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María Corriente

         Aquí, a vueltas con este tema siempre tan apasionante y complejo como es la educación de los hijos. -Y cuando digo “hijos”, quiero decir “hijos e hijas”.- Resulta que me entero del caso de María Corriente. María Corriente está casada y tiene un hijo y una hija, lo ideal, tú, “la parejita”. Para la Nochebuena ha preparado, de primero, una sopita de picadillo –ya saben: picatostes fritos, huevo duro picado y jamón, también picado, todo ello bañado en caldo del cocido bien calentito- y, de segundo, un redondo de ternera al zumo de naranja –con todas sus especias y condimentos-. Además, claro está, el denominador común de todas las mesas -porque ya no falta en ninguna-: unos langostinitos, unas cuñitas de queso, unas lonchitas de jamón, chorizo y salchichón ibérico, caña de lomo... Y postre, naturalmente. Además de ella, su marido y la parejita, tiene invitados esa noche en casa a su madre, enferma de los nervios, a una tía separada y a un hermano soltero.
         María Corriente va al paro cuando la llaman, a arreglar calles y, cuando no hay paro, limpia casas, cada día una distinta. El día 24, a pesar de tener que preparar la cena de Nochebuena que queda descrita –su marido no quiere, no sabe o no puede- y de querer tener también su casa limpia como los chorros del oro, a pesar de eso, ha ido por la mañana a echar cuatro o cinco horas en casa ajena, que la cosa está muy achuchá y algo de dinero nunca viene mal.
         Pero hete aquí que, una vez en su casa, su marido le dice que él lo que quiere cenar es un revuelto de espárragos, jamón y gambas y, su hijo, le dice que él quiere una tortilla bien grande de papas fritas con cebolla y, su hija, le dice que ella sí tomará la sopa de picadillo, pero que luego no quiere carne, sino “un pescaíto”, algo de pescado. –El resto de comensales, desconozco si eligieron también.- En fin, a la carta, como en un restaurante.
         ¿Y qué hizo María Corriente? ¿Se rasgó las vestiduras? ¿Se arañó la cara y se arrancó los cabellos en un ataque de histeria? ¿Los mandó a la mierda a todos? ¿Cogió la puerta y se fue para no volver? Nada de eso. Seguramente, si hubiera abandonado a aquel hatajo de cafres, “la gente” –y digo “gente” como si estuviese hablando de otros que no somos nosotros- habría pensado que María Corriente es una mala esposa y una mala madre. Pero, María Corriente quiere ser una buena esposa y una buena madre, quiere que su marido la quiera y que sus hijos la quieran, quiere tener una familia y que su familia esté unida y en paz.
         Y para ello, hará lo que haga falta. Esto es: dejar a un lado la sopa de picadillo y el redondo de ternera que ya tenía preparados y, aunque está molida y huele a guisoteo y pringue y todavía no se ha lavado y no tiene ganas nada más que de acostarse, se pone a prepararle a cada uno lo que le apetece.
         Llegados a este punto, la pregunta, como se imaginarán, es la siguiente: ¿Está educando bien María Corriente a sus hijos? Juraría que ella cree que sí. ¡Cualquiera le dice a María Corriente que está educando mal a sus hijos! No porque ella tenga mal carácter, que es una bendita, sino porque ella hace lo que haga falta por sus hijos y por su familia, ella, mientras tenga fuerzas, lo da todo, hasta reventar. Total, ¿qué trabajo le cuesta, qué trabajo le cuesta tenerlos a todos contentos?
         María Corriente no se da cuenta -¿o sí?- de que ella, en su casa, no es una más de la familia, sino que es una criada, una sirvienta, la cocinera. María Corriente no se da cuenta de que su casa no es un hogar, sino una pensión, un hotel, un restaurante. María Corriente no se da cuenta de que, para ser una esclava, sólo le falta pintarse la cara de negro, ponerse una cofia y decir con voz caribeña: “Sí, señorita Escarlata; no, señorita Escarlata.”
         María Corriente está educando muy mal a sus hijos –pienso-. Por ahí anda el decálogo ese que el juez de menores de Granada, don Emilio Calatayud, lee en todas sus charlas: “dales todo lo que te pidan, no les digas nunca que no,... y...” Quizás, María Corriente piense que, actuando así, está haciendo una inversión para el futuro, para que su marido y sus hijos le paguen con las mismas atenciones y cariño cuando sea vieja. Pero hay muchas posibilidades de que, cuando ya no sirva, la aparten a un lado.
         Esta Nochebuena pasada, en casa de María Corriente, debió cenarse lo que ella, con todo su mimo, había preparado. Más o menos, pero de lo que había, que no era poco ni malo. Y, el primero que debió dar ejemplo, es el padre. El primero que debió estar al lado de María Corriente para decir: “Esto es lo que hay.”

 

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