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Debajo del fregadero

         No sé qué tendrá cada cuál debajo de su fregadero. Desde luego, si tienen lo mismo que hay bajo el mío, resultará un sitio bastante... no sé si decir “siniestro”. Este artículo va, por lo que se ve, de sitios siniestros. Y no me refiero al Congreso de los Diputados, el Palacio Real, la sede de la Asociación de Empresarios, los Bancos y Cajas, las salas de detención e interrogatorio de algunas comisarías y cuarteles, algunos yates de lujo, las mansiones de los famosos y los mafiosos, el servicio de urgencias de algunos hospitales, el Vaticano, el cuartel general de la CIA, la sede de la Conferencia de Obispos,... ni nada por el estilo.
         ¿Qué tienen ustedes debajo del fregadero? Supongo que nunca llegaré a saberlo. Pero, aun así, para que no me tachen de chismoso, comenzaré contándoles lo que tengo yo:
         El bote pulverizador del limpiacristales y un trapo encima a tal efecto. Una pila de bañitos y ensaladeras de plástico de diferentes tamaños, formas y colores, entre los que se encuentra también el escurridor de patatas, de pescado o de lo que haga falta escurrir. Un cacharro con garbanzos –con su tapadera, por supuesto-, que, lo lógico, es que estuviese en el departamento de la cocina en el que están las judías blancas, las lentejas y el arroz, pero está aquí. El protagonista del lugar: el cubo de la basura. Una garrafilla de plástico con la tapadera amarilla con alcaparras, alcaparrones o aceitunas, dependiendo de la estación del año. Un botellón de lejía de 2 litros. La botella del aceite usado de freír pescado. La botella del aceite nuevo, que, en contra de lo que podría parecer al estar en un sitio tan infame, no es aceite de mala calidad, sino aceite puro de oliva –me resisto a lo de “virgen” a pesar de las denominaciones oficiales-; contrariamente a lo que me sucede con el aceite de freír pescado –oscuro y desagradable a la vista-, siempre me ha extrañado que la botella del aceite nuevo –tan verde y atractivo a la vista- esté aquí, en un sitio, como digo, un tanto siniestro, y no esté en otra parte, con el vinagre, la sal, la harina, el azúcar...; pero, esto lleva siendo así toda la vida, así que cada mujer sabrá por qué organiza las cosas de esa manera y no de otra. Y, lo que a mí me parece la segunda estrella del enclave: un cubito de color azul de los de jugar los niños con la arena en la playa, con los estropajos y el bote de lavavajillas. Echo de menos, por ejemplo, y tal vez debería estar ahí, tal vez sería su sitio ideal, el bote pulverizador insecticida; pero no está; un misterio, ya digo, esto de lo que está, de lo que no está y podría estar y de lo que debería o podría estar en otro sitio.
         Cada vez que tengo que coger algo, ando temiendo que algo se tumbe y con ello arrastre consigo o tras de sí, como en el juego de los bolos, alguna otra cosa o varias de ellas. -El “efecto dominó”, creo que se llama.- Y, en alguna ocasión, he estado tentado de poner un poco de orden en ese caos, o en lo que a mí me parece un caos. Pero siempre termina quedándose como está. No sé si es por falta de espacio donde meter algunas de las cosas que hay debajo o porque en realidad ese caos no es tal caos, sino que tiene un orden interno. La verdad es que no me he atrevido a hacerlo, porque ése no es mi territorio, es territorio de la persona –mujer- que usa todo lo que hay ahí metido y, por lo tanto, es territorio sagrado, territorio prohibido.
         (Dichosas casas aquellas –dicho sea de paso-, con cámaras, con habitaciones grandes, con sitio de sobra para guardar chismes, toda clase de chismes –muebles, ropa, libros y revistas, papeles, herramientas, recuerdos y regalos, vajillas y cuberterías...-, con su despensa o su sótano para guardar para el año -esto es, en cantidades abundantes- el aceite, el vino, los garbanzos, los trofeos de la matanza, el queso, las verduras en conserva,...).
         Tal vez, se pregunten ustedes qué hacemos con la cabeza metida debajo del fregadero, donde, además, suele oler bastante mal. Quizás sea mejor así, hacer como dicen que hace el avestruz, esconder la cabeza donde sea menester para no ver la basura que nos rodea, en la que nos tienen metido hasta las cejas y de la que, al parecer, no hay manera de librarse, y aguantarnos con el olor a desagüe para no oler el hedor a podrido y la pestilencia nauseabunda que desprenden estas democracias aparentemente ideales en las que vivimos.

 

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