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Quijote: IV Centenario

         Cuatrocientos años ha que cabalgamos, mi buen Sancho, no ya por La Mancha sino a todo lo largo y ancho de este mundo, desde el septentrión hasta el meridión y desde oriente a occidente, pues que nuestras aventuras y desventuras traducido se han a casi todas las lenguas de la Tierra, cuatro largos siglos desfaciendo entuertos e intentando llenar de magia y de sueños la vida de estos que llaman seres humanos, cuarenta décadas y ochenta lustros ya desde que el autor de nuestros días nos dio a luz, y mira, mi fiel escudero, en qué estado lastimoso y lamentable y en qué malas trazas anda el mundo, que no parece sino que está bajo los efectos de un terrible encantamiento o que está gobernado por un haz de malandrines y follones o por el mismo Diablo y toda su cohorte de diablos, pues no hay un punto del mapa mundi o del terráqueo globo, Sancho, donde pongas el dedo y, allí o acá, aquí o acullá, los hombres no anden en guerras, matándose lo más salvaje y cruelmente que imaginarse pueda, matándose entre ellos o muriéndose de hambre y de frío y de terribles enfermedades. Mundo de locos, Sancho, mundo de predadores y supervivientes, mundo de pobres y ricos, de negros y blancos, de mujeres y hombres,... mundo de orates. Que no sé a quién le dio por llamar a esta especie, sin duda irónicamente, “homo sapiens”, cuando hubiese sido más exacto y acertado haberla llamado “homo brutus”, “homo infame” u “homo canallensis”. A fe mía, Sancho, que no hay bálsamo de Fierabrás que alivie este pesar del alma, que cure este dolor de los males del mundo.
         Y considera, Sancho, ¿para qué han servido nuestros fechos y hazañas, adónde han venido a dar nuestros nombres y personas? Porque has de saber que han usado mi ilustre nombre de caballero andante para vender carne de membrillo y cabello de ángel y, el tuyo, flor y nata de escuderos, para vender bizcochos de huevo y, el de mi alado corcel, para vender quesos y, el de mi señora, la sin par Dulcinea, para vender trufas, turrones y chocolates, que ahí sí que no puedo decir que no hayan acertado, pues a fe mía que es la más dulce de las mujeres. Y, en fin, mi fiel escudero, han usado de nuestros nombres y nuestra fama y de los del autor de nuestros días para vender de todo, y han aprovechado nuestro IV Centenario para dar a la imprenta un sinfín de libros de cocina, que es cosa que está muy a la orden del día. Mundo de fariseos, Sancho, mundo de mercachifles que utilizan los templos de la cultura y el saber para sus negocios, para compra y venta de sus mercadurías.
         Pero, ven, mi fiel y algo más que escudero Sancho, ven y descansemos a la sombra de este árbol, que debe ser de los pocos que van quedando, que quiero referirte algo que me place sobremanera, que todo no han de ser calamidades y pesares. Y es que me place el gran número de actos que se han realizado para celebrar este nuestro IV Centenario, tales como la cantidad de ediciones que han visto la luz y se han puesto al alcance de todos los bolsillos y, muy especialmente, me placen los hermosos libros que se han editado para niños, en ediciones abreviadas e ilustradas, en dibujos, en preciosos colores y encuadernaciones, porque has de saber, Sancho, que los libros ilustrados tienen como un sabor más clásico y, además, se hacen más atractivos y digeribles a los niños, a los que cansa tanta letra menuda y amazacotada cual sardinillas en lata; y me place ver a niños y mayores, vestidos de Quijotes, Sanchos, Dulcineas, Rocinantes, rucios y Cervantes, representando en plazas públicas y escenarios nuestros fechos y hazañas; y me place que los niños hayan dibujado y coloreado en los colegios nuestros rostros y personas y los molinos de La Mancha; y escuchar por doquier, en boca de todos, niños y mayores, las palabras de nuestro creador y nuestras propias palabras; y contemplar los monumentos que, en estos años, en nuestro honor se han alzado. Que me place.
         Y pasemos página, Sancho, sobre estos cuatro siglos de existencia y prosigamos adelante, que aún nos quedan muchos entuertos por desfacer. Gloria y honor a don Miguel de Cervantes. Vale.

 

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