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Camilo, Francia e Inglaterra

         He estado leyendo estos últimos días –ya lo he terminado- el libro de Camilo de Ory, Dios y otros artículos -el cual, como su propio título indica, es un libro de artículos periodísticos-. Y he disfrutado como un enano -¡vaya usted a saber cómo y por qué disfrutan tanto los enanos!-. Es irreverente, transgresor, políticamente incorrecto, irónico, sincero, inteligente, independiente... en definitiva, es de lo que cada vez queda menos.
         Me gusta su estilo fresco y entretenido, aunque sea tan enemigo de las comas o –según se mire- tan amigo de los párrafos largos, lo que en ocasiones provoca que uno casi se ahogue al faltarle el aliento. (Camilo de Ory es, tengo entendido, sobrino-nieto del poeta Carlos Edmundo de Ory; y se le nota; porque, al igual que su tío-abuelo va, como él, un poco por libre en el pensamiento y en la creación –lo cual, es bueno, no se me malinterprete-.)
         Y, claro está, una de las razones por las que he disfrutado tanto con la lectura de sus artículos, es porque me identifico plenamente con el contenido de los mismos, con sus ideas, con su forma de ver la vida y “las cosas” que le rodean –le rodean a él y nos rodean a todos-. Si no fuese así, difícilmente podría uno disfrutar con una obra de arte, por muy honrados y objetivos que fuésemos.
         Bueno, para ser exactos, plenamente, no. Estoy de acuerdo con él en todo, excepto en un punto. Y es que él se declara rotundamente francófobo y anglófilo. Y lo explica y desarrolla en sendos artículos dedicados a Francia y a Inglaterra. Todo lo contrario que este que escribe; ahí llevamos el paso cambiado.
         Los franceses fueron unos adelantados en eso de acabar con el anacronismo y los abusos de la monarquía y la nobleza reinventando la guillotina e instalándola para su uso y disfrute en la Plaza de la Bastilla y otras plazas. Que siempre no nos van a tocar las represiones y los ajusticiamientos y el perder las revoluciones a los pobres. Las francesas, por su parte, fueron unas adelantadas –según tengo recogido de diversas fuentes, pues no he tenido el gusto de comprobarlo por mí mismo- en el tema de la fellatio –o “felación”, según el diccionario-. Ya se extendía el rumor de boca en boca –y nunca mejor dicho- sobre su pericia en este menester cuando las mujeres españolas apenas habían salido de la postura del misionero, ni siquiera cabalgaban sobre sus compañeros y creían que el 69 era la terminación del gordo de la lotería.
         Los franceses inventaron aquello tan hermoso de “Liberté, egalité, fraternité”, mientras aquí a lo máximo que habíamos llegado era a “Una, grande y libre”. Los franceses han creado buenos vinos, buen champán, buen queso, buen paté...
         Por su parte, los hijos de la Gran Bretaña se han extendido por el mundo como una plaga –Estados Unidos, Australia, Sudáfrica,...- y no precisamente para bien de los aborígenes y nativos de esas tierras, no precisamente para extender la democracia y la libertad. Los ingleses no saben comer –lo dice todo el que va a Inglaterra-, no hay más que ver esos opíparos y pantagruélicos desayunos que hacen –huevos fritos, beicon, salchichas fritas, tomate,...-, que te dan fatigas sólo de pensar en comerte eso recién levantado.
         Según el amigo Camilo, los descendientes de Enrique VIII son civilizados; pero han inventado deportes tan bestias como el rugby y seguidores deportivos tan violentos como los hooligans. ¿Qué más tienen los ingleses? Niebla, flema, té a las 5, la casa real –con el príncipe Carlos, los perlas de sus hijos, Camila Parker,...- y el idioma del imperio –el que todos terminaremos hablando y usando en detrimento de los nuestros respectivos-.
         Que los franceses nos invadieron, sí. Pero, en invasiones y guerras, debemos andar empatados ingleses, franceses y españoles. Que a Camilo no le gusta la escasa y cara nouvelle cuisine, a mí tampoco; quedémonos ambos con la tortilla francesa, que es rápida y barata.
         Y después y a pesar de todo lo que llevo escrito, una duda terrible me corroe: ¿no habré entendido mal a Camilo de Ory, no habré entendido al revés su sentido del humor y su ironía, no será Camilo de Ory francófilo y anglófobo, esto es, pro francés y anti inglés?

 

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