Artículos

De típicos tópicos

         Hablaba en mi último artículo de los tópicos electorales, esos tics que se repiten invariablemente en todas las campañas electorales. Pero no se piense que lo escribía por cargar contra los políticos y la política –que también-. Porque la vida entera, nuestra existencia, y no sólo la política, está llena de tópicos. Tópicos que a fuerza de ser repetidos se han vuelto típicos y como verdades incontestables.
         Dice uno de los más conocidos que ser madre es lo más bonito del mundo. Si esta afirmación hace referencia al acto físico, al hecho de “dar la vida”, que es en el sentido que creo que se utiliza cuando se utiliza, ser madre es asqueroso y doloroso; además, todas las hembras de la creación conciben, gestan y paren sin tanta retórica, idealización, misticismo ni romanticismo. Vean, si no, los documentales de la 2. Parir, dar la vida, es uno de los actos más primitivos que le quedan al ser humano –junto con defecar, orinar, menstruar y ayuntarse sexualmente-; en estos terrenos –no sé si me olvido alguno- hemos evolucionado muy poco –de ahí toda esa porquería de la sangre, las aguas esas que se rompen, la orina, las heces, el semen, etc, etc. (Ruego me perdonen la escabrosidad del tema.) ¿Quién puede negar que, en este tema de la maternidad, todo sería mucho más limpio y mejor si, por ejemplo, naciéramos de un huevo y echásemos a andar y a comer, o si, por ejemplo, en el tema de defecar, defecáramos virutas como las cabras? Menos mal que ya se están inventando formas de procrear en una coctelera.
         Relacionado directamente con el anterior, está lo de que los niños son para comérselos o, traducido al cristiano, que los niños son una bendición de Dios. La verdad es que sí, que algunos son para comérselos, pero otros hay que apresurarse a comérselos antes de que crezcan más. Todos hemos oído en más de una ocasión, de boca de padres y madres, que los hijos dan problemas y preocupaciones cuando son pequeños, cuando son medianos, cuando son grandes, cuando están casados... En fin, que a partir del acto físico de la maternidad y de la paternidad, ser madre y padre –sobre todo, madre- es un coñazo mayúsculo del que no te libras en toda la vida.
         Otro de los tópicos más conocidos es el de que los ancianos, sólo por llegar a serlo, son muy sabios. Verá usted: la sabiduría, la inteligencia, la sensibilidad, el talento, la ignorancia, la necedad, la estulticia,... no tienen nada que ver con la edad. A todas las edades hay de todo. Me contaba la directora de una granja-escuela que, además de las habituales visitas de escolares, decidieron ofertar las actividades también a los ancianos. Hicieron tres excursiones con mayores, tres intentos; y, luego, desistieron. Porque en las visitas a las fábricas de mantecados, los abuelos y abuelas se llevaban los mantecados y los dulces en los bolsillos a puñados y, de la granja-escuela, se llevaban todo lo que pillaban, incluidas las cucharas.
         Y, tal vez, de este tópico de la sabiduría de la vejez, provenga el de que hay que respetar a los padres –padres y madres- y el de que hay que respetar a los ancianos –ancianos y ancianas-. No es que no sea verdad, es que es una verdad a medias, o una verdad sesgada, o una verdad manipulada. Claro que hay que respetar a los padres, pero los padres también tienen que respetar a los hijos –lo que no es incompatible con educarlos correctamente-, claro que hay que respetar a los ancianos, pero los ancianos también tienen que respetar a los jóvenes. Hay que respetar a todo el mundo: verdad que suena de Perogrullo, pero que conviene recordar.
         Que la vida es el don más precioso o más valioso que tenemos. ¡Hombre, pues según! Según le vaya a uno, la vida puede ser un regalo o ser una putada en toda regla. Que se lo pregunten, por poner un ejemplo, a aquél que iba por las mesas de la hamburguesería apurando los restos de comida y bebida que los demás habían dejado en los platos y vasos. Que se lo pregunten a tantos millones de criaturas que no hace falta nombrar porque todos sabemos de quienes estamos hablando.
         Alguna vez es menester decidirse a combatir con todas nuestras fuerzas, organizar una auténtica cruzada -qué palabra más fea, mejor, una revolución-, para acabar con toda esa serie de tópicos que rigen nuestras vidas como dogmas de fe inamovibles e inatacables.

 

. . .