Fiestas: el día después
En cierta ocasión, tal vez siendo un adolescente o un muchacho -que ya tendría más libertad para estar en la calle hasta altas horas de la madrugada o hasta el día siguiente- vi desmontar la feria, no recuerdo si bajo la fantasmagórica luz que salía de las casetas una vez apagado ya el alumbrado de las calles, o envuelto todo en la luz lechosa, difusa, sucia del amanecer. Lo que sí se me quedó grabado en la memoria sensitiva, en la vivencia del mundo, en el alma, fue aquella sensación sumamente desagradable de la feria a oscuras, los cacharritos y las casetas medio desmontados, las calles llenas de montones de basura -cascos sucios, latas, farolillos, banderines y banderolas rotos, trozos de fotos murales de artistas y conjuntos, restos de cartón piedra,...- (Entonces no existía el “lunes de resaca”, por lo que la feria terminaba el domingo prontito, por la tarde o la tarde-noche, y algunos, o muchos, comenzaban a desmontar porque al otro día, lunes, había que trabajar.) El caso es que ya lo decía la sevillana aquella: ¡Hay que ver lo que parece la feria cuando termina! Y una sensación parecida tengo cada vez que veo en las calles, a las puertas de las viviendas, la primera basura después del Día de Reyes: los enormes montones de cajas de cartón, de plástico y de papel llenos de brillos, colores y muñequitos pintados. –Me imagino cuando los veo a qué poca cosa han quedado reducidos los regalos y juguetes. Pero ese es otro tema.-
Calculo que es la misma sensación que tendrán los que pasen por donde la noche antes se haya celebrado una “botellona”. Ante tanta basura, uno se pregunta si lo que ocurrió la noche anterior en aquel desolado paraje tiene que ver con aquel concepto de hace unos años que tenía un halo romántico y que se conoció como “bohemia”; si tiene que ver con los primeros acercamientos entre los sexos, si tiene que ver con el conocimiento del mundo mediante interminables conversaciones con los amigos, si tiene que ver con la autoafirmación del ser mediante el sentimiento de pertenencia al grupo, etc, etc.
Una de las mayores pegas que se le ponen a la botellona, de los principales reproches que se le hacen, es la basura que dejan tras de sí. Pero, si nos paramos a pensar, todas las fiestas y celebraciones del ser humano están basadas en lo mismo: mucha comida, mucho alcohol, mucho ruido, mucho papel, mucho decorado efímero, de usar y tirar. Pongo algunos ejemplos. En Semana Santa, las ciudades y pueblos –y no las afueras precisamente, sino sus cascos históricos- quedan asfaltados de cera negruzca y, una vez adherida a los neumáticos de los coches, también chirriante. (Y allá va enseguida el personal de la limpieza dando manguerazos.) En Reyes, la Cabalgata va dejando un rastro no sólo de ilusión, sino también de miles de kilos de papelillos y caramelos pisoteados y medio derretidos que, prácticamente, nadie se agacha a recoger, porque para nuestra opulenta sociedad, los caramelos son ya un pobre regalo. (Y allá van, tras los Reyes, el séquito de los empleados de la limpieza.) En las campañas electorales -durante y después- los pueblos y ciudades quedan convertidos en auténticos paisajes para después de la batalla: carteles rotos, mojados, colgando de las paredes, pancartas que se han soltado y cuelgan de ventanas y balcones en las calles, regueros de propaganda llevados por el viento por los suelos de aquí para allá. Los lugares donde se montan los mercadillos ambulantes, las plazas donde se celebran las campanadas de Fin de Año, los carnavales, las ferias, las concentraciones moteras,... Pues todo eso, también hay que limpiarlo, todo eso también tiene un coste para los ayuntamientos y las arcas públicas. Pero, normalmente, sólo se dan las cifras de los costes que tiene la limpieza de los residuos de las botellonas.
Si es por el ruido y las molestias a los vecinos, reglaméntese y organícese la botellona; si es por, “paternalistamente”, proteger a “nuestros jóvenes” de “los peligros del alcohol”, dejémonos de hipocresía educando de otra manera y predicando con el ejemplo; pero si es por la suciedad que deja, déjese tranquilos a los chavales y chavalas y límpiese cuando terminen, que es lo que se hace, como he dicho, con otras celebraciones, fiestorros y eventos cuyos inconvenientes y desperdicios se defienden y justifican como fruto de la cultura y la tradición.
¡Que todos hemos sido jóvenes! ¿O no?
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