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"Las batallitas de los abuelos"

         He aprovechado las vacaciones para leer un “librito” sencillo, sin pretensiones, un libro “de pueblo” –dicho todo ello con el máximo cariño y respeto- publicado por el Ayuntamiento de la localidad y la Diputación de Sevilla en 2006. Se trata de Historias de Aguadulce y en él se entrevista a quince “abuelos” y “abuelas”, a quince hombres y mujeres de entre setenta y noventa y tantos años. El periodo del que se habla es, pues, lo que habitualmente solemos llamar “los tiempos antiguos”, es decir, aproximadamente desde principios del siglo XX, pasando por la II República, la Guerra Civil española, la postguerra y hasta los años 60, en que todos están de acuerdo en que “la cosa” comenzó a mejorar, aunque citan como mejoría definitiva los últimos treinta años, o sea, desde la muerte del dictador Franco a la actualidad.
         Y, aunque de escaso valor literario, es un libro de un extraordinario valor documental. Estas historias están transcritas sin arreglos, sin maquillaje para que salgan más bonitas o más cultas, con las propias palabras, pausas y silencios con que fueron contadas, lo cual les concede más valor aún, pues eso hace que estas páginas estén llenas de autenticidad, de verdad, de emociones y sentimientos en estado puro. Oyéndolas y leyéndolas nos parece estar viendo desfilar en blanco y negro ante nuestros ojos cómo fue la vida de nuestros padres, madres, abuelos y abuelas, constituyendo en conjunto un fresco impresionante de aquella época.
         El hambre, la extrema dureza de las condiciones de trabajo, la emigración, la guerra, las cartillas de racionamiento, las relaciones de pareja, los casamientos, los embarazos y partos, la crianza de los hijos, la salud y la higiene, la muerte y los lutos, las formas de ocio y diversión –el carnaval, la semana santa, la feria, los tipos de juegos,...-, los primeros coches, la llegada de la radio y la televisión, las tareas agrícolas, la mecanización del campo, las tareas domésticas, los acontecimientos que dejaron huella para siempre –la riada, la gran nevada-,...  ¡Qué valor, qué fortaleza y qué entereza! ¡Qué forma de luchar contra las adversidades, qué forma de agarrarse a la vida con uñas y dientes, de hacer de tripas corazón... la de aquellos hombres y mujeres! ¡Y cuántas “fatiguitas”! Los hombres de sol a sol, en su pueblo o donde hubiese que ir, sin días de fiesta ni viajes de novios. Las mujeres a su lado, codo con codo: en la recogida de la aceituna, en la siega de los cereales, en la recogida del algodón,... trabajando embarazadas hasta el último día, hasta el último momento. Y, luego, en la casa, con un puñado de hijos, cuando no existían pañales, ni lavadoras, ni cocinas de gas, ni frigoríficos,... Y, lo más curioso, es que son testimonios prestados e historias contadas sin amargura, sin rencor, con una naturalidad y una nobleza pasmosas.
         Hace unos años surgió la novedosa noticia de que había personas que, para ganarse la vida, se ofrecían a escribir la vida de los demás. Así, todo aquel o aquella que quisiese dejar su vida en letra impresa para familiares, amigos y conocidos, podía hacerlo. Pero, sin llegar a tanto, aunque no fuese un libro con la vida de cada uno y cada una, cabría plantearse el que esto se hiciese de una forma “oficial” con cada “abuelo” y “abuela”, que cada uno tuviese sus cuatro o cinco o diez páginas de gloria donde abrir el cofre de su memoria y dejar constancia escrita de cómo fue su vida y la del pueblo o ciudad en que viven. Porque esas historias son eso que siempre hemos llamado de una forma un tanto burlona y despectiva “las batallitas de los abuelos”, eso que ni niños, ni jóvenes ni adultos hemos tenido ganas, paciencia o tiempo para escuchar, pero que se perderán si no las recogemos de alguna manera. Y entonces seremos, de alguna forma, analfabetos, porque esos son nuestros orígenes, de ahí venimos. Las vidas de los grandes hombres y mujeres ya se ocupan los cronistas oficiales de dejar constancia de ellas con todo lujo de detalles. ¿Pero quién se ocupa de la historia de los que han regado la tierra desde tiempo inmemorial con su sudor, su sangre y sus lágrimas?  
         Cuando menos, habría que mostrarles nuestra admiración a estos hombres y mujeres y darles las gracias. Ellos sí que lucharon día a día, sin desfallecer, contra gigantes. Y darles las gracias también a los que han hecho posible este libro.

 

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