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El café de Zapatero y el infierno de Su Santidad

         No me van a creer si les digo que la primera vez que escuché la famosa pregunta del ¿cuánto vale un café en la calle?, señor Presidente, ¿sabe usted contestarme? y la famosa respuesta del sí, 80 céntimos, aproximadamente, señor Cerdán, nieto del abuelo Patxi,estaba tomando café a las ocho o ocho y media de la mañana en un bar –un bar público, un bar de “la calle”- en el que el café me cuesta... ¡tachán...! (suspense)... 70 céntimos. ¿Que no? Como lo oye: 70 céntimos. (El programa –la noche antes-, no lo vi. Desde que supe de su existencia, decidí no verlo. Suelen ser programas demagógicos, en plan reality-show políticos, para, en general, mejorar la imagen de los políticos, subir la audiencia y similares. A un servidor, para entrevistas, que no lo saquen de un entrevistador serio y un entrevistado. Todo lo demás, me huele a quemado.)
         ¡Hay que ver la que se ha armado o, mejor dicho, la que se armó! La pregunta era, si no estúpida, cuando menos demagógica. Por simple, por infantil, por llevar la intención de “ahora te voy a pillar, ahí va eso.” A Rodríguez Zapatero se le puede reprochar no haber sabido lidiar con más oficio una pregunta sencilla, con un, verbigracia, “depende; depende de dónde te tomes el café.” Pero no se le puede reprochar nada más. No era para tanta burla y tanta risa y tanto escarnio. Porque preguntar cuánto vale un café en la calle es como preguntar cuánto vale comer en la calle o dormir en la calle. Depende. Depende del bar, del restaurante y del hotel de cinco estrellas o la pensión de mala muerte donde te metas.
         Ahora, visto lo visto, es de recibo imaginarse al líder de la oposición –al cuál le toca ir al programa después del Presidente- poniendo sus barbas a remojar al haber visto las de su vecino pelar, es decir, con la paranoia de aprenderse de memoria lo que en la calle vale una caña de cerveza, una lechuga, un paquete de tabaco, el pan, la gasolina, un kilo de patatas, una caja de aspirinas, una camisa, una docena de huevos... o, por ejemplo, un condón, que nunca se sabe por qué cerros de Úbeda te puede salir un espectador cabreado, avispado o malintencionado.
         Yo no sé si lleva razón el espectador que preguntó eso o los medios de comunicación cuando afirman que el Presidente del Gobierno paga pocos cafés o no está en la calle. En lo que sí llevaba razón ese espectador es en que antes pasaba una semana con cinco mil pesetas y ahora no llega con cincuenta o sesenta euros. Y ese antes y ese ahora hay que fijarlo en el paso de la peseta al euro, cuando nos prometieron una y mil veces, por activa y por pasiva, que nada iba a subir. Y nos la metieron doblada. Subió todo. Y no sólo subió, sino que se redondeó. Y lo que antes costaba cien pesetas, una moneda de cien pesetas, ahora cuesta una moneda de un euro. Claro que, los que prometieron aquello –como tienen salida para todo- dirán que no ha subido, porque antes costaba una moneda y ahora sigue costando una moneda.
           ¡Con lo bueno que está el café! Negro, solo y amargo. Incluso cortado con condensada. Incluso descafeinado. ¡Con lo bueno que está el café! Aunque dé problemas de tensión. Más problemas de tensión dan las cosas que ocurren en este país, el ruedo ibérico, la vida nacional. Y, si no, que le pregunten al Presidente, a quien una sencilla pregunta se le convirtió en un infierno. Tal vez, ese Infierno del que el actual Papa se ha descolgado diciendo que sí, que existe y que es eterno. Si el anterior, Juan Pablo II, quiso poner en orden la cuestión del Limbo, éste quiere poner en orden la cuestión del Infierno. -Entre unos y otros van a poner en orden todo el trastero y las estanterías de los dogmas católicos.- Y, uno, que no acostumbra a estar de acuerdo con Papa alguno, por una vez está de acuerdo con Su Santidad: el Infierno existe. Y es eterno. Nosotros, todos, vivimos en él, aquí, y consiste en este “darnos por culo” unos a otros constantemente, eternamente.

 

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