El amigo de los animales
Ha caído casualmente en mis manos un cuento titulado El amigo de los animales. Es un cuento de una guía didáctica de libro de texto para leérselo a los niños y niñas en el colegio. Al final del mismo, pone que es una adaptación del cuento de los hermanos Grimm La reina de las abejas. El caso es que, al terminar de leerlo, no he podido por menos que sonreír y reír –por no cabrearme y llorar-, pues me parece que el cuento deja bien al descubierto el cacao mental que tenemos con esto del respeto a los animales, la preservación del medio ambiente y conceptos afines. Cacao mental que los mayores transmitimos a los niños ya desde su más tierna infancia. Les cuento y les comento este cuento.
El caso es que “érase una vez un príncipe que quería mucho a los animales y siempre cuidaba de ellos.” Pero “el príncipe tenía dos hermanos mayores que, al contrario que él, procuraban fastidiar a todos los animales que se encontraban: espantaban a las mariposas, tiraban del rabo a los gatos, no acariciaban nunca a su perro y hasta les molestaba que cantaran los pájaros.” Hay que ser malos. (Por cierto que, si en vez de ser dos hermanos mayores, hubiesen sido dos hermanas mayores, no tendrían derecho al trono.) Pues, “un día, los tres hermanos decidieron irse por el mundo en busca de aventuras. Iban los tres, anda que te anda, cuando encontraron un hormiguero que los dos hermanos mayores quisieron pisotear para dejar sin casa a las hormigas, pero el pequeño no los dejó. Un poco más adelante encontraron un lago en el que nadaban tranquilamente unos patos, patos que los dos hermanos mayores quisieron coger y asarlos para comer, pero el pequeño no los dejó. Andando, andando, llegaron a una colmena en la que había muchas abejas haciendo miel, miel que los dos hermanos mayores quisieron llevarse, matando antes a las abejas, pero el pequeño no los dejó.”
“Por último, andando, andando, los tres hermanos llegaron” –tenía que pasar- “a un castillo que estaba en silencio porque estaba encantado. Lo había encantado” –no se lo pierdan- “un mago que quería casarse con la princesa del castillo, pero como era muy feo, la princesa no lo había querido.” (No dice el cuento si este mago tan feo era Juan Tamariz u otro. Tampoco dice nada de si era bueno, trabajador, educado, generoso, amable,... es decir, de sus valores éticos y morales; solamente dice que era feo y que, por eso, la princesa no lo quiso.) El caso es que, después de resolver tres pruebas muy difíciles –como es de rigor-, con ayuda, eso sí, de los animales a los que había ayudado y salvado en el camino, el hermano pequeño desencantó el castillo y a todos los habitantes y seres vivos que en él había.
Y, adivinen cómo termina el cuento. Es lo mejor del cuento: el final. Por una parte, no sorprende nada, pues es un final de lo más clásico y previsible: “los príncipes mayores pidieron perdón a los animales por haberlos tratado mal y el príncipe pequeño se casó con la princesa” y, por otra parte, es un final sorprendente: “y fueron felices y comieron perdices.”
¡Y comieron perdices! Han leído bien. Este final que, en cualquier otro cuento no nos habría extrañado lo más mínimo, en éste, es más que sorprendente. ¿Por qué protegió el hermano pequeño a todos los animales y no a las perdices? No se sabe. Nadie lo sabe. Cosas del hermano pequeño, que era una mosca cojonera que no había dejado que nadie comiese nada en todo el camino. ¿Por qué el adaptador o adaptadora hizo que comieran perdices en este cuento precisamente y no legumbres o verduras? ¿Por qué el adaptador o adaptadora del cuento no lo acabó con un final como por ejemplo: “Y aquí se acaba el cuento de rábano y pimiento, como me lo contaron te lo cuento” o “Y colorín, colorete, por la chimenea sale un cohete”, en vez de éste, que es quizá el final más conocido y popular, pero que echa por tierra todo lo predicado en el cuento sobre el amor a los animales? ¿Ingenuidad?
Bueno, pues esta es la educación que estamos dando a nuestros niños y niñas. Luego, no se quejen.
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