Cultura y coñazo del olivo
Esto del respeto y la conservación de la tradición y la cultura del olivo se está convirtiendo en una obsesión que está dando, de tanto rizar el rizo, productos forzados y un tanto absurdos. Así me lo pareció cuando vi olivos sembrados en una zona ajardinada y enlosada de un hospital; así me lo pareció cuando, en un pueblo rodeado de olivares, vi traer de otro pueblo lejano, olivos centenarios y sembrarlos en un parque público y en las rotondas de las calles; así me lo parece cuando la gente siembra un olivo en el arriate del porche delantero o en el patio trasero de su casa; y así me lo pareció cuando, viendo unas recién construídas y preciosas casitas para turismo rural al pie de una sierra, vi que alrededor de la nueva piscina, para dar sombra, se habían sembrado, adivínenlo... ¡olivos! Pregunté a la guía, un tanto angustiado, el por qué de aquellos árboles allí. Y me contestó que era para no romper con el entorno, para estar en consonancia con la vegetación “de toda la vida” de la zona.
Es excesivo. Bien está que se den a conocer las aplicaciones, valores y beneficios del aceite de oliva, bien está que se dé a conocer su historia y elaboración, bien está que se trabaje y se compita por darlo a conocer y abrirle nuevos mercados,... todo está muy bien, todo lo que se haga, ya sea con criterios culturales, laborales o económicos. Pero que no nos lo metan por las narices y por los ojos, que no nos lo metan hasta en la sopa y debajo de la cama porque, siguiendo esos criterios de no romper con la vegetación propia del entorno y de respetar nuestra cultura y nuestra tradición, habría que ponerle a turistas y nativos un botijo al lado de la hamaca, darles gorras de pana y sombreros de paja, ponerles colchones de lana en las camas y navaja en el cubierto, una bota de vino colgada en la despensa, pesar con una romana, tener todo el mundo en su casa y en los lugares públicos un canario amarillo y verde, una flamenca con bata de cola y un torito o torazo negro de fieltro y, cuando nativos o turistas pidan un whisky, decirles que nanay, que nones, que aquí lo que se toma es aguardiente de Rute o de Cazalla, solera de Lebrija, tintilla de Rota, manzanilla de Sanlúcar, dulce de Málaga, vino de Montilla-Moriles y del Condado de Huelva, o coñac, que es una bebida muy española con nombre francés hecha por los ingleses en Jerez de la Frontera.
No seamos más papistas que el Papa. Porque no se atenta contra nuestra cultura ni nuestra tradición ni nuestra economía si limitamos el hábitat del olivo al campo, donde hay muchos y están muy bien y, en los parques, zonas ajardinadas, rotondas, calles, casas... ponemos algo diferente. Porque puestos a hablar de tradición, lo que era tradición hasta que comenzó esta fiebre del olivo, era plantar en esos espacios citados especies exóticas. ¿Qué hay del plátano o platanero, árbol de sombra? ¿Qué hay de la familia de las palmas o palmeras? ¿Qué hay de la familia de los cactus, originarios de Méjico? ¿Qué hay de los ficus? ¿Qué hay del sauce llorón o de Babilonia? ¿Qué hay del mítico baobab, procedente -como aquel negrito del cola-cao- del África tropical? ¿Qué hay de la araucaria y del jacarandá, propios de la América tropical? ¿Qué hay del árbol del Paraíso?... por poner sólo algunos ejemplos.
No seamos catetos. O terminaremos bautizando a los niños con aceite de oliva. No seamos más papistas que el Papa. Pongamos un poco de variedad, belleza, misterio y exotismo en nuestras vidas. Y que no nos metan el olivo por los ojos y por las narices. Porque, si no, terminaremos todos, no siendo alérgicos a su polen -que también- sino siendo alérgicos a la cultura y coñazo del olivo.
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