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Concursos literarios

         Es menester que se modernicen los convocantes de premios literarios. Hoy, en el mismo día, he presentado una novela mía a dos concursos literarios diferentes. ¡Y tan diferentes! En uno, pedían dos copias impresas. Hice las dos copias y todo lo que me pedían en las Bases al pie de la letra -como si de un secuestro con rescate se tratase-. Y, cuando he dejado el paquetón –pesaba más de dos kilos- en la Oficina de Correos, le he metido el lápiz al asunto y, ¿qué me ha salido? ¡Una ruina! Eso es lo que me ha salido. Cada copia –algo más de 200 páginas- se ha chupado un cartucho de tinta enterito y, entre ambas, un paquete de 500 A-4; luego, el envío postal certificado –obligatoriamente, dado su peso-; aparte de otras minucias, como el sobre de la plica, el sobre grande acolchado, los encuadernadores,... Total, unos 50 euros o, para que nos demos exacta cuenta, unas 8.300 pesetas. –Tengo por costumbre traducir todo a pesetas, que me parece un lenguaje más expresivo y porque estoy convencido de que el euro sólo es un eufemismo económico.- (No quiero ni pensar lo que debe costar presentar una novela de 300 ó 400 páginas al premio “Málaga”, en el que piden 6 copias impresas, lo que, traducido del lenguaje de los convocantes al de los concursantes, quiere decir, 9 ó 10 cartuchos de tinta, varios paquetes de A-4, el envío postal de un paquetón de entre 8 y 10 kilos de peso, más las minucias.)
         Tengo que decir que, antes de hacer mi envío, me he informado sobre si podía acogerme, como escritor, a ese tipo de franqueo barato que sé que existe para el envío de libros. Y me han dicho que no, que los escritores no pueden acogerse a esa modalidad, que eso es sólo para los libreros, editores,... (¿?) Lo que demuestra –una vez más- que el creador es el último mono en este tinglado literario –tan hermoso por un lado y tan detestable por el otro-.
         Negarse no se puede negar que, para los miembros del Jurado, es lo ideal. Tres miembros, tres copias. Cinco miembros, cinco copias. Así, cada miembro puede disponer en su casa o donde le hagan falta de todas las obras presentadas y verlas, hojearlas,... –que no leerlas- con calma. Pero, para los concursantes, dista mucho de ser lo ideal. Para los concursantes es una pérdida de tiempo importante y una ruina a nivel económico.
         Y, en el otro concurso, me han pedido -¡atención, no se lo pierdan!- únicamente una copia; y ni siquiera enviada por correo postal en soporte disquette o cd, sino simplemente por email adjuntada en un documento de word. No hace falta meterle el lápiz, no hace falta ajustar cuentas de su coste crematístico. ¡Aleluya! Así da gusto concursar.
         Hay convocantes que se modernizan, pero lentamente, pues, renuentes a un cambio brusco, a un giro de 180 grados, han adoptado una fórmula mixta pidiendo uno o dos ejemplares impresos y una copia en soporte informático, pero pidiendo además en las Bases el consentimiento del autor para sacar las copias necesarias que el desarrollo del concurso exija. Está claro que no van a hacer copias fotocopiando y encuadernando las doscientas o trescientas páginas de la novela, sino copiando la del cd o disquette en otros cds o disquettes.

         Por otra parte, los convocantes de concursos literarios exigen en las Bases que la obra no esté presentada simultáneamente a otros concursos, esto es, piden exclusividad. Y lo exigen pidiéndote una declaración, esto es, lo que se ha conocido siempre como una “declaración jurada”. Así que te pasas un largo periodo de tiempo –pongamos un año, dos años, tres, diez,...- escribiendo una novela y, una vez terminada, que estás deseando verla publicada y darla a conocer a los lectores, y sólo puedes presentarla cada año a un concurso. ¿Por qué? No se entiende. No se entiende en absoluto. ¿Es por si te la premian en dos o más concursos a la vez? Al igual que ustedes, no puedo por menos que sonreír. Ganar un concurso literario es poco menos que imposible y, ganar dos con la misma obra al mismo tiempo, tan difícil como acertar el número del cupón y el de la serie; pero, en caso de ocurrir, siempre habrá fórmulas caballerescas, civilizadas y honradas de resolverlo sin tener que echar mano de la declaración jurada para emprender acciones legales contra el pobre autor.
         Si los convocantes de premios literarios no se modernizan, terminarán presentándose solamente a los concursos los que puedan hacer las copias y fotocopias a costa de la empresa en la que trabajan y los que sepan a ciencia cierta que van a ganar.

 

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