"La imagen de tu vida"
Con motivo del cincuenta aniversario del nacimiento de la televisión en España, Televisión Española nos ha obsequiado con un programita en el que los telespectadores, llamando a un teléfono -no gratuito-, tienen que elegir ni más ni menos que “la imagen de su vida”, es decir, votar por una imagen de entre el incalculable número de imágenes que han visto o han desfilado ante sus ojos en estos cincuenta años de televisión. Son dos costumbres que tiene el ser humano: una, morbosa y malsana, hacer competir entre sí todo lo que se pueda hacer competir hasta que todo y todos sean secundarios y fracasados excepto uno, el primero; la segunda, ganar dinero con el teléfono a costa del espectador, que entra al trapo de votar todo lo que le propongan, por muy insulso o absurdo que sea.
Televisión Española y Jesús Hermida podrían haber hecho exactamente lo mismo que están haciendo -un recorrido y un recordatorio de lo más visto y lo más significativo desde sus comienzos hasta hoy- pero sin votación, y sería una idea estupenda. Nosotros, los telespectadores, hemos visto todas las imágenes en estos cincuenta años -películas, series, telenovelas, documentales, dibujos animados, deportes, corridas de toros, realitys schows, anuncios, informativos, concursos,...-, todas. ¿Cómo elegir una que destaque sin paliativos sobre las demás? ¿Quién puede tenerlo tan claro? ¿No es un empeño estéril?
Creo que, sin duda, la imagen de nuestra vida es el propio televisor, el propio aparato, la tele, que, sobre la mesita de ruedas o embutida en el mueble-bar, cambió la fisonomía de los salones-comedor y las salitas de estar y convirtió las mesas de los hogares españoles en penínsulas rodeadas de familia por todas partes excepto por un istmo por el que poder ver, más o menos cómodamente, la pantalla. ¡Ay, aquella primera Telefunken con la funda roja de mediados de los sesenta! ¡Ay, aquellos vecinos viendo las corridas de El Cordobés padre, sentados y de pie en el salón abarrotado y con las puertas de par en par de otro vecino! ¡Ay, aquellos primeros bares con tele adonde cada niño o cada adulto acudía con su propia silla y pagaba dos reales por ver la peli de la tarde, el fútbol o los toros! La tele, el primer “window” que tuvimos, la primera ventana abierta al mundo.
La televisión. De la cadena única al zapping por públicas, privadas, autonómicas, locales, temáticas, gratuitas y de pago. Del blanco y negro, al plasma, el home cinema, el dolby surround y los efectos especiales. Del elevador de potencia y el cable, al satélite y la digital. De la carta de ajuste al teletexto. Del “levántate y siéntate” al mando a distancia. De la censura al cine porno. Del Paseo de la Habana a Prado del Rey y a Torrespaña, pasando por los Centros Regionales. Del impuesto de lujo sobre uso y tenencia de receptores a la tenencia de varios receptores en casa como artículo de consumo diario.
La televisión. De aquellas palabras del Ministro de Información, Arias Salgado, el día de su inauguración aquel 28 de Octubre de 1956 -“Espero que la Televisión Española llegará a ser uno de los mejores instrumentos educativos para el perfeccionamiento individual y colectivo de las familias españolas”- a la peyorativa denominación de “caja tonta” y sus detractores. La televisión. Como un arma de doble filo: el de la información a los ciudadanos y el de la manipulación de la opinión pública, el del entretenimiento y el de las horas muertas enganchados a su química, el de medio de transmisión de saber y cultura y el de vehículo de compraventa.
Ésa es la imagen de nuestra vida: el aparato de televisión, omnipresente siempre, encendido o apagado, emocionándonos o sirviéndonos de fondo mientras hacemos las tareas domésticas; la televisión: su invención, superando de algún modo y desplazando a la radio en la repisa; la televisión, con su pañito de croché blanco o crudo encima, con sus figuritas y sus portarretratos; el aparato de televisión y su incesante programación -sinécdoque perfecta entre continente y contenido-, y nuestra relación de amor-odio con ella, moviéndonos siempre entre la “telebasura” y el “hay vida más allá de la tele”.
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