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Feliz... y Próspero Año Nuevo

         Existe un pueblo en España de cuyo nombre no es que no quiera acordarme -como diría Cide Hamete Benengeli-, es que no me acuer-do, donde celebran la Nochevieja y la entrada del Año Nuevo -con sus campanadas, sus uvas, sus matasuegras, sus felicitaciones,... y toda la parafernalia- el 31 de Agosto. Todo comenzó hace unos años cuando, en un momento determinado del 31 de Diciembre, se les fue la luz y no pudieron celebrar como es costumbre la Nochevieja. Los vecinos, no conformes con lo sucedido, decidieron celebrar la fiesta que tenían pendiente en la fecha citada, saliendo tan bien la cosa que siguieron haciéndolo todos los años y ya, prácticamente, se ha convertido en una tradición.
         Y aunque el hecho de celebrar el fin del año en lo que es considerado de una manera tácita por todos el auténtico final del Verano -el 31 de Agosto en vez del veintitantos de Septiembre-, aunque ese hecho, digo, fue fruto de la casualidad o del accidente del apagón, la verdad es que los vecinos de ese pueblo han andado muy listos e intuitivos y, tal vez, algún día, haya que reconocerles el haber sido pioneros de un gran cambio social, haber sido iniciadores de una revolución en los calendarios. Porque actualmente, en una sociedad como la nuestra, cada vez menos teocéntrica y más organizada en torno a los periodos de trabajo y vacaciones, es preciso admitir que hay muchas más razones para acabar el año en Agosto y comenzarlo en Septiembre que para acabarlo y comenzarlo en torno a unas fechas y hechos religiosos difícilmente demostrables y vividos con más paganismo -beber, comer, salir, gastar, etc, etc- que con auténtica fe y espíritu cristiano.
         Hacia mediados de Agosto comienzan a llegar a las casas los folletos de “La vuelta al Cole”, anunciando mochilas, chandalls, material escolar,... y las librerías también cambian los escaparates y los llenan de libros de texto, estuches, mochilas, diccionarios,... Todo lo cual debería estar prohibido y regulado por ley, porque niños y padres están todavía con el chip de los apartamentos en la playa, las piscinas, los paseos a la caída de la tarde y las copas en las terrazas de los bares, las ferias y fiestas patronales,... es decir, están todavía con la cabeza en otro sitio, están todavía con mentalidad vacacional. Es en realidad en Septiembre cuando comienza el curso escolar y el negocio de los libros de texto y el material escolar, con lo que nada tiene que envidiar la “Cuesta de Septiembre” a la “Cuesta de Enero”.
         En Septiembre, tras el calor que todo lo abrasa y tiene los campos yermos, comienza el Otoño y con él la nueva estación de lluvias, es decir, que comienzan a trabajar las nubes, que también han estado de veraneo. Y es que en Agosto se acaba o se para todo: las nubes, los colegios, el Parlamento, los carteros, los empleados de la luz,...
         En Septiembre -sin que se sepa muy bien por qué-, colecciones de todo tipo invaden a mansalva -a modo de eclosión, plaga o epidemia- pantallas de televisión, kioscos y librerías: libros, fascículos, cursos, discos, videos, videojuegos, cedés, miniaturas, reproducciones,... Esto, sin que se sepa muy bien por qué.
         En Agosto ya están recogidas las cosechas, al menos, las tradicionales, las de cereales -“Tras Santiago, buen trago”- y, en Septiembre, comienza la Vendimia y el Verdeo, dando lugar a un nuevo ciclo de trabajo en el campo y a las nuevas cosechas de vino y aceite. En Septiembre -¡mira tú qué ilusión!- comienza de nuevo la Liga de fútbol. En Septiembre comienzan una nueva vida muchos y muchas que se separan o divorcian, pues acaban de descubrir durante las vacaciones de Verano que no se soportan  y que, en consecuencia, no pueden vivir juntos. En Septiembre se sacan los paraguas y se hacen los -tan temidos por las mujeres- cambios de ropa en los armarios. En Septiembre comienza a pensarse en las próximas vacaciones, y se hacen planes también para el nuevo curso escolar, y para hacer deporte y una vida más sana, y para adelgazar, y para quitarnos del tabaco, y para -ahora que estamos en casa- hacer todo aquello que nos gusta: leer, escribir, pintar,...
         Y, en fin, si el año comenzase en Septiembre, lo remataríamos como lo rematamos ahora: con unas buenas vacaciones, unas vacaciones con un poquito de viajes, un poquito de siesta, un poquito de baños, un poquito de holgazanería y no hacer nada, un poquito de salir y entrar, un poquito de asistir a actos culturales (cine, teatro, flamenco, conciertos...), un poquito de bebidas frescas y helados,... En fin, que... ¡Feliz salida de año y Próspero Año Nuevo a todos!

 

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