"Un canto a Galicia"
Me cuesta trabajo separarme de –como diría E.T.- mi casa, mi ordenador, mi tele, mi ventilador, mi cama... y, en resumen, de mis costumbres y rutinas de todos los días y noches. Pero, cogiéndome desprevenido y en frío y por sorpresa, invitáronme a un viaje a Galicia y, cuando quise decir que no, era tarde, porque ya había dicho que sí y, la suerte –como diría el emperador romano Julio César- ya estaba echada, pues hoy día, con los tres objetos mágicos –como en los cuentos-, léase internet, teléfono y fax, se puede hacer todo en un pis-pás, y ya estaba todo reservado, pagado y finiquitado. Alea jacta est. Así que, un poco a regañadientes –a pesar de esta moda compulsiva de viajar- hice la maleta y... carretera y manta.
Galicia –hay que decirlo- está “mu” lejos. Pero se llega –también hay que decirlo-. Aparte de su conexión con la red de carreteras del Estado, Galicia dispone de una Autovía das Rías Baixas que corta la respiración, una obra faraónica que, mediante infinidad de impresionantes túneles y viaductos, vuela por entre montes y por encima de valles y hondonadas, lo que unido a otras autovías, carreteras nacionales y comarcales, dejan claro que Galicia ha superado su etapa –que seguramente tuvo, como la tuvo Andalucía- de “Galicia profunda” en el tema “carreteras”.
Galiza es una amazonia en el noroeste de la península ibérica, un mar verde –y no lo digo por el Cantábrico y el Atlántico que la bañan y la ciñen y la sujetan- sino por una vegetación omnipresente y omnipotente en la que está inmersa, arbolado y maleza que surgen ininterrumpidamente de las olas de sus elevaciones y pliegues y simas –no existe lo llano en Galicia-, arbolado y maleza en toda la infinita gama de verdes en la que están sumergidas y por la que están rodeadas y bañadas y salpicadas ciudades, pueblos, calles, edificios, carreteras,... una vegetación de la que los gallegos, o pobo gallego, parecen no hartarse ni tener nunca bastante, pues siguen sembrando árboles, arbustos, flores,... en aceras, avenidas, parques, arriates, rincones, macetas,... tanto es así que da la impresión de que el árbol fuese un dios mitológico para el gallego, un dios que está prohibido cortar. Galicia: robles, castaños, eucaliptos, sauces, pinos,...
Galicia es ciudades grandes, pero también una infinidad de pueblos más o menos pequeños de sugestivos nombres: Carballiño, San Cristovo de Cea, Boborás, Irixo, Maside, Punxín, Cuiñas, San Amaro, O Grove, Vilapouca, Trasdomonte, Oseira, Lalín, Campo Lameiro,... Galicia: granito y flores. Galicia: hórreos y cruceiros. Galicia: turismo y saudade. Galicia: ríos y rías. Galicia: lluvia y olor a pino. Galicia: empanada, pulpo a feira, pote y lacón con grelos. Galicia: orujo, albariño y ribeiro. Galicia: gaitas, muñeiras, pandeiradas y alboradas. Galicia: la queimada y su conjuro -Mouchos, curuxas, sapos e bruxas. Demos, trasgos e diaños, espíritos das...- Galicia: su lengua hermana y su acento –concello, pechado, filliño, primeiro, benvido, viño, queixo, cociña, xoves, festa, estrada, verán, persoas, lume, rebaixas...- Galicia: un solitario olivo en una placita de Ribadavia; y Paco, un jardinero andaluz que marchó allá hace veinte años a hacer la mili y casó con una gallega; y el cachondo de Darío, hombre para todo, reconvertido más tarde en el fraile novicio Gonzalo de Cela por obra y gracia de la animación sociocultural y el amor a su tierra. Galicia –como dijeron “Os resentidos”-, ¡sitio distinto!
Hoy día, que en España se viaja mucho, desde los viajes de ida y vuelta en la misma jornada, pasando por los estupendos y económicos viajes organizados por el Inserso para sus asociados, que las empleadas de los supermercados se van a Praga en viaje de novios, o que cualquiera, en un puente, en Semana Santa, Navidad o en sus vacaciones de verano, se coge un barco y ya está de crucero por el Mediterráneo o un avión y ya está al otro lado del mundo o en los confines de la tierra –Europa, Egipto, Méjico, India, Japón, Nueva York...-, que un articulista cuente en un periódico que ha estado en Galicia, puede sonar hasta cutre y cateto. Pero este articulista ha estado en Galicia. Y, a pesar de que en diez o doce días no se puede conocer un lugar y de la subjetividad de todo el que viaja, que ya va predispuesto a idealizarlo todo y a dejarse sorprender por todo, uno hace lo que Julio Iglesias: le canta a Galicia. ¡Jey!
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