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Leonor

         Ha llegado Leonor. Lo siento por ella. Lo siento porque, aunque trae un pan debajo del brazo, ha llegado a un país donde el destino de una persona depende de lo que traiga en medio de las piernas. Ella, como su tita Elena, tiene “rajita”: no serán reinas; su papá tiene “colita”: será rey. Da lo mismo ser la primogénita, da lo mismo la inteligencia, la capacidad,... lo determinante es lo que se traiga entre las piernas: “rajita” o “colita”. Pero no debemos por esto poner el grito en el cielo ni rasgarnos las vestiduras: es una discriminación que legaliza y consagra nuestra Constitución y nuestro régimen político, la democracia.
         Es lo que tiene la democracia: que son tantas sus contradicciones que lleva a algunos a pensar que en España, a la muerte del dictador, cambió todo para que nada cambiase y que la democracia sólo es el brazo político del capitalismo. Contradicciones como que nuestra Constitución, en un artículo diga que hombres y mujeres son iguales ante la Ley sin distinción de sexo y, en otro artículo, consagre la discriminación en razón del sexo y, de paso, legalice la contradicción, la paradoja y la sinrazón; contradicciones como que la Constitución diga en un artículo que España es un país laico y que, sin embargo, el Estado esté pagando hasta los cirios de las iglesias y los clínex de los padrecuras; contradicciones como las del derecho a un trabajo y a una vivienda digna o como que la Constitución diga que la enseñanza básica es gratuita y, al mismo tiempo, los niños y niñas tengan que pagar hasta la goma de borrar y el sacapuntas; contradicciones como que la Constitución diga, ya en su artículo primero, que la soberanía reside en el pueblo y que, sin embargo, no haya más soberano que el soberano; porque elija el pueblo a quien elija -izquierda, derecha, centro-, digan lo que digan los representantes del pueblo en la Cámara Baja y en la Cámara Alta, y aprueben las leyes que aprueben, el Rey es el Jefe del Estado, el Rey arbitra y modera, el Rey sanciona, firma y promulga las leyes, el Rey extiende los títulos universitarios, el Rey nombra al Presidente del Gobierno y a los Ministros, el Rey expide los decretos acordados en el Consejo de Ministros, el Rey concede audiencia a los representantes del pueblo para que éstos le informen o rindan cuentas, el Rey tiene el mando supremo de las Fuerzas Armadas -lo que quiere decir que, cuando se le hinchen las narices con el tema de los nacionalismos, del terrorismo, de las bodas gays,... o similares, puede reunir a la tropa, sacarla a la calle y se acabó el jueguecito llamado “democracia”-, el Rey puede ejercer el derecho de gracia, el Rey acredita a los embajadores, al Rey corresponde declarar la guerra, el Rey no está sujeto a responsabilidad, el Rey y no el pueblo soberano ocupa la primera fila en los actos oficiales, ante el Rey inclinan la cabeza y doblan la rodilla los representantes del pueblo soberano -y no al revés-, etc, etc, etc... todo ello por Constitución.
         La Historia nos tiene acostumbrados a que los de siempre, los dueños, los que mandan, hagan lo que les venga en gana. Pero que no nos den gato por liebre, que no nos quieran hacer ver lo blanco negro, que no nos hagan comulgar con piedras de molino. Nuestra Constitución es un libro mal cosido lleno de soberanas contradicciones, nuestra democracia es una madama con las vergüenzas al aire y, nuestro régimen político, es una mezcla hija de aquel absolutista “El Estado soy yo” de Luis XIV y aquella máxima del despotismo ilustrado de Carlos III “Todo para el pueblo pero sin el pueblo.”
         A este país, a esta España, ha llegado Leonor. Lo siento por ella. Porque aunque trae un pan debajo del brazo, trae también una “rajita” entre las piernas.

 

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