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Ciencia

         A veces, caen en mis manos periódicos o revistas viejas; y los abro y las repaso con la misma avidez que si fueran del día, buscando esos artículos y reportajes que no pasan de moda, esas noticias sobre investigaciones y descubrimientos, esas informaciones que explican nuestro cuerpo, nuestra forma de ser y de comportarnos, nuestro universo, que explican un poco más nuestro pasado, nuestro presente y nuestro futuro. Esas noticias me resultan extremadamente emocionantes, pues es como si el hombre, el ser humano, tuviese delante un gigantesco rompecabezas y, poco a poco, fuese encontrando y colocando las piezas que dan sentido al conjunto, dando también explicación así a aquellas preguntas universales de quiénes somos, de dónde venimos y a dónde vamos. Pero dando explicaciones lógicas y racionales, no explicaciones mágicas y supersticiosas, entrando en el por qué de los hechos y desentrañando el misterio físico, químico, matemático, biológico,... de naturaleza, relaciones, funcionamiento, consecuencias,... no basando la explicación de todo en la buena o mala conducta de los seres humanos y en la complacencia o la ira de dios o de los dioses para premiar o castigar dichas conductas. Todo lo que me espanta de la religión, de las religiones, por lo que tienen de primitivas, de fanáticas, de intolerantes, de irracionales, de estar siempre en contra del progreso,... en esa misma medida y proporción me admira y me seduce la Ciencia. La cada vez mayor libertad de los científicos para investigar en libertad, sin tapujos de conciencia, ni de ética, ni de moral,... para investigar todo eso que siempre ha sido tabú, herejía, perseguido y castigado, todo eso que ha llevado a muchos hombres a lo largo de la historia no sólo a la frustración personal o profesional, sino a la cárcel, a la tortura, a la hoguera, todo ese poder político y social que ha estado en manos de la religión y que ha llevado a la prohibición de la publicación de las investigaciones de esos hombres y a la prohibición de sus libros.
         Ciencia. Conocimiento. Pensamiento. Saber. Preguntarse. Preguntarse una y otra vez sin miedo a adentrarse en la oscuridad de los pasadizos y caminos que conducen a las respuestas. Ciencia. Y Tecnología. Quizás, hoy, de la mano e indisolublemente unidas. Seguramente, hoy, las dos caras de una misma moneda. Ciencia y Tecnología. Eso que nos permite conocer la evolución de las especies y de la especie humana, los distintos estadios por los que hemos pasado -hemos sido- desde que dejamos de ser solamente chimpancés y, alzándonos sobre nuestros cuartos traseros, empezamos a ser una especie distinta, y nuestra forma de vivir y de comportarnos en esos distintos estadios adaptándonos al medio y adaptando cada órgano a la función. El control de la maternidad. La fecundación in vitro. El ADN y el desciframiento del mapa genético. Las células madre. La explicación de los eclipses. Eso que nos permite saber, por ejemplo, que el Verano comenzó exactamente a las 8 horas y 46 minutos del martes, 21 de Junio, en ese preciso momento, ni un minuto antes ni un minuto después. El trasplante de órganos. El uso de válvulas, lentes y prótesis dentro del cuerpo. El conocimiento cada vez mayor de los dinosaurios, que habitaron la Tierra hace muchos millones de años. El cada vez mayor conocimiento del cuerpo humano, de su funcionamiento, la mayor comprensión de sus desarreglos y enfermedades y su curación, que es ir ganándole batallas a la muerte. El poder operar a un bebé cuando todavía está en el vientre de su madre. El cada vez mayor conocimiento de nuestro planeta y del universo, de las estrellas, de las galaxias, de las distancias. Eso que hace que un artefacto con ruedas haya viajado a millones de kilómetros y ande dando vueltas por Marte, husmeando y enviando información. Eso que nos permite saber, por ejemplo, cuál es el minuto más visto de un programa televisivo y saber cuántos millones de espectadores había viendo ese programa y cuántos había viendo cada una de las demás cadenas. Eso que permite que desde una sonda espacial se dispare un proyectil a 37.000 kilómetros por hora a un cometa que está a 130 millones de kilómetros de la Tierra y que, después del impacto, esa sonda envíe información que nos permite saber más de los cometas, de la formación de nuestro planeta y del Sistema Solar. Etc, etc, etc.
         “Quiero saber -dice el esclavo Espartaco, en la película homónima-, saber, por ejemplo, por qué cambia de forma la Luna.” ¡Cuánto miedo, cuánto temor y angustia ha pasado el ser humano! Por partida doble. Miedo a lo desconocido y miedo a los hombres que nos castigaban duramente si pretendíamos conocer. Hemos sido esclavos durante siglos, esclavos de nuestra ignorancia y de la moral impuesta.

 

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