El circo
Los tigres comenzaron la serie de actuaciones, sin que ningún director de pista los precediese para dar la bienvenida al público asistente y presentar el espectáculo. Costó la misma vida hacerlos llegar hasta la jaula central. Se echaron en el túnel también enrejado que conducía hasta la misma. Después, las tres cositas que hicieron fueron hechas con la misma pereza y la misma desgana y la misma abulia y la misma apatía y la misma indolencia. Mi acompañante y yo comentamos si estarían drogados o estarían recién comidos o las seis de la tarde era mala hora para actuar con las calores que todavía tenemos o si eran demasiado viejos y, consecuentemente, faltos de vigor para numeritos, o si, por el contrario, eran demasiado jóvenes y, por eso -hicimos un paralelismo con los alumnos de Secundaria-, no obedecían a consigna alguna, o si los alimentaban sólo a base de palomitas de maíz,... Aunque no pensaba comprobarlo, se me ocurrió que yo mismo podría haberme metido en la jaula con aquellas cuatro “fieras” y haberles peinado los bigotes y ni se habrían dado cuenta, pues tenían los ojos así como cerrados. Para sacarlos de la pista y ante el mismo plan, el domador optó, sin que formase parte del número, por empujar en el culo al que no quería bajar y, por último, ya desesperado, le tiró de la banqueta a uno, que rodó por el suelo sin un rugido de protesta y sin enseñar los dientes –supongo que tenía dientes-. Le dije a mi acompañante que para sacar a aquellos tigres de la pista, tendrían que ponerles fuera una cabra o un buen colchón, no sabía muy bien a qué estímulo responderían mejor.
Le siguió el número del bailador de platos. No consiguió hacer bailar al mismo tiempo los doce platos sobre las doce varillas metálicas. Primero, cayó algún plato. Y, cuando comenzaron a caer de dos en dos y de tres en tres, rompiéndose con estrépito, y ya no quedaban los suficientes en la mesa para volver a intentarlo, dio por terminado el número. –Tal vez, sería más rentable el número con platos de plástico.- Luego, el pobre, salió de cosaco ruso, de pirata del aire y de caballista zíngaro. Pluriempleo. Normal. También estaban pluriempleados y pluriempleadas los demás: la que vendía las palomitas, los que recogían las entradas, el luminotécnico, el de sonido,... entre unos pocos lo hacían todo. Normal.
Irina, la acróbata de la cuerda vertical, tenía cuerpo y cara de menor de edad. Vicky, la reina del hula hoop, estaba un tanto fondona. El payaso hacía sus números sin hablar. Tres caballos blancos. Dos camellos de una sola joroba, un pony en el intermedio para que los niños se hiciesen una foto y diesen una vuelta a la pista,...
A pesar de todo, pasé un buen rato. A pesar de este circo pobre, de este circo un tanto cutre, de magia polvorienta y maloliente, he pasado un rato entretenido y sin pretensiones y he aplaudido tanto o más que cualquiera de los niños y mayores que estaban en el público. Por solidaridad y para motivar a los “artistas”. Porque, a pesar de todo, me ha resultado entrañable y tierno. Porque, más que a un elenco de artistas sofisticados y consolidados, lo que he visto ha sido a un grupo de personas trabajando, luchando por ganarse la vida, por sobrevivir. Y eso me merece mucho respeto, todo el respeto.
Hoy, que todo o casi todo funciona con el proteccionismo de papá Estado, a base de subvenciones –léase, el cine, el flamenco, la edición de libros,...- y, además de en estas actividades culturales, se inyectan millones en cualquier sitio y en cualquier cosa -léase en bancos y cajas “afectados” por la crisis económica, en empresas en quiebra que poco después vuelven a estar en la misma o peor situación, en hogares de pensionistas para dar de comer una y otra vez en fiestas y homenajes a la tercera edad...-, hoy, también el circo debe estar protegido y subvencionado para que no desaparezca.
Hace ya muchos años, fui al circo; y salí tan triste y decepcionado que me prometí a mí mismo no volver a hacerlo nunca más. Ahora, he cambiado de opinión. Y, esta vez, ni siquiera me he preocupado ni indignado mucho por las condiciones de vida de esos animales, ni he sentido mucha pena, la verdad. De todas formas, el Hombre está acabando con todos, estén en cautiverio o en libertad, en cotos, marismas, selvas o mares.
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