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Más turbaciones mentales a cuenta de un Mundial de fútbol

         ¿No les dan pena esos pobres muchachos? Los holandeses, digo. Era la tercera vez que llegaban a la final de un Campeonato Mundial de Fútbol. Así que tendrían también mucha, mucha, muchísima ilusión con ganar. Y se habrán llevado un palo –otra vez-, y una decepción y una pena y una frustración tremendas. Que sí: que han jugado muy sucio y han repartido mucha leña. Pero, bueno, es cuestión de puntos de vista, porque, en estas últimas horas, en las que todas las emisoras de radio y todas las cadenas de televisión han hablado de lo mismo, he oído decir a varios futbolistas, entrenadores, árbitros de prestigio –o ex-, comentaristas,... que la culpa no es de los que repartían la leña, sino del árbitro, que no supo cortar ese juego violento.
         Este que escribe no es que sea más ni menos patriota que nadie –ahora se es sospechoso por menos de un pitillo-, sino que tiene oído desde hace mucho tiempo que uno se hace adulto y ha superado el egocentrismo característico de la etapa infantil cuando es capaz de ponerse en el punto de vista y en el pellejo del otro. Y, “el otro”, aquí, son los holandeses. Y, yo, me imagino a muchos holandeses y holandesas sufriendo y a muchos niños y niñas holandeses llorando, y a todos ellos pensando cuándo tendrán una nueva oportunidad. Y ustedes me preguntarán, así entre preguntando y exclamando: ¡¿Y qué pasa con España?! Pues no lo digo yo, lo han dicho otros: para España hubiese sido un gran triunfo aunque hubiese perdido la Final. Incluso hubiese sido un triunfo si no hubiésemos llegado a la Final habiendo llegado a las Semifinales. Y el recibimiento –cálido y triunfal- hubiese sido prácticamente el mismo.
         Esperemos que los holandeses no sufran mucho y que los españoles no nos volvamos locos del todo con la euforia –ya hay quien ha hablado de dentro de cuatro años, del próximo Mundial-. No nos engañemos: esa historia que dicen algunos que estamos escribiendo, es una “historia” con minúsculas. La grandeza de un país no se mide por sus resultados deportivos y, menos, por los del fútbol. –Ahí tenemos, por poner un sólo ejemplo, a Brasil, con varios Mundiales ganados y, por otro lado, sus favelas y sus niños descalzos y semidesnudos rebuscando comida en los basureros.- Además, que las historias ésas que tan bien nos novela Pérez-Reverte de los Tercios de Flandes y las guerras de España con los Países Bajos ya pasaron a la ídem, a la Historia.
         Los que han salido mejor parados, como siempre en este tipo de eventos triunfales, son la Monarquía como institución, la Casa Real y el Rey, fortalecidos en su imagen y su prestigio y, malparados, como casi siempre, más desprestigiados si cabe, los políticos, el Gobierno y el Presidente del Gobierno, el cual debía estar allí. El Presidente estaba como castigado por esto de la crisis económica, el recorte de los sueldos y demás. Pero, bueno o malo, es el Presidente de los españoles elegido democráticamente en las urnas. Y debía estar allí. Por este camino de desprestigio de la política y los políticos se llega a democracias sin legitimidad moral -porque terminan votando menos de la mitad de los electores- y a opciones radicales de los votantes. Se ha hecho nacionalismo, a base de bien, nacionalismo oficial, a tutiplén, nacionalismo español. 
         Por otra parte, no sé si se han fijado ustedes en que andaba por allí, por la Final, Rafa Nadal y su facilidad para chupar cámara. Andando con mucho tiento, eso sí, porque tiene las rodillas muy delicadas. No se ha hablado mucho, se ha pasado prácticamente de puntillas este fin de semana por el encuentro de Cuartos de Final de la Copa Davis. Pero lo cierto es que este chico, que lo ha ganado todo este año, ha dejado tirados a sus compañeros de selección –no es la primera vez que lo hace- y, mientras estos andaban en la guerra tenística de las Galias, él estaba en Sudáfrica, forrado en rojo y gualda de la cabeza a los pies y queriendo colarse en el campo, para salir en todas las fotos y que todos viésemos lo buen español que es.
         Decir que quince millones y medio de españoles vieron la Final me parece mucho decir. Porque aproximadamente a la mitad del 2º tiempo –del partido, no de la prórroga- se fue totalmente la señal de la TDT y muchos tuvimos que echar mano, para el resto, del transistor, como hace medio siglo. “¡Somos un país moderno, somos un país plural!”, gritaba un locutor cuando el árbitro dio el pitido final, algo que no se sabe qué relación tiene con el fútbol. Son, una vez más, los efectos “colaterales” de la euforia. Esperemos a que pase este sarampión, a ver qué queda.

 

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