¿En qué quedamos?
Antes, cuando yo estudié, el Miño, el río Miño, nacía en Fuentemiña,
provincia de Lugo. Bueno, pues ya no. Ahora el Miño nace en la Sierra
de Meira, en el paraje Pedregal de Irimia. Antes, cuando yo estudié,
Plutón era un planeta, de los poquitos que había. Bueno, pues ahora,
no. Ahora es otra cosa. Antes, cuando yo estudié, no se acentuaban las
letras mayúsculas. Pero, ahora, sí. Antes, cuando yo estudié, en diez
se llevaba uno una. Pues, ahora, en diez se lleva uno nueve. ¿En qué
quedamos, hombre? Porque a ver quién le quita a uno aquellas panzadas
de estudiar historia, geografía, lengua, matemáticas, sociales,
naturales,... para aprenderse las cosas de memoria y luego soltarlas lo
más fielmente posible en los exámenes? Y, a ver con qué autoridad los
maestros y profesores le van a decir a sus alumnos y alumnas esto es
así y esto asao, apréndetelo que, si no, te cateo. Un poco de
consideración con los niños, por favor.
Antes, resultaba que
por falta de condiciones, por falta de dinero, por falta de educación
higiénico-sanitaria, por prejuicios morales,... la gente se lavaba
poco. Había que lavarse más y mejor –no como aquélla de la canción:
“¿Con qué te lavas la cara que siempre tan linda estás? Me lavo con
agua clara y Dios pone lo demás”; ¡no, hija, no, échale un chorreón de
algo al agua y escamóndate bien de la cabeza a los pies con un
estropajo de esparto!-, decía que había que lavarse más y mejor, porque
la falta de higiene era la causa de muchas infecciones y enfermedades.
Bueno, pues llegó el progreso y el estado del bienestar, nos
concienciamos y comenzamos a ducharnos o bañarnos todos los días. Pues
ahora resulta que tanto lavado y tanto producto químico –jabones,
geles, champús, sales,...- destruyen las defensas naturales de nuestro
cuerpo, dando lugar a enfermedades de la piel. ¿En qué quedamos: nos
lavamos o no nos lavamos? Algo parecido ocurre con el fregado de la
vajilla y el asunto de tirar de la cadena del wáter; antes: lava y
tira, que es higiénico; ahora: no gastes tanta agua, que es malo para
el medio ambiente. ¿En qué quedamos: nos lavamos con gaseosa, meamos y
no tiramos,...?
Antes, morían muchos
bebés y también algunas madres en el parto porque las mujeres daban a
luz en las casas, sin las atenciones y los cuidados necesarios. Durante
mucho tiempo, el objetivo fue acabar con eso. Y hoy, una vez que todas
las mujeres dan a luz en los hospitales –excepto las que lo hacen en
los taxis-, con la atención de un médico y todo el personal sanitario
adecuado, que se tienen a mano los aparatos y medicamentos, que se
practica la cesárea y se hace uso de la anestesia epidural cuando se
cree necesario, que se dispone de incubadoras en los hospitales,...
ahora se comienza a decir que el parto en hospital es frío y
deshumanizado, que se usa demasiado la cesárea y la epidural, y que hay
que volver a lo natural: a dar a luz en casa, a recuperar la figura de
la matrona, a menos cesárea y menos epidural,... ¿En qué quedamos?
Antes, de niño,
veíamos las películas del Oeste y resultaba que los indios eran los
malos, unos salvajes indeseables que cortaban las cabelleras y, los del
7º de Caballería –y, por extensión metonímica y simbólica, el hombre
blanco- eran los buenos y civilizados. Y, resulta que, a poco que
escarbes y analices las cosas, los indios llevaban razón cuando decían
aquello de “rostro pálido, lengua de serpiente”, y resulta que los
hombres blancos explotan, invaden, secuestran, torturan, matan y
exterminan bastante más que los indios, que lo único que hacían los
pobres era defender lo que era suyo: sus tierras, sus bisontes, sus
costumbres, su lengua,... ¿En qué quedamos? Y lo mismo pasa con la
“gesta” descubridora y evangelizadora de Colón y compañía.
Hasta las pobres vacas
están siendo víctimas de este revisionismo y esta confusión que nos
invade. Antes eran tranquilas y hasta simpáticas animalotas,
pertenecientes al grupo de animales domésticos, que nos daban leche –y,
de paso, queso, mantequilla, yogurt, flan, nata, natillas...-, carne y
cuero. Ahora resulta que son unas malas bestias que, sin ningún
miramiento, se tiran unos pedos tremendos con los que destruyen nuestra
delicada capa de ozono. ¿En qué quedamos, hombre: debemos querer a las
vacas o debemos odiarlas? ¿O debemos taparles el culo con un tapón de
corcho?
Yo no sé si esto es lo
que llaman “las modas” o el “movimiento pendular de la historia”,
pero... ¡aclárense, por favor, que nos van a volver locos!
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