Cara y cruz de los
apellidos españoles
Antiguamente, los nombres se heredaban, las personitas recién nacidas heredaban los nombres de sus abuelos y abuelas; de ahí aquellos nombres que ahora nos parecen tan espantosos. Claro que, la culpa, no era exactamente de los abuelos y abuelas y de su supuesta falta de gusto –aunque buen cuidado que ponían en respetar las tradiciones-, sino que, la Iglesia, cuyos tentáculos llegaban a todas partes, poco menos que les obligaba a poner a las criaturitas el nombre del santo o la santa del día. Y hay muchos santos y santas que merecen la santidad ya por el mero hecho de los nombres que padecieron.
Y los apellidos también se heredan. Y vaya usted a saber de dónde le vienen a cada uno los suyos. Seguro que hay por ahí más de un estudio sobre los orígenes de los apellidos españoles. De cualquier forma, es un tema para los eruditos más eruditos. Porque no hay más que echar un vistazo ligero para darse cuenta de la variedad de los apellidos españoles y de la rareza de muchos de ellos.
Si alguien se apellida Balcells, Subirachs, Bosch, Casals, Torrents, Puyol, Graells, Doménech, Roig, Puig, Casademunt,... ya sabemos inmediatamente que son catalanes. Si alguien se apellida Ochotorena, Zubeldia, Arespacochaga, Olavarrieta, Otaolaurruchi, Basagoiti, Zubizarreta, Odriozola, Ansuategui,... ya sabemos inmediatamente que son vascos. Si se apellida Vargas, Amaya, Cortés, Montoya, Flores, Cádiz, Heredia,... ya sabemos que, muy probablemente, sean de la raza calé. Si se apellida López, Ruiz, Díaz, Sánchez, Gómez, Pérez, García,... ya sabemos que no son aristócratas. En cambio, si alguien se apellida Borbón, Orleans, Stuart, Fizgerald,... ya sabemos, por ejemplo, que no tienen problemas para llegar a fin de mes. Si se apellida Osborne, Sandeman, Terry, Garvey, Byass, Domecq, Williams, Humbert,... ya sabemos que, aunque españoles, son oriundos hijos de la Gran Bretaña.
Según los apellidos, uno puede ser Soltero, Casado y Viudo, puede ser Gordo, Delgado y Canijo, puede ser Rubio, Moreno y Cano, puede ser Arroyo, Río y Laguna, puede ser Nieto y Abuelo, puede ser Portero, Carnicero, Sacristán, Criado, Escudero,... pero también puede ser Caballero, Conde y Rey, puede ser Puerto y Puerta, Calle, Plaza y Postigo,...
Hay apellidos que son nombres, como Tomás, Vicente, Isidro, Aparicio, Enrique,... Hay apellidos que son ciudades, como Sevilla, Burgos, Bilbao, Valencia, Cuenca, Cáceres,... incluso España. Hay apellidos compuestos, que suelen tener una extraña resonancia, como Villaseñor, Montenegro, Campoamor, Vallehermoso, Piedrabuena, Buenafuente, Buendía, Torreblanca, Casanueva, Peñarroja, Puentenuevo, Montemayor,... Y hay quien intenta blanquear sus apellidos o aristocratizarlos con alguna preposición, alguna conjunción o con ambas a un tiempo: de, del, de la, y,...
En principio, los apellidos no deberían connotar, sólo denotar; es decir, solamente deberían indicar o anunciar, sin significar nada, sin conllevar ningún significado o contenido. Pero, ya que no es así y puestos a significar, no es lo mismo apellidarse Pino, Luna, Navarro, Galán, Sastre, Rojo, Cruz, Romero, Amor, Cabello, Gallardo, Espada, Marfil, Castillo, León, Lobo, Grande, Famoso, Abril, Izquierdo, Peñafiel, Buenaventura,... que apellidarse Calvo, Botella, Descalzo, Malo, Cordero, Granja, Bocanegra, Matamoros, Palo, Canela, Bollo, Paniagua, ... donde la cosa comienza a ponerse incómoda. Y cuando ya el asunto se pone realmente feo, sobre todo, para tener que decir tus apellidos en público, para ponerlos en cualquier documento, para decírselos al hombre o la mujer de la que te has enamorado o para ponérselos a tus hijos, es cuando te apellidas, por ejemplo, Canelo, Majarón, Rabanillo, Cabra, Conejo, Grillo, Borrego, Perdigón, Gay, Barata, de la Cerda, Cabezudo, Gandul, Cansino, Burraco, Poyato, Castigo, Perdigón, Murga, Piernagorda, Cabeza de Vaca, Panduro, Gordo, Cabezón, Orejón, Orejudo, Amargo, Saborido, Alegrete,...
Hoy, que hay una ley para cada cosa, desde las más importantes hasta, en ocasiones, las más tontas e insignificantes, tal vez debería sacarse también una ley para este asunto, porque difícilmente se pueden llevar con orgullo, ni con dignidad y ni siquiera con indiferencia, ciertos apellidos y, hay veces, en que, por muy respetuoso que se quiera ser, cuesta trabajo aguantarse la risa.
Hay motivos en algunos casos para ir al Juzgado a cambiarse de apellido y hay motivos para sacar esa ley. Se podrían crear algunos apellidos nuevos, se podría reducir el número de los más corrientes y sustituirlos por los menos frecuentes, se podrían eliminar todas esas pretenciosas preposiciones y conjunciones y, sobre todo, se podrían suprimir los ridículos y los ignominiosos.
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