Y Armando Buscarini
se salió con la suya
Armando Buscarini quería ser poeta. Si algo tenía claro es que quería ser poeta, triunfar, ser reconocido como tal. Lo decía por activa y por pasiva. Lo afirmaba y lo dejó dicho una y otra vez en sus poemas: “yo soy un joven poeta”, “el alma que tengo es toda poesía”, “me moriré cantando”, “soy sólo pobre poeta español”,... Nadie más tenaz y clarividente que él mismo sobre sí mismo y su vocación, a pesar del hambre, de la soledad, de la tristeza, del desamor, de la indiferencia o el desprecio de los demás. Porque publicó su primer libro siendo un adolescente y, en aproximadamente diez años, escribió y publicó una treintena de obras –opúsculos, más bien- de poesía, novela, teatro y memorias. Pero, de cara a la gloria literaria, no le sirvieron de mucho. Porque debido a la falta de calidad de su obra y, en gran medida, a los hechos terribles y, en muchos casos, melodramáticos, que presidieron su vida y su proceder, Armando Buscarini se fue convirtiendo en su tiempo en todo menos en un escritor de éxito: bohemio, pícaro, loco, antihéroe, escritor maldito, superviviente en el Madrid de la primera mitad del siglo XX,... Armando Antonio García Barrios tomó su apellido prestado de su padre, un marinero italiano que dejó embarazada a su madre, joven y soltera, y luego la abandonó. Estando ya en Madrid, para poder publicar sus obras y abrirse camino, pidió y mendigó el auxilio, el mecenazgo y la protección de unos y otros de todas las maneras posibles, llegando incluso a amenazar a algunos escritores de la época con suicidarse si no le ayudaban. Él mismo vendió sus libros en la calle al grito de “¡Hay que ayudar al poeta!” A los 25 años aproximadamente comenzó a ser internado en hospitales psiquiátricos –Madrid, Valladolid, Logroño-, víctima de esquizofrenia paranoide, para salir de ellos once años después, muerto, poco antes de cumplir los 36. Estando en uno de estos hospitales, los periódicos recogieron ampliamente la noticia de su muerte, pero cuando murió realmente, nadie se enteró o quiso enterarse. Prácticamente nadie iba a verlo al manicomio, pues su única familia, su madre, falleció en accidente en una calle de Madrid. De todas formas, las relaciones con ella no eran muy buenas, pues la acusaba de querer asesinarlo. También en uno de estos psiquiátricos redactó un testamento dirigido al rey Alfonso XIII donde dejaba unas instrucciones megalómanas sobre sus exequias y la publicación póstuma de toda su obra. Etc, etc.
Armando Buscarini murió en 1940, aunque ya estaba sepultado por el olvido. Pero más de cincuenta años después, allá por 1994, cuando su suerte y la de su obra parecían echadas para la eternidad, el escritor Juan Manuel de Prada, “fascinado por la aureola de patetismo tremebundo que irradiaba su vida perra”, según palabras propias, comienza su recuperación. Escribe la semblanza Armando Buscarini o el arte de pasar hambre y edita su libro de memorias y una selección de sus poemas. Estos primeros pasos -no por iniciales menos gigantescos- son continuados firmemente por los hermanos Rubén y Diego Marín Abeytua con la organización, a la sombra de la Universidad de La Rioja, de los actos conmemorativos del I Centenario de Armando Buscarini (1904-2004), actos que culminaron con la rotulación –como también fue deseo y sueño del poeta expresado en sus versos- de una calle con su nombre y el descubrimiento de una placa en su casa natal, en Ezcaray (La Rioja). Estos hermanos –por cuyas venas corre sangre ezcarayense por parte de padre- realizan la edición en 2006, en Ediciones del 4 de Agosto, de Cartas vivas. Epistolario inédito de Armando Buscarini con Rafael Cansinos Assens y Andrés González-Blanco y Orgullo. Poesía (in)completa. También existe ya una editorial, de muy reciente creación, con el nombre del escritor –Editorial Buscarini-, la cual ha publicado Epístolas líricas. Correspondencia con Antonio de Lezama. Y está en preparación un volumen con su prosa y su teatro.
Así pues, “fracaso” fue una palabra clave en la vida de Armando Buscarini, fracaso personal y literario. Pero también fueron palabras claves “ilusión”, “tenacidad”, “voluntad”,... firme e inagotable voluntad de ser, de ser poeta, de ser escritor. Y parece que, al fin, afortunadamente y de una manera irrevocable, este quijote le ganó la batalla a los gigantes del tiempo, de las circunstancias y del olvido. Armando Buscarini se salió con la suya.
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