Cultura del vinagre
Hace algún tiempo escribí un artículo sobre el coñazo que suponía esta moda de la Cultura del Aceite. Y es que al aceite, al bueno, al zumo de las aceitunas en estado puro o virgen o extra, su mérito no se lo quita nadie. Pero, al mover su comercialización tantos millones y tanta competitividad con las denominaciones de origen, las subvenciones europeas y demás, la cultura se convierte en coñazo. Lo mismo ocurre con el vino y su cultura y su tontería y sus millones.
Sin embargo, el vino tiene un hermano pobre y, el aceite de oliva, si no un hermano, sí un primo pobre, sobre el que no se convocan justas periodísticas y al que no se le hacen tantos agasajos y festejos, siendo tan útil, tan nuestro, tan tradicional y tan antiguo como ellos dos. Hablo, como ya habrán podido adivinar, del vinagre. Pero un litro de vinagre se puede comprar por bastante menos de un euro y, un litro de aceite... El vinagre no mueve tantos millones, por lo que no concita tanto interés y simpatía. Bueno será pues, que, en plan Quijote, rompamos una lanza en su favor.
¿Qué les voy a contar del vinagre que ustedes no sepan, de sus múltiples usos gastronómico, medicinal, industrial, doméstico...? En la cocina, al igual que el aceite, no puede faltar y, en muchos casos o platos, van de la mano. En todo tipo de aliños, adobos, escabeches, marinados, vinagretas...; algunos ejemplos: en ensaladas de verduras y vegetales, en ensaladillas, en las aceitunas rayadas y partidas, en el gazpacho y el salmorejo, en las anchoas, en los pimientos asados, en las espinacas esparragadas, en las alcaparras y alcaparrones, en el cazón,... y, como el libro de los gustos está en blanco, hasta hay quien le echa un chorreón de vinagre al cocido, al potaje de judías blancas y de garbanzos, a las lentejas y hasta a la yema del huevo frito antes de mojar las sopas de pan.
Medicinalmente, el vinagre –solo o mezclado con agua o tierra- sirve para aliviar las picaduras de abejas, avispas y otros insectos, incluso de las tan de moda medusas, calma los músculos doloridos, alivia las irritaciones de la piel producidas por quemaduras del sol, ablanda las durezas de los pies,... En la casa, el vinagre –igualmente solo o mezclado con agua- sirve para muchas cosas, como para limpiar puertas y muebles de madera, para limpiar la cristalería y los espejos, para limpiar la base de la plancha, para dar tono y brillantez a suelos que se han puesto blanquecinos, para “apretar” los colores de la ropa y que destiñan menos, para limpiar monedas de cobre y bronce,... Industrialmente, se usa como conservante de alimentos. Y, en fin, hasta en usos higiénicos o estéticos, pues recuerdo que, siendo niño, mi madre me enjuagaba el pelo, tras lavarlo, con agua y un poco de vinagre, con lo que quedaba más brillante y sedoso.
El vinagre, señoras y señores, niños y niñas –originario de Oriente y cuya existencia ya se conocía 5.000 años a.C.- está presente en expresiones, dichos, frases hechas y refranes de la cultura popular. Por ejemplo, en la expresión “cara de vinagre”, que es cara de pocos amigos, en el dicho “ser más flojo que el vinagre mosquito”, refiriéndose a ser vago, perezoso, holgazán, en los refranes “Vinagre con miel, sabe mal y hace bien”, “En casa del rico, el vinagre se vuelve vino”, “Tras la leche, dijo el teatino, no bebas vinagre, agua ni vino”, “El buen vinagre, del buen vino sale”,... Y está presente también en la poesía popular andaluza de carácter flamenco, en las letras flamencas, como en esta letra por soleá del poeta andaluz Joaquín Márquez: “No le eches ningún vinagre, que no hace ninguna falta si hace el gazpacho tu madre.”
El vinagre no es un compuesto del bálsamo de Fierabrás aquel que todo lo curaba –aceite, vino, sal y romero-. Pero podía perfectamente haberlo sido. Es más, es bastante raro que no lo sea. No sería de extrañar que al insigne don Miguel de Cervantes, que tantas cosas tenía en la cabeza, se le hubiese olvidado incluirlo en la mágica receta, así como se le olvidó el rucio de Sancho Panza.
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