Publicar
No sé si les he contado alguna vez que, en cierta ocasión, una editorial me contestó –devolviéndome el original impreso y diciéndome que, de publicar, nanay de la China-, ¡atención!: me contestó a los dos años y medio de haberle enviado mi texto. Menos mal que me olvidé de que lo había enviado, porque si hubiese estado ansioso esperando su respuesta, se hubiese convertido en una ansiedad o hipertensión crónica.
Uno comprende que eso de ser editor –o Editor- no debe ser fácil. Ningún trabajo, ocupación o negocio lo es. Y menos ahora, en estos tiempos que corren, que dicen que hay más escritores que lectores. Pero, francamente, en esta relación entre editores y autores, hay cosas que no se entienden. Bueno, que, al menos, yo, no entiendo.
Uno, que no escarmienta, sigue intentando publicar. Me entero, por ejemplo, de una editorial casi desconocida –y voy a decir el pecado, pero no el pecador-, la busco en Mamá Google, la encuentro y, cuando pincho en “contacto”, lo primero que me sale es: “No se aceptarán manuscritos originales no solicitados.” Así que no me va a quedar más remedio que escribirles solicitándoles que me soliciten el envío del original que quiero enviarles, pues de lo contrario, no voy a poder enviarles el original que quiero enviarles para que le echen un vistazo a ver si me lo publican.
Otra –editorial, se entiende- me pidió que le enviase mi currículum vitae. Y, entonces, se me vino inmediata y talmente a la cabeza aquello de lo que se quejan los jóvenes que quieren encontrar trabajo y sólo encuentran ofertas de trabajo para jóvenes con experiencia, que es precisamente lo que ellos no tienen: experiencia. Lo demás lo tienen todo: juventud, ilusión, un título, ganas de aprender,... A ésta le escribí –intentando usar un tono respetuoso y así como desenfadado y cordial- y se lo dije: si me piden mi currículum antes que mi obra es que me van a publicar o no me van a publicar según sea mi currículum y no según sea mi obra; yo no tengo currículum, y si nadie me publica por no tener currículum, nunca tendré currículum, por lo que, cuando me dirija a cualquier editorial y me pidan mi currículum, no publicarán mi obra y, así, jamás de los jamases publicaré mi obra, esto es y es decir, el círculo vicioso de la pescadilla que se muerde la cola -o una historia con estructura circular, que se dice en argot literario-.
Otra editorial -y no voy a señalar a nadie- me dijo que le mandase una sinopsis argumental, no superior a 3 páginas. Ello quiere decir, si no he perdido aún la cabeza, que me van a publicar o no me van a publicar según el argumento de mi obra. Lo cual me dejó bastante anonadado, pues yo, a estas alturas de mis conocimientos literarios, tenía entendido que todo, absolutamente todo, es materia literaria, que todo es narrable, lo importante es cómo lo narres -y lo mismo opina el maestro Muñoz Molina-. Así que, claro, noqueado, porque el argumento de mi novela no va de códigos, catedrales, sábanas santas, ni misterios históricos o pseudohistóricos similares.
Otra –y no voy a dar nombres aunque me torturen- me dijo que no admitía originales si no era a través de Agencias Literarias, cosa que me pareció muy rara, porque las editoriales son las que toda la vida se han encargado, a través del dueño, del comité de lectura o del departamento de ídem, de seleccionar los textos a publicar. Pero, por lo visto, esto de los “agentes literarios” es algo que se lleva hace mucho tiempo en Estados Unidos. Bueno, pues venga: me informé de esto de los “agentes literarios”. Los “agentes literarios” son o hacen de intermediarios entre el autor y la editorial y, si colocan tu libro en una de ellas, te cobran una parte de lo que te paga la misma. Me puse a hacer cuentas: vamos a ver, hasta ahora, entre el autor y el lector, había tres intermediarios, a saber, el editor, el distribuidor y el librero, que se quedaban con el 90% del precio de venta al público, pero, ahora, siendo así, habrá un cuarto intermediario, que velará por tus intereses ante la editorial y que se quedará con una parte de tu ya triste 10%. (Creo que me dedicaré a la cría de canarios flauta o de palomas de raza. Tampoco me dejará ningún beneficio, pero, a buen seguro, me dará menos quebraderos de cabeza.)
Por último, felicitar de todo corazón –que lo vivo como si fuese un éxito mío- a este trabajador de una fábrica de cartones, David Monteagudo, que a sus 47 años y después de escribir una decena de novelas y dos o tres libros de relatos, ha conseguido publicar una novela, Fin. ¡Por fin!
|