Libros
Mi desencuentro con los libros ha ido a más con los años. Lo que comenzó siendo una pasión, un amor ideal, se ha convertido poco a poco en una relación de amor-odio. Al principio, en mi primera juventud -o quizás ya antes-, quería poseerlos todos. Soñaba con una biblioteca de ésas de película o de novela, una habitación enorme forrada de cientos, tal vez de miles de volúmenes. Tenía esa idea, quizás romántica. Y me puse a ello. Compraba todos los libros que mi bolsillo me permitía comprar. Y los robaba. Visitaba librerías, ferias del libro, mercadillos de antigüedades,... Quería tener, como mínimo, lo que cualquier biblioteca que se preciase no podía dejar de tener: los clásicos españoles, los clásicos franceses, los ingleses, los rusos,... Fui cambiando mis estanterías por otras cada vez más grandes y abriendo secciones: poesía, teatro, novela, ensayo, diccionarios y enciclopedias,... Todo ello con la intención, naturalmente, no sólo de tenerlos, sino de leerlos, releerlos y consultarlos cuando me apeteciese o fuese necesario.
Con el tiempo, los libros comenzaron a agobiarme, a constituir un problema. Ni tenía tiempo de leerlos -mucho menos, de releerlos-, ni tenía espacio para tener tantos y tenerlos dignamente. Además, para mi desconsuelo, comprobé que los libros, por muy bellos que sean, por muy nuevos y flamantes que estén, terminan poniéndose amarillos y terminan, por muy cuidados que los tengas, comidos de polvo y cagados de moscas. Lo cual, como los amas, te hace sufrir. (He visto, al abrir un libro, salir gusanos de su lomo y he visto una estantería de libros atacados y destruidos por la polilla. Y no es agradable.) Me parecía que los libros, allí colocados en las estanterías, inmóviles, sin que nadie los leyese, eran como las mariposas del coleccionista pinchadas con alfileres en sus cajas, muertas y secas. Así que hace años que me di cuenta de que tenía que renunciar a esa faceta de bibliófilo.
Decidí deshacerme de una buena parte de ellos. ¿Cómo? Tirarlos a la basura, por muy viejos que estuviesen, me parecía un sacrilegio. (No se tiran a la basura las cosas que se quieren o se han querido.) Echarlos en el contenedor de reciclado de cartón y papel me parecía tres cuartos de lo mismo. ¿Quemarlos? No, por cierto; ya es suficiente con la larga tradición de este país en la quema de libros. Llenar una o más cajas y llevarlas al sótano o al cuarto de los chismes, como había visto hacer a otros, ¿para qué?, ¿hasta cuándo? Darlos en una campaña de ésas en la que envían libros a países hispanoamericanos pobres era una buena idea. Pero nunca he conocido realmente una campaña de ésas, sólo de oídas. La mejor solución era donarlos a una Biblioteca; me parecía el sitio ideal, porque allí estarían vivos al ser usados -leídos-. Más de uno que supo mis intenciones, me dijo que no los donara, que había sitios donde los compraban al peso, y así sacaría algo por ellos. Pero a mí, vender mis libros, me parecía como vender a mi madre o a mis hijos. Las Bibliotecas no me decían que no abiertamente, pero me decían que sí a regañadientes. Las Bibliotecas -te razonan, te cuentan y se quejan los bibliotecarios- también tienen sus problemas: no tienen espacio, se lee poco y lo que el usuario pide son las últimas novedades de los autores más conocidos, son más usadas por escolares y estudiantes para trabajar que por lectores, etc.
Ahora, la relación que intento mantener con los libros -aunque todavía no me he liberado totalmente de la otra- es la relación que mantienen los vampiros con sus víctimas, chuparles la sangre y dejar el cuerpo, la relación que mantenemos con los moluscos, comernos la sustancia y dejar las conchas, la misma relación que estableció don Perlimplín con Belisa en su jardín, robarle y quedarse con su alma ya que no podía poseer su cuerpo.
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