Granaínos
Nos enseñaban o nos hablaban en el instituto, en la asignatura de Geografía Económica, de los distintos movimientos poblacionales. Es decir, de los tipos de emigración e inmigración. Hay en España y en Andalucía una inmigración sangrante, canalla e inhumana -que evidentemente tiene que ver con la economía- que es la que comenzó llamándose de “los espaldas mojadas”, luego de “las pateras”, ahora de “los cayucos”,... y en este punto estamos. Ésta está derramando ríos de tinta y ríos de sangre. Y hay otra, silenciosa, que desplaza a bastantes andaluces de sus lugares de origen hacia otros sitios donde está el trabajo.
De ésta última es de la que quiero hablar. Porque hay en nuestra comarca, en los colegios e institutos y en los pueblos de la Sierra Sur bastantes granaínos. (Desconozco si en la Sanidad ocurre igual.) Dicen que Granada es una ciudad bonita, todavía pequeña y acogedora y que, por eso, hay más maestros y maestras que quieren trabajar y vivir allí que puestos de trabajo. Lo que les obliga a salir fuera en espera de una plaza libre allí. Y ahí los tienes, años y años apartados de su familia y de sus raíces, yendo y viniendo los fines de semana y en vacaciones, pagando dos casas, el alquiler de aquí y la hipoteca de allí, y con la ansiedad y la esperanza constante de que cada curso sea el último que pasan fuera. Tanto es así, tanto esperan a veces, que algunos terminan echando raíces aquí, comprándose una casita y quedándose en nuestros pueblos, donde los niños se han criado y donde han hecho amigos.
El de Granada llama a su tierra “Graná” y a sí mismo “granaíno” y, lo primero que habría que decir de ellos, es que no tienen ni más ni menos “mala follá” que tengamos los de otro sitio, porque las generalizaciones todas son malas, como por ejemplo, decir que todos los sevillanos son mu grasiosos y saben contar chistes pa partirse de risa o que los gallegos son así o que los catalanes son asao. Los granaínos, eso sí, tienen su deje peculiar al hablar, un acento precioso, como yo creo que son todos los acentos -jiennense, canario, gallego, cubano, argentino, mejicano, etc, etc- y tienen sus vocablos, sus giros y sus expresiones particulares. El granaíno dice besico, bonico y animalico, le llama balate al barranco, bitango y patalote al titillote o desmayo, calamón al porrazo en la cabeza y porcino al chichón, perilla a la bombilla, regomeyo al remordimiento, siribuye al niño o la persona nerviosa,...
El granaíno te habla de su tierra, de sus fiestas, de sus ritos y tradiciones. Te habla de la Alhambra, del Albaicín y el Sacromonte, del mirador de San Vicente y la Puerta de Doña Elvira, del Paseo de los Tristes, del Genil y la Torre de la Vela, de Sierra Nevada,... El granaíno te habla de su Semana Santa y del Cristo de los Gitanos, del Corpus y la Tarasca, de la fiesta de San Cecilio, que se celebra el primer domingo de Febrero y en la que la romería sube a las catacumbas que están dentro de la Abadía del Sacromonte, donde dicen que quemaron al santo, y el Ayuntamiento da gratis en los chiringuitos “salaíllas”, que son tortas de pan con sal que se comen con las pipas de las habas crudas y, ya, a partir de esta fecha, los bares ponen habas con bacalao curado a la sal. Y el granaíno te habla -cómo no- de su típica tortilla “Sacromonte”, que es una tortilla que tiene huevos, huevos de gallina, criadillas de cerdo y sesos de cerdo -ahí es nada- y de su variante, que lleva lo dicho más habas verdes y chorizo. El granaíno te habla del frío de Graná, que es un frío que pela, pero que es un frío bueno, porque es un frío seco, un frío que tersa el cutis. El granaíno te habla de su sitio en el Flamenco, de su granaína y su media, de la zambra mora, de los sones montunos, de las cuevas, de sus bailaoras de raza,...
Dijo don Antonio Machado -que sabía mucho de ello- que no hay camino, que se hace camino al andar. El camino, la vida, el azar, el destino, los trajo hasta aquí, en un momento dado unió sus caminos con los nuestros y durante años, día a día, trabajamos y vivimos codo con codo. Tal vez pasarán por nuestra vida de puntillas, sin hacer ruido, sin dejar huella, como si nada; o tal vez, dejarán en ella una profunda huella, al modo de aquellos dinosaurios que dejaron para siempre el recuerdo de su paso grabado sobre la piedra.
Hasta siempre.
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