¡Hombres!
El hombre –y cuando digo “hombre” no quiero decir “género humano”, sino parte masculina del mismo- es un animal extraño. Hasta hace poco, tiraba de navaja y, hoy, todavía es capaz de agarrarse a puñetazos con otro y partirse la cara por defender su hombría si alguien la cuestiona directa o indirectamente con insultos o insinuaciones sobre su orientación sexual, o sea, si pones en duda su heterosexualidad; o, cuando menos –como parece que ya estamos más civilizados y, además, en las peleas se puede salir perdiendo-, es capaz de ponerte en el juzgado.
Y, sin embargo, se entrega a juegos, celebraciones y actividades un tanto ambiguas, de mucho roce, de mucho contacto físico. -No vamos a hablar hoy de su renuencia a que las mujeres participen en algunas de sus actividades sociales y formen parte de algunos de sus selectos clubes masculinos.- Pongo ejemplos.
Ahí los tienes –a los futbolistas, digo- celebrando los goles: besándose, abrazándose, revolcándose por el suelo,… ahí los tienes en el mismo fútbol, que, para animarse o para provocarse, se enlazan por la cintura, se dan palmaditas en el culo, se tocan los genitales -¡inolvidable aquella ocasión en la que el jugador del Real Madrid, Míchel, le tocó reiteradamente la pirinola al colombiano Valderrama! ¡Inolvidable! Debemos suponer que no le estaba tirando los tejos, sino que lo único que pretendía era provocarle para que éste reaccionase violentamente y lo expulsaran, pero se ve que no se le ocurrió otra forma de hacerlo-,… en fin, que, a veces, tan emocionados están, que se besan en los morros o se dan bocaítos en sus partes pudendas, aunque sea por encima de las calzonas.
Ahí los tienes en el rugby, otro deporte de equipo, treinta tíos hechos y derechos, cuadrados como roperos de tres puertas y grandes como vehículos con tracción en las cuatro ruedas, que, o están haciéndose placajes y rodando embrollados por el suelo o están empujándose, bien apretados, en la melé, que no terminan una melé cuando ya están en otra. Y ahí los tienes en los gimnasios, compartiendo fatigas, aparatos, vahos, sudores, olores y duchas.
Y ahí los tienes, por poner otro ejemplo, en Semana Santa, de costaleros, cargaores u hombres de trono –que de todas estas formas y de alguna más se les conoce-, por dentro y por fuera de dichos tronos o pasos, en número de decenas y hasta de centenas, que hay pasos que llevan treinta o cuarenta hombres metidos en esos escasos y oscuros metros cuadrados, y pasos que llevan más de doscientos bajo los varales, también chavales y hombres de pelo en pecho, capaces de pasear a hombros durante horas un armatoste que pesa miles de kilos y de sacarlo y meterlo del templo respectivo de rodillas o en cuclillas y de subirlo y bajarlo por cuestas empedradas –todo esto sin que se sepa muy bien por qué o para qué, pero ésa es otra cuestión- pero, en cualquier caso, bien apretaditos y poniéndose rabos unos a otros, echándose el resuello en el cogote y, al igual que los otros, compartiendo sudores, olores y humanidad.
Lo de ¡Que corra el aire! ha quedado para los chistes. Lo dicho: un animal extraño, de extrañas costumbres. Después, que no hagan bromas los hombres con eso de que las mujeres vayan juntas al cuarto de baño.
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