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¡Casi me pican!

         ¡Real como la vida misma! ¡No se lo pierdan! A media tarde, descubro que un pegotón de abejas se ha instalado en la puerta de mi casa. No en la pared: sobre la misma puerta. Aunque están apiñadas, algunas no dejan de revolotear. Dudo sobre si intentar resolver el problema por mi cuenta, por ejemplo, con fuego y humo, como se ha hecho toda la vida con las avispas y los avisperos. Opto por llamar a la Policía Local, en plan consulta, a ver qué se suele hacer en estos casos. Me dicen que no saben, que pasarán la consulta a los Bomberos. Enseguida me llaman los Bomberos: que vendrán al oscurecer a quitarlas, que es mejor al oscurecer, que no las moleste y que procure que no se acerque nadie, que es peligroso. Pero no esperan al oscurecer: enseguida están allí; tres Bomberos varones con el clásico camión rojo de manguera y escalera. Me piden una caja de zapatos para echar las abejas. Pero tienen que esperar una hora en la acera de enfrente, no a que oscurezca, sino a que al menos deje de dar el sol sobre la puerta y las abejas.
         Aunque no ha oscurecido ni mucho menos, se disponen a meter mano. Pero uno de ellos me pregunta si la casa está asegurada. Se encienden de repente unas luces rojas parpadeantes. No son las del camión, son las luces de alarma de mi cerebro: “¿por qué?, ¿es que esto cuesta dinero?” “Hombre, claro. O paga el Seguro o paga usted.” Me quedo perplejo: no sé por qué, ingenuo de mí, daba por supuesto que los Bomberos, como la Policía Local o la Nacional, como la Guardia Civil, eran, cuando precisabas su ayuda, un servicio gratuito, servicio que ya pagábamos los ciudadanos con un sueldo mensual fijo. A pesar de mi perplejidad y de que me estaba entrando la risa nerviosa –porque con las cosas de comer y el dinero no se juega-, reaccioné inmediatamente: “¡Chiss, quietos ahí: no toquen a las abejas!” No estaba dispuesto a pagar ni un “leuro”. Tengo la casa asegurada y, además, tuve suerte y, a las ocho de la tarde que eran, pillé a los del Seguro en la oficina. Que sí, que el evento lo cubre la Compañía.
         ¿Qué hubiese ocurrido si yo no hubiese tenido la casa asegurada o si el Seguro me hubiese comunicado que no cubría el evento? Pues que yo, como no estaba dispuesto a pagar ni un “leuro”, le hubiese dicho a los bomberos que se fuesen y que ya me encargaría yo mismo de las abejas. Pero, seguramente, los bomberos, aunque no retirasen las abejas, me hubiesen querido pasar la factura de la salida o desplazamiento. Y, entonces, hubiésemos tenido pleito por intento de estafa. Porque, a saber: ¿por qué los bomberos no me informaron cuando me llamaron por teléfono de que el servicio costaba dinero?, ¿por qué, si todavía faltaban dos horas para que oscureciera, no me aconsejaron que, mientras, llamase a mi Seguro y consultase el tema?, ¿por qué se presentaron en mi casa inmediatamente?
         Pues, porque, aunque ellos, efectivamente, tienen un sueldo fijo de la Diputación Provincial, cobran un, diríamos, complemento, por salidas e incidentes. A partir de ese momento, la imagen idealizada que tenía de los bomberos, esa imagen altruista, generosa, desinteresada, filantrópica,... se ha ido, de golpe, al carajo, ha estallado como un globo o una pompa de jabón. Tal vez, no sea culpa de ellos. Ellos deben cobrar un sueldo fijo y digno, un plus de peligrosidad si es necesario o las horas extras si las echan. Pero nada más si no se quiere dar lugar a la picaresca o a algo peor. Porque no es lógico que la educación sea gratis, que la sanidad sea gratis, que la seguridad ciudadana sea gratis, que tengamos derecho a un abogado de oficio gratis,... y que los bomberos no sean gratis. Llego a comprender y veo bien que se cobre en los casos –cada vez más frecuentes- de esos “aventureros” de los llamados “deportes de riesgo” que, sin experiencia ninguna y con menos luces que la Procesión del Silencio –se creen que llevando un móvil en el bolsillo se puede ir al fin del mundo-, acaban perdidos, incomunicados, heridos,... necesitando la ayuda de todo dios para rescatarles. Lo comprendo porque se meten en esos berenjenales por pura imprudencia, por su mala cabeza y por gusto.
         Mientras uno de los bomberos intenta meter a las abejas en la caja de zapatos, le pongo el ejemplo del gato en el árbol y el aviso para bajarlo a uno de los dos que miran. “¡Le cuesta el dinero también al que llame!” Y me pone, a su vez, el ejemplo del que se le quema la casa y luego le llega la factura por haber acudido a extinguir el fuego, la cara de gilipollas que se le pone mientras dice, sin ánimo siquiera para exclamar: “O sea, que se me quema la casa y encima me cuesta el dinero.”
         Quitan las abejas, toman mis datos y los de mi póliza y se marchan, en plan humanitario, a llevarle las abejas a un apicultor para que sean felices haciendo miel y viviendo con otras abejas. Si ello es posible, pues según me ha explicado uno de los bomberos, lo que ha ocurrido es una lucha de poder entre ellas: que ha surgido una nueva reina, con lo cual se ha creado un conflicto en su colmena y, la reina vieja, no queriendo ser destronada, ha expulsado a la reina nueva, que se ha marchado, pero algunos miembros y miembras de la colmena -zánganos, obreras y no sé si más gente-, adeptos suyos, la han seguido en su éxodo. Es decir, que estaban buscando un sitio, una tierra de promisión donde fundar una nueva colmena y, tal vez, a mí me hubiese convenido más dejarlas establecerse en la puerta de mi casa, teniendo así la miel en la puerta de mi casa –nunca mejor dicho- y ahorrándome así tener que comprar la miel del señor que pasa de vez en cuando por la calle o la de la granja San Francisco.
         Cuando ya se han marchado, me cuenta un vecino el caso de una paisana a la que le salió ardiendo el coche prácticamente a las mismas puertas del Parque  -el cocherón- de bomberos. Sale un bombero con un extintor en las manos, le pega a aquello dos manguerazos y se lo extingue. “Muchas gracias.” “De nada.” “Adiós.” “Adiós.” Pero la cosa no quedó ahí, porque al poco tiempo le llegó a la mujer una factura de 150 euros de vellón.
         La próxima vez que me ocurra, pague o no pague el Seguro, yo me encargaré personalmente del tema. A pesar de ser un fiel admirador de la laboriosidad y la organización social de estos animalitos, les aplicaré a las abejas la “solución final”, ya sea con un fusfris insecticida o con una alpargata del calibre 45. Igual me las tendría que ver con la denuncia de alguna asociación protectora de animales –porque ya se sabe que en este país se pueden torturar toros hasta causarles la muerte, pero no se puede matar una mosca, o una abeja en este caso-, pero en fin... Por cierto que, la caja de zapatos que me pidieron –venían igual de preparados para el trabajo que el C.S.I.- no pienso cobrársela.
           ¡Casi me pican! Pero no las abejas: ¡los bomberos!

 

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