Un retoquito con Adobe Photoshop
El reportaje fotográfico de la boda costó un huevo, al decir de algunos, al decir de otros, un riñón y, al decir de otros otros, un ojo de la cara. Pero, al menos, quedó un bonito y muy completo recuerdo, un recuerdo para toda la vida. Un recuerdo de como no fueron nunca, de lo que nunca fueron.
El fotógrafo comenzó con alguna cosilla que hacía de forma automática, por gentileza de la casa y sin consultar a los interesados, como quitar a la novia alguna espinilla o grano del rostro, abrir los ojos al padrino, que había salido con los clisos cerrados, rellenar en alguna dentadura el oscuro vacío de un diente o muela,... Eran cosas estéticamente imperdonables en tan solemne ocasión.
Luego, con consulta a los recién casados –tal vez, sólo a la recién casada, porque los hombres no se suelen meter en este tipo de asuntos- o previa solicitud por su parte, el fotógrafo le aligeró la cintura a la novia hasta dejarla en “cinturita” y, lo que le quitó de la cintura, se lo añadió en el pecho, que lo tenía más bien escuálido y, ya, de paso, le torneó los brazos, que le aparecían gruesos; al novio, le blanqueó los dientes, que los tenía entre amarillentos y verdosos por efecto del café y el tabaco y, como tenía entradas –y salidas- en la cabeza, le hizo un discreto injerto de cabello; a la madrina, le quitó las pistoleras y le dejó un muslamen al estilo Madonna; adelgazó barrigas, limó papadas, recortó orejas y narices sobresalientes, hizo desaparecer lunares, verrugas, sabañones orejeros y erupciones cutáneas varias, cepilló zapatos sucios y cerró portañuelas abiertas; cerró la boca de algún comensal del banquete en la que se podía apreciar parte del menú; al marido de una hermana del novio, nada racista ella, que estaba casada con un hombre de color –no, de colores, no: negro, entiéndase negro; bastante negro, por cierto-, le dio una pasadita y lo dejó “más normalito”, lo dejó como Obama, café con leche; a la abuela de la novia, que pesaba alrededor de cien kilos, la dejó en setenta aproximadamente; a un tío abuelo, que estaba más pallá que pacá y que iba en silla de ruedas, le hizo desaparecer de debajo la silla de ruedas –porque parecía un personaje del mejor Berlanga en blanco y negro- y lo dejó muy natural sentado en una de las sillas del convite y sin babas; a un bizco le enderezó la vista y a un cojo le enderezó una pata, a un barbudo le recortó la barba, a un canoso le tiñó el pelo, a un calvo le puso un sombrero, a una exagerada le recortó la pamela y a una hortera le alargó la minifalda; a un gorrón que no había sido invitado pero se había colado, le aplicó el fotógrafo la solución final, esto es, lo eliminó directamente; y lo contrario hizo con unos parientes que estaban peleados y por eso no habían asistido a la boda, que los agregó, los hizo asistir –por aquello del qué dirán- usando una foto antigua.
Y es que el “Adobe Photoshop”, como Jesucristo, hace milagros. Y lo que no deja de ser curioso, y más, paradójico, es que el programa se llame Adobe. Por el significado de la palabra “adobar” en nuestro idioma, que es un verbo cuya acción significa “disponer, preparar, arreglar, aderezar”. En nuestra cultura gastronómica –hoy, todo es cultura-, hay famosos adobes o adobos, como el cazón en adobo –típico gaditano- el lomo adobado o el encurtido de berenjenas de Almagro. Así que, se coge la foto o el reportaje fotográfico en su conjunto, se lo trata con vinagre, sal, orégano, ajo y pimentón, y te queda una boda de gente elegante, de gente fina, guapa, chic, te queda el recuerdo de una belleza que nunca tuviste ni tuvieron los que te rodean, te queda un recuerdo falso de una realidad manipulada que nunca existió, de una realidad ficción, te queda el recuerdo, quizás amargo, quizás imposible de pasar por alto, de una mentira.
Y tal vez nos justifiquemos diciendo: Si todo el mundo lo hace, ¿por qué no lo voy a hacer yo? Si lo hacen los famosos, ¿por qué no lo voy a hacer yo? Si lo hacen hasta los reyes en las fotos-montaje de Navidad, ¿por qué no lo voy a hacer yo? Si la tecnología de hoy día me ofrece esa posibilidad, ¿por qué no? En una ocasión tan importante en mi vida, ¿por qué no?
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