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Inventillos

         Hay inventos a los que el ser humano no les da la importancia que tienen y merecen, inventos a los que el ser humano no les hace justicia –cosa, por otra parte, habitual en el ser humano-; son creaciones o logros aparentemente modestos e insignificantes que, a simple vista –y no hablo de las gafas o los zapatos de tacón de aguja-, pasan desapercibidos ante la relevancia de otros. Pero que son sumamente útiles y prácticos.
         Y el caso es que son inventos sencillos, nada comparable a aquellos Inventos del TBO, del profesor Franz de Copenhague, que eran complicados, absurdos, estrafalarios y que, a la postre, tenían escasa utilidad, pongo por caso, el aparato limpia-narices, el ingenio para la obtención de melones cuadrados o aquel otro para obtener vino a partir de zapatos viejos, el dispositivo anticabello en la sopa,...
         Nada comparable tampoco a los grandes descubrimientos e invenciones del homo sapiens sapiens, como puedan ser –por poner algunos ejemplos- el canal que une dos océanos, los medios de comunicación, los medios de transporte, la anestesia, la imprenta, los rayos X y la resonancia magnética, el frigorífico, el ascensor, la luz eléctrica, la red de alcantarillado,... pero que me atrevo a afirmar que no sé qué haríamos sin ellos.     
         ¿Qué me dicen de la maquinita de quitar pelotillas a las prendas de vestir? Que pagas una pasta por un jersey o un pantalón o una bufanda y a la que te lo pones tres veces, ya está comido de pelotillas y tú ya no estás a gusto con tu aspecto, porque vas dando el cante, como si fueras un rácano y hubieses comprado la susodicha prenda en el mercadillo solidario de Cáritas. Pues le das una pasadita con la maquinita –que, además, funciona con pilas- y se queda nueva.
         Y ahí está la fregona –que no necesita ni pilas-. Esas mujeres, antiguamente, tirás por los suelos, hincadas de rodillas, bamboleándose a un lado y a otro para hacer funcionar la algofifa –“aljofifa”, según el Drae- y, encima, preocupadas todo el tiempo porque por detrás podía quedar al descubierto y a tiro de miradas indiscretas la popa, con el consiguiente riesgo de que, encima de que estabas matá a trabajar, te tachasen de indecente por no cubrirte suficientemente la retaguardia. La fregona es un adelanto para la especie humana –en concreto, para la parte femenina de la misma- comparable a cuando los homínidos se irguieron en la sabana y, dejando de andar a cuatro patas, comenzaron a hacerlo sobre sus cuartos traseros; con el invento de la fregona, la mujer se irguió nuevamente y dejó lo de estar o ponerse a cuatro patas –a lo que la obligaban las circunstancias- para casos de hacerlo voluntariamente y por puro placer.
         Ahí tenemos el cortaúñas. Nuestras madres nos cortaban las uñas de manos y pies con unas tijeras y, a veces, por exceso de celo en la higiene o por error, nos hacían llorar al cortar más de la cuenta; luego, aprendimos a cortárnoslas nosotros mismos, pero con el inconveniente de que, por ejemplo, los diestros solamente podíamos cortarnos las de la mano izquierda; pero, con el cortaúñas es otro cantar –o, por mejor decir, otro cortar-.
         Ahí tenemos el calzador, para no destrozarnos el dedo o los dedos de la mano aplastados entre el filo del zapato y el talón del pie; no sé qué sería antes, si el calzador o la cuchara, pero estoy prácticamente seguro de que, si el calzador se inventó después, la gente usaba una cuchara para calzarse los zapatos.
         Estos inventos son como esas apreciaciones geniales que se hacen a veces, verbigracia, que el whiski sabe a chinches; a todo el que se lo digas, te espetará que si has probado las chinches; y nadie las ha probado para poder hacer tal afirmación o tal comparación, pero es cierto que el whisky sabe a chinches.
         Hay tantas cosas inventadas que parece que ya no queda nada por inventar. Pero el hombre, el ser humano no para: siempre se saca de la manga –o del magín- una carta sorpresa. Ahí están el rascador de espalda, el pañal, el clínex, la compresa y, más allá, el tampón, el mando a distancia,... Y hay muchos más inventos o inventillos de este jaez, es decir, de tal calado práctico que nos hacen la vida más cómoda y llevadera; seguro que si piensa un poco, dará con más de uno.

 

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