El mejor atleta
Del 5 al 14 de Agosto se ha celebrado en Helsinki, la capital finlandesa, el Campeonato del Mundo de Atletismo. (El primero se celebró allí hace 22 años, en 1983.) Yo, francamente, de atletismo no entiendo. Me gusta verlo, así que veo todo el que puedo; y observo, comparo y saco mis conclusiones. Por eso, con lo que no estoy de acuerdo aunque no entienda mucho, es con que nos quieran vender o hacer creer que el mejor atleta del mundo es el ganador de los 100 metros lisos. Para mí, el mejor atleta y la mejor atleta del mundo son los ganadores de las pruebas combinadas, es decir, el decatleta y la heptatleta. Ya saben ustedes que “deca” y “hepta” son prefijos griegos que significan respectivamente “diez” y “siete”. Así que el decatleta y la heptatleta compiten -en dos días consecutivos- en diez pruebas y en siete pruebas. Pruebas en las que hay un poco de todo. El decatleta compite en 100, 400 y 1500 metros lisos, en 110 metros vallas, en salto de longitud, salto de altura y salto con pértiga, y en lanzamiento de peso, lanzamiento de disco y lanzamiento de jabalina; es decir y como se puede ver, un poco de todo: carreras de velocidad, de medio fondo y de obstáculos, saltos de todo tipo y lanzamientos de todo tipo. La mujer, la heptatleta, está en las mismas circunstancias, compite en tres pruebas menos que los hombres pero en las que también hay un poco de todo: 200 y 800 metros lisos, 100 metros vallas, salto de altura y salto de longitud y lanzamiento de peso y de jabalina. Un poco de todo.
Para mí hay algo que no falla a la hora de decidir sobre esto: los cuerpos de los propios atletas, su conformación. A la vista está que los cuerpos más proporcionados, más armónicos y también los más bellos estéticamente son los de estos deportistas. Incluso me atrevería a decir que son los cuerpos “más normales”. Los cuerpos de los corredores de velocidad se deforman en muchos casos desagradablemente -por no decir monstruosamente-, especialmente en lo que se refiere a muslos, espaldas y hombros; creo, además, que son los más necesitados de consumir “cosas raras” en aras de conseguir la musculatura que les proporcione esa potencia explosiva. Luego, a medida que las carreras se alargan, los cuerpos de los atletas se van adelgazando y, al llegar a los marchadores y maratonianos, los cuerpos son tan delgados -los brazos, las piernas, las caderas, los glúteos, los rostros- que ya no parecen los cuerpos de personas sanas que practican deporte, sino más bien los cuerpos de yonkis, anoréxicos, indigentes famélicos o enfermos consumidos por una enfermedad terminal. Y, los lanzadores, son tan grandotes que es mejor tenerlos como amigos que como enemigos y, desde luego, si te dan un abrazo efusivo o un beso en los morros, a continuación te tienen que dar también oxígeno, suero y spray antiinflamatorio.
Digo esto con todo mi respeto y mi admiración por todos y cada uno de ellos y con el objetivo de que me sirva para recalcar la idea de que, a mi juicio, el mejor y la mejor atleta, los más regulares, los más completos son, no los que se preparan para una prueba o disciplina concreta, sino los que se preparan para hacerlo todo aceptablemente, para hacerlo todo lo mejor posible: saltar, correr, lanzar,... Son ellos los que deberían recibir más atención y admiración por parte de todos: por la organización de juegos, campeonatos y olimpiadas, por los aficionados y espectadores, por los medios de comunicación,... Son ellos los que más se acercarían a un concepto o filosofía humanista del deporte: el conseguir un cuerpo sano y un espíritu equilibrado. Y son ellos los que deberían cerrar las competiciones deportivas subiendo a lo más alto del podium y siendo coronados con la corona de laurel.
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