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¡Papá: que no te pille yo fumando!

         El día que yo nací, ese día, mi abuelo le dio un cigarro a mi padre y le dijo que ya podía fumar delante de él, que ya era un hombre. Y fumaron los dos al pie de la cama, delante mía y de mi madre, sin considerar que nosotros éramos lo que entonces todavía no se conocía: fumadores pasivos. Mi abuelo hizo y dijo esto porque mi padre, fabricándome a mí, ya había conseguido traer al mundo un varón. No sé cómo le sentaría aquello a mi padre, porque él tenía más de treinta años y hacía tiempo que era ya un hombre, pues tenía negros hacía mucho tiempo los habitantes del escroto, también tenía negros los pulmones de fumar desde su más tierna adolescencia, y tenía negra el alma de trabajar y pasar fatigas. Tampoco sé cómo le sentaría aquello a mi hermana, la primogénita. Pero se ve que hace cuarenta o cincuenta años pasaba en España lo mismo que ocurre ahora: que las niñas valían poco aunque fuesen primogénitas y que hasta que no nacía un varón no respiraban tranquilas las familias y no se resolvían los problemas del país, de la sociedad y del mundo mundial. Como en China con las niñas. O como en el colegio con los “santos” de las cajas de cerillas, que un “bonito” -el de delante, el del dibujo de colores- valía y se cambiaba por dos “feos” -el de detrás, el de las letras-.
         Y es que hay que ver lo que han cambiado las cosas. No digo en lo de las niñas, sino en esto del fumar. Antes los hijos fumábamos a escondidas de los padres. Y si tu padre te pillaba fumando por la calle, te podía pegar un bofetón que te cambiaba de acera, sin temor ni preocupación ninguna de traumatizarte ni de que nadie le denunciase por maltratador. Lo primero que yo me fumé fue una hoja de periódico enrollada. A escondidas, por supuesto. En la cámara -en otros lugares “soberao” y “desván”- de mi casa. Le prendí fuego y, aunque una hoja de periódico es larga, a la primera calada me llegó el fuego al estómago. Debí aborrecer el tabaco y la letra impresa, pero sufrí el efecto contrario, el Síndrome de Estocolmo: me enganché a ambos. Antes se fumaba a escondidas de los padres, de las madres, de los abuelos, de los tíos, de los hermanos, de los maestros,... Con temor y, en muchos casos, con terror.
         Se me vienen estos recuerdos y reflexiones porque leo la noticia -publicada con motivo del Día Mundial sin Tabaco- de que el 75% de los padres fuma en presencia de sus hijos. Y es que tendría gracia que, ahora, pasásemos al extremo contrario: ver a los hijos vigilando, riñendo y castigando a los padres; no me imagino a los padres y madres fumando a escondidas, en lugares apartados y con poca luz, en el servicio de casa o en el del centro de trabajo, escondiendo el cigarrillo en el cuenco de la mano, fumando deprisa, cerca de las ventanas, espantando el humo a manotazos, apagando y tirando los cigarros muchas veces mediados o casi enteros, guardándoselos en el bolsillo mal apagados, vigilando siempre,... Tendría gracia. Aunque no sería de extrañar este paso al otro extremo tal y como están los niños y como están los padres, tal y como está la sociedad.
         No conseguí superar mi adicción a la letra impresa. Pero sí al tabaco. Y ahora me molesta mucho el humo. Y me molestan los fumadores que no respetan -por falta de educación cívica, porque no les da la gana, o en base a un derecho consuetudinario- los derechos y la salud de los no fumadores. Pero, incluso así, pienso que no se debe perder la cabeza en la adopción de medidas contra el tabaco, incluso así, hay medidas en esta razonable cruzada contra el tabaco que no me parecen adecuadas o que no tengo muy claro que lo sean. Pongo ejemplos. Prohibirte fumar en tu propio coche. (Otro día hablaremos de la cruzada contra los accidentes de tráfico en relación al consumo de alcohol.) Prohibir que se fume en los bares. (Un bar es una cosa muy concreta y todo el que entra en un bar sabe a lo que va.) Que se intente combatir el tabaco únicamente subiendo su precio. (Tiene sus partidarios. Lo que van a conseguir es que algunos adictos, para conseguir sus dosis, le roben a su madre dinero de la cartera o quemen buena parte de la paga.) Y, un último ejemplo: la prohibición del gobierno indio de que nadie salga fumando en escenas de películas ni series de televisión. (¡Otros que se han ido al extremo opuesto! Antiguamente, en las películas norteamericanas, los actores se pasaban las películas encendiendo cigarrillos, apagando cigarrillos, y echando humo con el pitillo en la mano. Y, aunque ya se sabe que el cine norteamericano es pura propaganda, tampoco hay que coartar la libertad de los creadores ni las exigencias del guión. Ni tanto ni tan calvo.)

 

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