Artículos

¡Apague esa luz!

         ¡Qué pesados! ¡Pero qué pesaditos se están poniendo con esto del cambio climático y de la lucha contra el cambio climático! Que no digo yo que lo del cambio climático no sea verdad ni que –como dijo Mariano Rajoy- para qué nos vamos a preocupar con lo que va a tardar –que va a tardar más que el apagón analógico, que llevamos ya varios años comprando decodificadores-; a lo que voy es a la forma tan pueril, hipócrita y mentecata de luchar contra dicho cambio que nos proponen los políticos y los medios de comunicación, a la forma de querer implicarnos y culpabilizarnos a los españolitos y españolitas de a pie y a la forma de utilizar políticamente todo lo referente al susodicho cambio. Nos están pidiendo, por ejemplo, que, de vez en cuando, apaguemos en casa una bombilla en lugar de olvidárnosla encendida y que apaguemos el ordenador cuando nos vayamos a comer en lugar de dejarlo encendido. Por lo visto, la teoría es: que cuanta más energía eléctrica consumamos, más dióxido de carbono –CO2- emitimos a la atmósfera y más se calienta el planeta y más desastres naturales –sequías, inundaciones, etc, etc-; y viceversa: cuanta menos energía eléctrica consumamos, menos dióxido de carbono emitimos a la atmósfera y menos calentamiento global del planeta este de nuestras entretelas y, naturalmente, menos desastres  -que, además, yo no sé por qué extraña Ley de Murphy, las catástrofes naturales siempre se ceban con los más pobres y débiles-. Pues vamos a poner nosotros también un ejemplo relacionado con el consumo de energía eléctrica y la emisión de gases de efecto invernadero a la atmósfera: en Madrid, el alumbrado navideño comenzó el 25 de Noviembre y durará hasta el 7 de Enero; total, nada, nueve millones de bombillas encendidas, en principio de seis a diez de la tarde-noche. Es solamente un ejemplo, no es que uno tenga nada en contra de Madrid. Porque, a ver, ¿cuántos municipios hay en España, cuántos pueblos y ciudades? ¿No lo saben? Yo tampoco, pero lo miro: 8.108 municipios. Pues todos tienen alumbrado navideño. Calculen o calculemos –bombilla arriba o bombilla abajo, no hace falta que sea con precisión suiza- los millones de bombillas que compondrán el alumbrado público de estas fiestas. Y calculemos los millones de horas que estarán encendidas y los millones de kilovatios de energía que se necesitarán para alumbrar los centros de los pueblos y ciudades y los barrios –que también tienen derecho-. Y calculemos la cantidad de gas CO2 que ascenderá hacia la atmósfera y la capa de ozono. (Son muchos cálculos estos ya, ¿verdad? Ya es esto más difícil de calcular que el paso de pesetas a euros.) “Que si hay que apagar una bombilla en casa, se apaga; ahora que, apagarla pa ná, es tontería.” Porque, además, uno se pregunta: ¿y por qué comienzan los alumbrados un mes antes si la Navidad comienza el 24 de Diciembre, por qué no comienzan el Sábado, 22 o el Domingo, 23? O mejor, ¿por qué no se suprimen totalmente los alumbrados navideños? Según la tradición cristiana el Niño Jesús o Jesucristo nació en un pesebre; pues si había pesebre, sería en un establo; ¿y qué, que estaba muy bien iluminado aquel establo?
         No creo que para sentir y celebrar cristianamente la Navidad haga falta tanta luz ni tanto brillo artificial, tanta colgajo y papel de colorines, ni tanta parafernalia y superficialidad. Eso sí: para vender sí hace falta todo eso. Y parece claro que todo este asunto del alumbrado público tiene más que ver con el comercio que con la Navidad. Porque es que a los humanos nos pasa como a los perros de Paulov, que cuando recibimos el estímulo de las lucecitas y la música villanciquera, se nos hace agua en la boca el deseo de comprar, comprar, comprar,...  Es el dinero, el comercio y los negociantes los que rigen nuestra sociedad, y no las ideas altruistas, la razón ni los políticos. Luchar contra el cambio climático apagando una bombilla es como matar moscas a cañonazos o, al revés, para ser más exactos, matar dragones tirándoles granitos de arena. Y, los políticos, que podrían hacer algo desde las instituciones en, por ejemplo, este asunto del alumbrado navideño, no hacen nada. Porque si en el tema de las catástrofes naturales se aplica la Ley de Murphy, en política se aplica el Principio de Peter. Los políticos retomarán este asunto después de la Navidad, de cara a las próximas elecciones.

 

. . .