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Besos monstruosos

         La lengua y el lengüetazo están de moda. Hay por ahí muchas películas, series y novelas recientes, de las de nueva hornada, en las que, cuando los protagonistas van a besarse, aparece, en primer plano, la lengua de uno de ellos o las de ambos saliendo de la boca, por delante de los labios, de manera que, antes de que los labios tengan el primer contacto tibio, ya están, ante nuestros ojos, las lenguas dándoles un lametón a los morros del otro o unidas en un húmedo y carnoso beso. Parecen besos de lagartos, de serpientes que husmean el aire sacando y agitando la lengua, parecen besos de seres de ciencia ficción que sacan la lengua no para acariciarte, sino para asesinarte, como en Allien y otras películas de monstruos y extraterrestres, o como en los documentales del dragón de Komodo. Son, en definitiva, besos, planos y secuencias repugnantes que nos revuelven el estómago y estropean las películas.
         Quizás, el problema del ser humano sea encontrar el término medio. Como en otros terrenos, en las relaciones en el cine y la televisión, hemos pasado de un extremo a otro, hemos pasado de la represión y la censura al erotismo menos erótico y a la pornografía más desagradable, hemos saltado sobre la ternura para mostrar de forma descarnada la parte de las relaciones que no hace falta mostrar porque es evidente, hemos saltado sobre lo insinuado, lo entrevisto, lo sutil, para transmitir a niños y mayores el mensaje de que en el amor, en la relación entre un hombre y una mujer o entre dos personas, el “tó que tó”, el quid, es meter: meter mano, meter la lengua, meter la picha,... meter lo más posible y lo antes posible.
         Pero, en la relación sexual o amorosa, el acto de “abrir”, de abrir lo que sea, la mano, la boca, el corazón o las piernas, es el último peldaño y no el primero, es el resultado de un proceso, más o menos largo, de preparación, de conocimiento, de juego, de entrega gradual,... hasta llegar a esa apertura, a esa entrega total. Lo que se está haciendo hoy es, por intentar definirlo de alguna manera, el echar y el poner la pasión por delante del deseo, el postre antes que los aperitivos, el tejado antes que las paredes, el cuerpo y su animalidad antes que el misterio de dos personas que se entregan. Y espero que mis palabras no se interpreten o identifiquen con el tema de la pureza, la castidad, las relaciones prematrimoniales, la moral cristiana y monsergas similares, porque no van por ahí los tiros. Tampoco tienen nada que ver con el tema de libertad sí o libertad no. Pero es que hay muchos –guionistas, directores, productores- que confunden la libertad con la falta de gusto y la grosería. Antes, se decía que las actrices sólo se desnudaban “si lo exigía el guión”. Bueno, pues ahora, los guiones no justifican tanto beso de este tipo, camaleón y atrapamoscas.
         Incluso, como somos tan catetos y tan ignorantes, seguramente que esta moda está creando o ha creado ya una nueva forma de besar, ésa, la alienígena de la lengua amenazante, porque preferimos copiar lo que nos dan por las pantallas que aprender de nuestra propia experiencia. En un beso, en una serie de besos y/o en una relación amorosa, la lengua tiene su momento. Y no es precisamente al principio. Que te den un lengüetazo en los morros así, en frío, es algo bastante asqueroso. O, cuando menos, su oportunidad es bastante discutible. Y, ahora, hasta Pablo, el más tonto –o el más cortito- de la serie “Arrayán” te enseña y echa por delante un palmo de lengua antes de que los labios se toquen.
         No es la primera vez que algo actual hace bueno algo antiguo que en su día dábamos por malo, que en su día criticamos porque nos parecía eso, antiguo, represivo, contrario a la libertad y a la naturalidad. Lo digo por aquellos besos de cine antiguos, que eran un apretón de labios contra labios o de labios contra barbilla de ella. Ahora, nos hemos ido al extremo contrario y, estos besos de reptiles, han hecho buenos en las pantallas a aquellos besos antiguos que olían a tabaco y jabón de afeitar y su tacto era de rojo carmín femenino y varonil papel de lija. (En la película “Cinema Paradiso”, del director Giuseppe Tornatore, hay un buen surtido de besos antiguos.)
         Todos los adultos sabemos entender cuándo, en una película, serie o novela, va a haber o ha habido relaciones sexuales entre dos personajes. No hace falta que nos lo muestren de forma tan explicita. Y ni siquiera justifica esto el decir que la lengua y el lengüetazo venden. Ya sabemos que el cine y la televisión no son sólo arte, sino también industria, lucha sin cuartel por la taquilla y la audiencia.
         Los besos –para terminar-, como los versos, los hay de arte mayor y de arte menor. Besos de arte mayor y besos de arte menor. Y, estos con lengua –que recuerdan a los primeros planos de los futbolistas escupiendo- no son, precisamente, poesía.

 

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