¡Currucucucucú...!
El ayuntamiento de Barcelona ha convocado concurso público para eliminar de la ciudad a 65.000 palomas. Suponen el 25% del total, pues según el último censo realizado, hay 256.000 aves –se dice pronto-, entre palomas, gaviotas y cotorras. ¿Cómo lo saben? ¿Quién las ha contado? No lo sé. Sabemos que algunos censos de personas se hacen yendo preguntando de casa en casa el número de inquilinos, pero no creo que los censos de palomas y otros plumíferos se hagan yendo preguntando de nido en nido. No debe ser fácil contar las palomas distribuidas en una ciudad de 101’4 kilómetros cuadrados y 1.621.537 habitantes.
El caso es que hay tantas que están consideradas una plaga y el ayuntamiento ha presupuestado 118.000 euros para la citada eliminación, unos 20 millones de las antiguas pesetas. ¿A cómo sale eliminar cada paloma? A 1’18 euros, unas 200 pesetas. Ya sabemos que los ayuntamientos disponen de mucho dinero –suyo o prestado- pero, ¿no habría un modo más barato de eliminar a las palomas o, incluso, sacándoles partido en vez de que sean una carga económica para los ayuntamientos que luchan contra ellas? No es políticamente correcto el decirlo, pero las palomas se comen. Han sido, tradicionalmente, objeto de los cazadores de caza menor, al mismo nivel que conejos, liebres, perdices, tórtolas, codornices,... Hacen un estupendo caldo y unas magníficas pringadas del cocido, ¿no se les pueden vender a los bares y restaurantes? ¿No se les pueden dar a comedores sociales, residencias de ancianos, hospitales,...? ¿No se les pueden vender a los cazadores para el tiro de pichón? ¡Algo, leche! En casos como éste, ¿no podríamos revisar hasta qué punto es cierto eso que alguien dijo de que los políticos son especialistas en crear problemas donde no los hay para luego intentar resolverlos y resolverlos mal o dejarlos sin resolver? Por otra parte, uno no es muy experto en colombicultura, esto es, en palomos y palomas, pero, ¿ya no funciona aquello tan viejo de los palomos ladrones que, en jaulas o en libertad, atraían con su varonil –o palomil, en este caso- arrullo y palmito a las palomas a su palomar, algo así como la caza de perdices con reclamo?
Dicen que los munícipes responsables del tema quieren concienciar a los ciudadanos para que no les den de comer a las palomas. ¿Por qué? Porque se reproducen más –ponen más huevos y tienen más crías-. Pues, mejor. Más negocio. La alimentación es gratis, sale, sin ser un impuesto más, del bolsillo de los ciudadanos; luego, no hay más que coger a las palomas y negociarlas. Miremos, si no, las cifras: en el año 2008 se eliminaron unas 20.000 y en 2009 unas 40.000, este año el plan es eliminar unas 65.000. Sumen. ¡Qué desperdicio! ¡Qué despilfarro! ¡Cuánta carne, cuánta comida convertida en humo!
Sea como sea, es curioso comprobar cómo este tema de las palomas urbanitas -al igual que otros en la vida- tiene dos caras: una cara ideal, más romántica y, otra, menos amable, más realista. Es bonito, entretenido, romántico,... tener a las palomas, verlas, echarles de comer, fotografiarse con ellas,... Además, está su simbología: la candidez, la pureza, la inocencia, la paz. Reconozcamos que nos molesta, incomoda, horroriza tener que considerarlas como una plaga más, cual vulgares ratas o cucarachas, reconozcamos que es doloroso tener que apresarlas, gasearlas y quemarlas –por lo visto, es el sistema más eficaz, ganándole la partida a la introducción de halcones peregrinos, piensos esterilizadores, destrucción de huevos en palomares expresamente construidos para ellas,... tampoco sirve para las palomas y palomos el reparto gratuito de preservativos ni la colocación de máquinas expendedoras en palmeras, campanarios y cornisas donde se reúnen a fornicar-, y reconozcamos que comerse a los símbolos, en principio no está bien, y menos si las palomas merendadas son de color blanco pero, de todas formas, la imagen de la paloma de la paz con la ramita de olivo en la boca está bastante acartonada y, la paz, bastante manoseada y maltratada.
Y si es cierto que dañan con sus excrementos y nidos los monumentos, el mobiliario urbano y edificios públicos y privados, que provocan alergias y que transmiten enfermedades, entonces habría que, una de dos, o asegurarse de que se mantengan sanas o eliminarlas a todas, pues no tiene sentido eliminar a 65.000 y dejar a 191.000. ¿No les parece?
¿Se equivocó la paloma, se equivocaba?
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