¿Piropos? ¡Ni mijita!
¡Lo sabía! ¡Sabía que este día tenía que llegar! Como decía aquel personaje de la película “Parque Jurásico” cuando advertía que se dejasen de tonterías y de jugar con fuego con los dinosaurios porque la Naturaleza es muy sabia y muy imprevisible y aquello de resucitar a los dinosaurios y crear un parque de atracciones podía traer llanto, rechinar de dientes y daños colaterales, como decía -digo- aquel personaje que enseguida se salió con la suya cuando los dinosaurios liaron la escabechina: “¡Qué coraje me da llevar siempre razón!”
¡Qué coraje me da llevar siempre razón! Lo exclamo porque me he encontrado en el suplemento XL Semanal un artículo de Carmen Posadas, titulado “Un piropo, por favor”, en el que la escritora constata “la decadencia y muerte del piropo en España”, lo que para ella “es una pena, pero es verdad; en nuestro país, el requiebro está muerto y enterrado”. Cuenta la autora que ella viaja mucho y que los piropos, las lisonjas, las lindezas, los galanteos siguen vivos en otros países y que, por tanto, “la desaparición del piropo es un fenómeno sólo español” y se lamenta de que “en España, en cambio, país antaño ingenioso en galanteos, ya no se oye una linda palabra, ni siquiera una palabrota como la que antes solían lanzarnos los obreros desde los andamios.” Yo sabía que esto, tarde o temprano, tenía que llegar, que en este movimiento pendular que es la historia, la sociedad y la vida, tenía que llegar el día en que, después de luchar contra una España más africana que europea en sus costumbres, más tercermundista que civilizada, una España casposa, cutre, machista, después de luchar con uñas y dientes -o, dicho de otro modo, con leyes y actos- por la mujer, por su igualdad con el hombre, contra su discriminación, por sus derechos, etc, etc, llegaría este momento en el que las mujeres o parte de ellas o algunas de ellas, pedirían esto que pide Carmen Posadas en su artículo. La Posadas –y otras muchas mujeres que dice que le han escrito- no sólo echa de menos, nostálgica, “aquellos bonitos requiebros callejeros”, sino la palabrota desde el andamio. Y explica que no es incompatible el piropo, el ceder el paso, el abrir una puerta, -seguramente, el pagar la cuenta siempre el hombre-,... con todo lo que hemos referido antes de la lucha actual de la mujer.
Pero, ¿cómo quiere Carmen Posadas ni ninguna mujer que los hombres les echemos un piropo, si los hombres estamos como los conejos cuando están asustados, que les buscas los compañones –o testículos- y no se los encuentras porque los tienen metidos padentro del cuerpo a causa del canguelo? Los hombres, con todo este asunto de los derechos de la mujer, de su secular opresión y marginación por parte del sexo masculino, con todo este asunto del acoso moral, del acoso sexual, del acoso laboral, del maltrato físico y psicológico,... -que no es que no sea verdad- es que estamos asustados. ¿Qué hombre en su sano juicio le va a decir a una mujer: ¡Eso es un cuerpo y no el de la Guardia Civil! o ¡Dios dijo: hágase la luz, y se hicieron tus ojos, preciosa! o ¡Viva la madre que te parió y el padre que te hizo! ¡Dales las gracias, mi arma! O, hablando de madres, ¿qué hombre con dos dedos de frente le va a decir a una madre que vaya con su hija ¡Señora, le cambio a su hija por una lavadora! Y, ¿qué hombre temeroso de la justicia y las leyes le va a decir a una fémina, en plan mucho menos fino y simpaticote que el de antes, “Nena, estás más buena que el pan de viena” o, como decía Benito Lopera, pícaro televisivo Siglo XX, ¡... to lo negro! o, en plan muy de moda y muy borde ¡Que no me entere yo que ese culito pasa hambre! O, ¿qué hombre se atreve a decirle a una mujer simplemente ¡Guapa!, con énfasis castizo y ánimo generoso?
Carmen, rica, que los hombres seguimos siendo hombres y nos siguen gustando las mujeres hermosas, macizas y con curvas como el circuito de Jerez, pero es que ya estamos civilizados, europeizados y hasta domesticados. Y, además, estamos asustados, que no nos atrevemos a mirar, ni a sonreír, ni a guiñar un ojo ni a abrir la boca. Además, chata, que los obreros de los andamios, que te enteres, son todos extranjeros y no chamullan nuestro idioma. Y, además, están más preocupados de no caerse y matarse que de las ricas hembras que pasan por la calle.
Pero, vaya, allá voy y que sea lo que Dios quiera: ¡Carmen, guapa!
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