Haber envejecido
No sé si es difícil o no definir la vejez, eso que se llama “ser un anciano” o “la tercera edad”, que suena a algo así como los “encuentros en la tercera fase” o una “tercera dimensión”. Estoy seguro de que hay por ahí algunas definiciones u opiniones sobre qué es, en qué consiste o cuándo se es “viejo”. Yo mismo podría poner algunos ejemplos. Incluso, todos hemos echado mano alguna vez –unos más que otros y unos con más convencimiento que otros- de ese tópico tan bonito de que la juventud no está en la edad, sino en el espíritu.
Yo, por mi parte –voy a hablar de mí y no voy a hablar de nadie ni a generalizar, que dice otro tópico que todas las generalizaciones son malas-, por mi parte, digo, que tengo un buen puñado de años, me noto unos síntomas –que, me apresuro a aclarar, no me preocupan lo más mínimo- que no sé si son propiamente ya los de ella, los de la vejez. Y, aunque me imagino que también habrá un concepto o una definición de la vejez desde el punto de vista médico, desde el punto de vista de la salud, no les voy a hablar de mi tensión arterial, de calvicie, artrosis ni del estado de mi próstata.
Y es que vengo notando hace tiempo que, por ejemplo, en lo que es cine, me quedé anclado en Berlanga, Azcona y Marco Ferreri, el neorrealismo italiano, cierto cine francés, el cine negro norteamericano, el Woody Allen de los primeros tiempos,... casi todo en blanco y negro. En cuanto a actrices sex-simbols, me quedé en las italianas: la Cardinale, la Lollobrígida, Ana Magnani,... En teatro, por poner otro ejemplo, me quedé varado en los tiempos de José Bódalo y compañía, los Estudios 1 y el teatro de texto. Si hablamos de poesía, me quedé detenido en don Antonio Machado, Federico, Miguel Hernández, Pablo Neruda, Salinas,... es decir, en el 98 y el 27, calculo. Y, si hablamos de música, me quedé en Bob Dylan, Cat Stevens, Supertramp, el “Angie” de los Rolling, Ibáñez, Serrat y el “Al vent” de Raimon, Atahualpa Yupanqui, Brassens y Moustaki, Los Panchos, Louis Armstrong y Ella Fitzgerald,... en flamenco, llegué hasta don Antonio Mairena y, en copla, hasta Marifé y Juanita Reina. ¡Ah!, y me quedé en los tiempos de la radio: en la radio de enchufe y, lo que es “peor”, en la radio en la mano de aquí para allá y debajo de la almohada, el transistor,... lo que no me ha librado, eso sí, de cierta adicción a la tele y otras pantallas. ¿Que si no hay excepciones en cuanto a música, cine, escritores, etc? Sí, las hay: las excepciones que confirman la regla.
No sé si preguntar como en el título de aquella película: “¿Es grave, doctor?” Pero, si tengo que ser un viejo, un jubilado o prejubilado, o un pensionista, desde ya -nuevamente- me apresuro a decir que lo soy o lo seré de los antiguos. No quiero aprender bailes de salón, ni hacer gimnasia y manualidades en el hogar del pensionista, no me gustan los viajes baratos de las mantas,... y adoro el silencio, que debería ser declarado Especie en Peligro de Extinción, Bien de Interés Social y Patrimonio de la Humanidad.
Y, ¿por qué me meto hoy en camisa de once varas abordando un tema tan personal como éste? Pues porque estoy seguro de que no soy el único. Y porque, a pesar de tener todos estos síntomas, los mismos que yo, no creo que nos sintamos viejos, sino que nos sentimos simplemente “nosotros”. –Con todo el respeto hacia los demás.- Y porque me da la sensación de que no es un problema de hacerse o sentirse viejo o no. Sino que me temo –aunque no es un hecho del que yo tenga constatación sociológica o científica- que, a cada generación, le ocurrirá más o menos lo mismo cuando sus miembros lleguen más o menos a mi edad.
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