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Serpiente de verano

         Decían los Payasos de la Tele -lo decían cantando, pero lo decían- que “el viajar es un placer que nos suele suceder”. Y, como el trabajo de los payasos –de la tele o no de la tele- es entretener y divertir a los niños y niñas y la canción era y sigue siendo una canción infantil, pues no hay que prestarle más credibilidad que a la historia del ratoncito Pérez, la de Papá Noel o la de los Reyes Magos.
         En cualquier caso, y aunque haya gente que se crea a pie juntillas –cada día más, por lo que se ve- lo de que el viajar es un placer, no todo el mundo está de acuerdo con ello. “Viajar –dijo Madame de Staël, curiosamente sin negar que era un placer- es uno de los placeres más tristes de la vida”. “Viajar es el paraíso de los necios” –dijo, por su parte, Ralph Waldo Emerson, quien, por cierto, no sé quién es, y eso que tiene un nombre bien rimbombante, ni tengo tiempo de pararme a buscarlo en ninguna enciclopedia-. “Viajar a los lugares “imprescindibles” no distingue, sino que vulgariza”, afirma Javier Marías. Y William Hazlitt –bastante menos contundente que la Staël y que Emerson-: “Me gustaría emplear toda la vida en viajar, si alguien pudiera prestarme después otra vida para quedarme en casa.”
         Hay opiniones para todos los gustos y, como el libro de los gustos está en blanco, pues que cada uno haga de su capa un sayo: viajar o quedarse en casa, irse de cámping, de turismo cultural de interior o a la playa, quedarse en un punto del solar patrio o largarse a la conchinchina extranjera.
         Pero lo que ya parece claro sin ningún género de dudas es que cada vez es más peligroso moverte de casa. Lo mismo te ataca un elefante en un safari fotográfico en África, que un león en cualquier zoológico, que te arranca una orca de una playa confundiéndote con una nutritiva foca, que te atacan los bichitos de la salmonela en cualquier bar o chiringuito playero o no playero, viajando ellos, a su vez, en huevos, leche o mayonesa.
         Y, del mar, no hablemos. El mar, la mar –que diría Alberti-, que hasta ahora prácticamente los únicos peligros que había tenido era lo de “el culo lleno de arena” –según la canción de Los Morancos- y llenarte de alquitrán la planta de los pies, ese mar que ha gozado desde tiempo inmemorial de esa fama idealista y romanticona, tanto que todos hemos querido alguna vez que arrojen nuestras cenizas al mar, quizá lo de la fama y las cenizas por culpa, en gran medida, de Jorge Manrique -por aquello de nuestras vidas son los ríos que van a dar a la mar, que es el morir- y de Joan Manuel Serrat. Pues en este mismo mar del que estamos hablando, lo mismo te pica una plaga de medusas, que te muerde el jefe de una banda de peces lirio, que te ronda un tiburón o dos de varios metros, que pisas un pez espinoso de esos que se entierran en la arena para dar por saco, que te secuestra con sus tentáculos un pulpo gigante, que se te viene encima un cachalote de varias toneladas en estado de descomposición. Pero, esto, en cualquier sitio, no pensemos que aquí o allí: lo mismo en el Atlántico que en el Cantábrico que en el Mediterráneo, lo mismo en Tarragona que en Alicante que en Marbella que en Huelva...
         Tal parece que el mar se ha quedado pequeño para sus criaturas, o que han descubierto donde hay comida segura, o que con tanta saña lo estamos maltratando que sus habitantes se acercan a nuestras costas a defender lo que es suyo o a pedirnos cuentas o, simplemente, a morir buscando las tablas.
         Y entonces, ante este panorama, decides quedarte en casa y no ir de vacaciones a ninguna parte ni viajar siquiera a la puerta de la calle, no sea que te ataquen los bichitos del VIH o los del H1N1. Y cuando te crees seguro y a salvo de este mundo tan animal, te levantas una noche a oscuras a echar una meada y, al levantar la tapa de tu wáter, te encuentras con una serpiente pitón de metro y medio asomando la cabeza y queriendo salir, como le pasó en Julio al pobre Juan Ochoa, de Alicante. Tal vez a esto sea a lo que, periodísticamente, se llame “una serpiente de verano”.

 

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