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¡Hay que ser borricos!

         ¡Qué brutos! Pero, ¡qué brutísimos eran los egipcios! Yo no sé si, en su tiempo, los egipcios tendrían fama entre el resto de pueblos contemporáneos de civilización adelantada y puntera. Acabo de leer dos reportajes en la revista “XL Semanal”. El primero, de Fernando Goitia, sobre el concepto que tenían los egipcios de la muerte y la otra vida y de las prácticas que usaban para preparar los cuerpos para esa otra vida, es decir, para momificarlos. Y, según este reportaje, no parece que fuesen muy civilizados.
         De modo que, para que los faraones y faraonas pudiesen hacer en condiciones y como Dios –el suyo- mandaba el viaje a la otra vida y convertirse en dioses, aparte de los ya consabidos esquilmamientos y hambre y padecimientos a los que tenían sometidos al pueblo de continuo para construirse esas construcciones faraónicas –valga la redundancia y nunca mejor dicho- y llevarse un aceptable ajuar en forma de tesoros para no pasar penurias en esa otra vida, aparte de eso, dice el reportaje, cuando se morían, les sacaban los sesos por la nariz con un hierro y les rellenaban el cráneo con alquitrán y otras porquerías extrañas, los destripaban sacándoles los intestinos para lavárselos con vino y otras sustancias y les rellenaban el sitio con mirra, canela y otras especias, cosían al difunto, lo salaban y lo dejaban así durante 70 días. –Eso es: en salazón, talmente como una dorada o un bacalao. ¡Hay que ser borricos!-. Pasados los 70 días, más ungüentos y bien envuelto en vendas, como para un regalo. Y, ¿quiénes se encargaban de toda esta carnicería asquerosa y todo este manoseo? ¿Quién? Los sacerdotes. Pero sólo los faraones y faraonas –todavía no se ha encontrado en el Valle de los Reyes la tumba de Lola Flores-, el pueblo llano, no. ¿Qué se iba a llevar el pueblo llano a la otra vida como no fueran las herramientas para seguir trabajando y las alpargatas viejas?
         El otro reportaje, de David Benedicte, trata de la construcción del monasterio de San Lorenzo de El Escorial por orden de Felipe II. Por lo leído, Felipe II mandó construirlo porque su papá, Carlos V, no quería ser enterrado con los anteriores reyes, sino que quería algo nuevo para él y sus descendientes. Felipe II, en una megalomanía comparable a la de los faraones con las pirámides, lo mandó edificar en el centro geográfico de España y miles de obreros trabajaron en él durante décadas para construir un monasterio-residencia real-mausoleo con 2.673 ventanas, 4.000 estancias, 1.250 puertas, 16 patios interiores, 88 fuentes,... –para que después hablemos de la residencia de la Preysler y sus numerosos cuartos de baño-.
         Esto de El Escorial ocurrió como 3.000 ó 4.000 años después de lo de los destripafaraones de Egipto, por lo que se suponía que ya el Hombre era más civilizado y, más tratándose del Hombre occidental –que siempre vamos de más civilizados que los orientales-. Pues no. ¿A qué se dedicó el bueno de Felipe II? Pues a algo parecido a lo que hacían los sacerdotes del dios Anubis. A coleccionar y atesorar reliquias, de las cuales llegó a tener unas 7.000 ó 7.500. Así que ya podemos imaginar la casquería que hubo, hay y habrá allí guardada de cientos de mártires, santos y santas, beatos, vírgenes y homologados: cabellos, dientes, uñas, huesos, esqueletos enteros -12-, cabezas -144-, brazos y piernas -306-, prepucios, clítoris, corazones y otras vísceras –resecos como mojama-, restos de madera apolillada de cruces verdaderas, cachos de tela vieja de sudarios, hábitos, refajos, túnicas,... En fin, que allí es mejor no entrar. ¡Qué asco, tú! -¡Hay que ser borricos!- Eso sí, todo bien guardado y preservado en relicarios de oro, plata, maderas preciosas y piedras más preciosas todavía. Y, ¿quiénes se encargaban de custodiar toda esta casquería? ¿Quién? Los frailes.  
         Y nos venimos al Siglo XXI, en el que se supone que impera la razón por encima de aquellos viejos rituales necrófilos protagonizados por los faraones-reyes y los sacerdotes de sus respectivas religiones. Pues el papa Juan Pablo II murió rodeado y cuidado por seis sacerdotisas de hábito y toca y también fue eviscerado, adobado, manoseado y curtido para poder cantar dentro de equis tiempo el milagro de su incorruptibilidad; y no fue enterrado hasta varios días después de su muerte. -¡Hay que ser borricos!-.
         Religiones: la cultura de la muerte. Quizás, el oficio más viejo del mundo no sea el de “puta”, sino el de chamán, hechicero, sacerdote, brujo,... de la tribu, el oficio de los que se autoproclaman intermediarios entre los dioses y los hombres.

 

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