miguel encendiendo un cigarrillo y expulsando una gran bocanada de humo, bocanada de humo que creó en torno de ambos una atmósfera igualita igualita que en las películas antiguas en blanco y negro de policías y ladrones.
        - Lo que ha concurrido es que se han llevado el autógrafo y el caso es grave y merece que se le preste la atención que se merece -dijo don Manuel medio perdido entre la niebla, quiero decir, medio perdido entre el humo.
        - Cierto, cierto. ¿Qué hacemos? ¿Por dónde empezamos? -preguntó don Miguel lanzando al aire otra gran bocanada de humo.
        - Reúneme a los muchachos en el salón -ordenó don Manuel al estilo del mejor Janfri Bogar.
        - ¿A qué muchachos? -preguntó desconcertado don Miguel.
        - Quiero decir que hay que reunir a los niños en la Biblioteca.
        - ¿A todos?
        - A todos.
        - No caben.
        - Pues en dos grupos: los interrogaremos a todos.

        Y así se hizo; don Manuel Jolms y don Miguel Guason reunieron a los niños en la Biblioteca en dos grupos o turnos. Primero fueron llevados los de ESO y los cursos ma- yores de Primaria. Pero todos se confesaban inocentes mientras no se demostrase lo contrario y decían que, a ellos, que los registrasen.
        Don Manuel, muy serio, mirándolos fijamente a los ojos, les preguntó si sabían de algún compañero o compañera que coleccionara en su casa objetos del Real Betis Balompié o del Real Madrid Club de Fútbol, tales como banderines, banderolas, escudos, bufandas, gorras, camisetas, llaveros,... a ver si se delataban unos a otros.
        Pero la estratagema no dio resultados positivos; bueno, ni negativos; vamos, que no dio resultado. Lo negaban, puesto que callaban; que aunque dice el refrán que el que calla, otorga, en los colegios, no, en los colegios cuando los alumnos callan es al contrario, es que no saben nada o que niegan.
        Además, que los habían reunido en el tiempo de recreo y por eso habían bajado ya con el pedazo de bocata en la mano y, algunos, estaban ya tirándole pellizcos al bocata, porque a ver quién se resiste a las once y media de la mañana a los efluvios embriagadores del chorizo, el salchichón, el aceite de oliva, el foagrás, el chulipán, el queso, el chopeppó, el jamonyó, la mortadela con aceitunas,... o lo que fuese; a ver quién resiste esos efluvios embriagadores escapándose a las once y media de la mañana por los resquicios del papel de aluminio y dirigiéndose directamente a la pituitaria, que es como decir a la nariz pero en plan finolis.
        De modo y manera que algunos alumnos estaban con la boca llena; y puede que los alumnos del “Maestro José Páez Moriana” no supiesen qué había sido del autógrafo del futbolista Gordillo, pero lo que sí sabían perfectamente los alumnos del “Maestro José Páez Moriana” es que con la boca llena no se habla; por lo que, si había alguno que sabía algo, no iba a hablar y a decirlo con la boca llena.
        Luego, en el segundo grupo, fueron llevados a la Biblioteca los cursos más pequeños de Primaria y los de Infantil. Que ya se lo apuntó alguien por allí a don Manuel y a don Miguel, creo que fue la señorita de Preescolar, una que era de Graná, pero no la que fue al concurso de la tele con su novio, sino otra que también era de Graná, pero que no tenía mala eso que dicen que tienen los de Graná, sino que era así como muy educada, como muy amable y muy tal, y creo que fue ella la que lo apuntó:
        - Que no metáis a los pequeñicos en esto, que el cuadrico del autógrafo está colgado a dos metros de altura y estos niños no levantan dos palmos del suelo.
        La señorita de Preescolar de Graná, como buena andaluza, exageraba un poco, porque ella no había medido a qué altura estaba el cuadrico; pero lo cierto era que llevaba razón en lo de los niños, porque el cuadrico estaba exactamente a 1 metro y 55 centímetros del suelo por su borde inferior y a 1 metro, 71 centímetros y 5 milímetros del suelo por su borde superior. Y eso era mucha altura para aquellos niños.
        Pero nunca se sabe hasta dónde puede llegar el fanatismo deportivo.Y para don Manuel Jolms y don Miguel Guason, como buenos detectives, todos eran sospechosos.
        Muchos de los pequeños tenían cara de decir: “¿De qué va esto, de qué va esto? ¿Qué hemos hecho ahora: hemos tirado bolas de papel higiénico mojado al techo del servicio, hemos desenrollado todo el rollo de papel higiénico, hemos echado arena en la pileta o en los lavabos, hemos atrancado un váter con un bollicao, hemos pintado en las pistas con tiza, tenemos el patio pequeño demasiado sucio de zumos, bolsas, papeles, rodajas de salchichón y cachos de pan,... qué hemos hecho ahora, en?”  De eso tenían cara.
        Uno de ellos decía:
        - Mi mamá, quiedo idme con mi mamá.
        Otro, le secundaba:
        - Tí, tí, quiedo idme con mi madde.
        Otro, se apuntaba a irse:
        - Mi abela, que venga mi abela.  
        Y otro:
        - Seño, tengo hambre.
        - Pipí, pipí, pipí, pipí,... -repetía, con cara angustiada, otro, como una ametralla-dora o como si fuese el árbitro en aquella cuestión.
        Otro, no tenía cara angustiada, sino todo lo contrario, tenía cara de felicidad, porque cuando quiso pedir el pipí ya era tarde y se lo había hecho mismamente encima de sí mismo.
        Otro, le decía a su maestro:
        - Maestro, caca.
        Y otro:
        - Seño, abróchame los cordones.
        Y otro:
        - Maestro, tengo mocos.
        Y otro:
        - Seño: ¿qué película vamos a ver?
        De hecho, algunos, en vez de mirar a don Manuel y a don Miguel, miraban a la tele esperando que saliese alguna peli de Gual Disney.
        Total, que don Manuel el Director y don Miguel el Jefe de Estudios no avanzaban nada en sus pesquisas, no sacaban nada en claro, ninguna pista, ningún sospechoso,... nada. Y lo peor es que temían que al niño o la niña que quería caca le pasase como al que  no había tenido tiempo de pedir el pipí. Además, que uno de los maestros de Primaria que había allí, que se ve que entendía de fútbol, dijo con mucha seguridad:
        - ¡Si estos niños no pueden querer para nada un autógrafo de Gordillo! ¡Si estos niños no saben ni quién es Gordillo! ¡Si estos niños han nacido ya en la época de Finidi, de Alfonso y posteriores!
        Don Manuel y don Miguel miraron al maestro un tanto perplejos y otro tanto desalentados. Y, la puntilla, el remate, ya fue que como era la media hora del recreo y la Biblioteca estaba al lado de la Sala de Profesores, pues a la pituitaria de don Manuel y de don Miguel comenzó a llegar el perfume embriagador del cafelito ese negro y calentito que hacían todos los días en la Sala de Profesores. Así que como los dos tenían las neuronas investigativas un tanto quemadas, decidieron suspender por el momento las averiguaciones y que los niños se fuesen al patio y ellos a la Sala de Profesores.

        Minutos después, mientras tomaban café en la Sala de Profesores, don Manuel y don Miguel informaban a los maestros y maestras que había allí de cómo iban las investigaciones. Y alguien preguntó:
        - Pero, bueno, ¿tan importante es ese autógrafo?, ¿tan bueno era Gordillo?
        - ¿Que si era bueno? -exclamó más que preguntó un maestro de Osuna-. Fíjate si era bueno que, en un bar de Osuna que se llama Taberna Raspao, que está en la Plaza de la Merced, al pie de la Torre de la Merced, el dueño le ha puesto a casi todos los montaítos nombres de jugadores del Betis: Ureñita, Vidakovito, Cardeñosita, Aquinito, Rin- concito, Loperita,... y, al montaíto más bueno de todos, le ha puesto de nombre Gordillito, que es uno que lleva dentro un filete de lomo a la plancha, un pimiento frito y una loncha de jamón.
        - Pero eso no demuestra nada -intervino otro u otra-; sólo que el dueño es un bético de tomo y lomo.
        - Y nunca mejor dicho lo de lomo, ¿no? -dijo otro u otra, haciendo un chiste fácil.
        - Además, no creo yo que el dueño de la taberna ésa haya venido aquí al Colegio  a llevarse el autógrafo de Gordillo -terció otro u otra y todo el mundo se quedó sin saber si hablaba en serio o si estaba también haciendo un chiste.

        Después del recreo, don Manuel y don Miguel continuaron con la investigación de la misteriosa desaparición del autógrafo del futbolista Gordillo. Volvieron a interrogar a Rafael, el portero, al que ya habían interrogado antes -no el portero del Real Betis Balompié ni el portero del Real Madrid Club de Fútbol, sino el portero del Colegio-. A las limpiadoras no pudieron interrogarlas porque ya se habían ido, pero volvían a las 2 en punto y las estaban esperando y las interrogaron en cuanto llegaron.
        Pero ni Rafael el portero del Colegio ni las limpiadoras sabían nada, ni habían visto nada, ni habían oído nada.
        - En resumen -dijo don Manuel Jolms-: no tenemos nada.
        - Nada de nada -dejó caer don Miguel Guason como si hubiese pronunciado una sentencia de muerte. Y buscó en sus bolsillos el mechero y el paquete de cigarrillos.
        Las limpiadoras se habían marchado a sus tareas. Rafael, el portero del Colegio, se había quedado con ellos después de que ellos hubiesen interrogado a las limpiadoras, pero se mantenía al margen de la conversación que sostenían don Manuel y don Miguel con la mirada de desaliento perdida en el horizonte. (Se mantenía al margen de la conversación porque sabía estar en su sitio pero, quizás, también temiendo que le echaran la culpa del desaguisado a sus niños. Porque, Rafael el portero, vivía con su familia en una casita dentro del Colegio, que todo hay que explicarlo.)
        - Nada -repitió el Director-: ni huellas, ni pelos, ni señales,...
        Fue en ese preciso instante y no en otro, cuando Rafael, el portero del Colegio, que estaba en todo y sabía un rato largo de las cosas del Colegio, dijo fríamente, sin pestañear:
        - A ver si lo ha cogido don Antonio para el periódico, que don Antonio lo coge y lo guarda todo para el periódico escolar.
        Don Manuel Jolms y don Miguel Guason miraron a Rafael, el portero del Colegio, y luego se miraron entre ellos. Casi instantáneamente, quizá unas décimas de segundo después, se les iluminó la cara como si acabasen de desvelar el misterio de la tumba del faraón Tutankamón. Don Miguel, satisfecho, le dio una larga calada a su cigarrillo y arrojó al aire una bocanada de humo que nubló al Sol. Don Manuel no hizo lo mismo porque no fumaba. (¡Cosas que pasan en la vida, que unos fuman y otros no!).
        Estaban en el jardín, ante la puerta que daba acceso a la Sala de Profesores, la Secretaría, el cuartito del teléfono y la Sala de Máquinas -donde estaban la fotocopiadora, la multicopista, la encuadernadora,...-. A su izquierda quedaba un ciruelo que florecía todas las primaveras, poniéndose hermosa y maravillosamente blanco como una gran nube o una pequeña montaña de nieve.
        Estaban en el jardín. Pero, lo que era más importante, tal vez estuviesen también ante la resolución de aquel caso. Lástima que don Antonio no estuviese en el Colegio para preguntarle. Porque, don Antonio, llevaba varios días en su casa con un cólico nefrítico de no te menees -que todo hay que decirlo-.

        Y, en cuanto don Antonio se incorporó al trabajo, ya bastante repuesto de su cólico nefrítico y con la barba algo demacrada, el señor Director y el señor Jefe de Estudios, que estaban en la Secretaría ante el ordenador, le espetaron a bocajarro, girando uno el sillón y el otro la cabeza, sin piedad ni contemplaciones ninguna y pasando un kilo del asunto del cólico nefrítico de don Antonio:
        - Don Antonio: ¿ha cogido usted el autógrafo de Gordillo que estaba en la escalera?
        Faltaba muy poco para que tocase la campana, tres o cuatro minutos todo lo más. Las llaves de las clases todavía estaban colgadas en las puntillitas del tablero, perfectamente alineadas e inmóviles.
        - Sí, lo he cogido para ponerlo en el próximo número de El recreo, en el número 9, para que todo el mundo lo vea y lo lea. ¿Por qué?
        - ¡Pero, hombre, Antonio, cómo se te ocurre coger una cosa y no decir nada! -exclamó don Manuel-. ¡Con el follón que se ha armado aquí!
        - Pensaba devolverlo, no pensaba quedármelo -se apresuró a afirmar don Antonio, alarmado y un poco asustado por la actitud y el tono de don Manuel y don Miguel.
        - De lo cual se deduce que no coleccionas autógrafos -dijo don Miguel.
        - Efectivamente: no colecciono autógrafos.
        - Y también se deduce de lo cual que no eres ni del Real Betis Balompié ni del Real Madrid Club de Fútbol.
        - Así es: no soy ni del Real Betis Balompié ni del Real Madrid Club de Fútbol.
        - Pues, ¿de qué equipo eres tú? -preguntó, asomando la cabeza por detrás de una montaña de papeles y paquetes, la señorita de Inglés que, además de ser la señorita de Inglés, era la Secretaria del Colegio y, por lo visto, también estaba metida en la investigación o se creía con derecho a investigar, ya fuese por pertenecer al Equipo Directivo o por ser ella una de las dos maestras que había decidido salvar al autógrafo del futbolista Gordillo del peligro que corría en el Tablón de Anuncios de la Sala de Profesores y ponerlo a salvo en un lugar más digno y destacado del Colegio.
        - A eso no contestaré si no es en presencia de mi abogado -afirmó tajante don Antonio, al que ya le parecían demasiadas preguntas y demasiadas deducciones-. ¡Tonterías, las precisas!
        - ¡Vamos, vamos, Antonio, contesta! -dijeron casi al unísono los tres miembros del Equipo Directivo, mientras sus tres pares de ojos se clavaban en don Antonio, que, en ese momento estaba sintiendo un resquemorcillo fastidioso en la fosa renal derecha-. ¡Sí, contesta, vamos: ¿de qué equipo eres tú?!
        En ese momento sonó la campana. (Que fue raro que sonara, porque en la época en la que don Miguel fue Jefe de Estudios, el que tocaba siempre la campana a las 9 de la mañana era don Miguel; pero don Miguel no pudo haber tocado la campana ese día porque don Miguel estaba en la Secretaría intentando arrancar la verdad a don Antonio. Así que alguien cogió la campana y la tocó viendo que eran ya las 9 de la mañana.)

        Pero no nos vamos a poner ahora a averiguar quién fue el que tocó la campana o la que tocó la campana aquel día, porque no terminaríamos nunca y porque eso sería otro caso distinto al de la desaparición del autógrafo.
        Lo cierto es que, aquel día, a don Antonio, como a los boxeadores, le salvó -de contestar preguntas comprometidas- la campana. Y también es cierto que don Antonio prometió restituir el autógrafo del futbolista Gordillo a su sitio, es decir, al cuadrito de  la escalera.
        Pero lo que hay en ese cuadrito -y esto es un secreto-  no es el autógrafo original; lo que hay en ese cuadrito -y esto es mejor que no se entere nadie- es una falsificación, quiero decir, una fotocopia. Y no porque don Antonio coleccionase autógrafos o fuera hincha del Real Betis Balompié o del Real Madrid Club de Fútbol, sino porque el autógrafo original estaba ya pegado en una plantilla del número 9 del periódico escolar El recreo, y no había forma humana de despegarlo.
        Así que lo que hay en ese cuadrito de marco blanco de 16,5 por 16,5 centímetros, lo que hay en ese cuadrito que está colgado a más de metro y medio del suelo en la pared de la escalera que comunica la planta baja con la planta alta del edificio de aulas, lo que hay es una falsificación, una burda fotocopia. Y nadie lo sabe. Y don Antonio se llevará el secreto a la tumba.
        ¡Son cosas y casos que pasan en la vida, que, como decía la canción, es una tómbola, tom-tom-tómbola! ¡Con luces de color, además, para más inri!

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* Del libro: Cuentos de la escuela