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Experiencias paranormales:
Las 24 Horas de la Fruta

         Invitome una amiga a hacer el conocido régimen de adelgazamiento de las 24 horas de la fruta, el cual, por otra parte, no sé si es muy conocido o si su uso está muy extendido. Y es que ya hace tiempo que llegó la Primavera al Cortinglé y, mi amiga -que últimamente ha tenido que cambiar el sujetadós por otro dos tallas mayor-, mi amiga, digo, preocupada por la inminente llegada de la temporada de baños en relación a si los bikiminis y los bañadores entrarán donde entraban el año pasado, me invitó a acompañarla en este particular viacrucis. Yo, por solidaridad y por un batiburrillo de razones, como la conveniencia de perder yo también algunos kilos de más y el bombardeo informativo sobre el aumento y los peligros de la obesidad: tensión, azúcar, circulación,... -aunque la circulación tiene peligros mayores, como ya quedó demostrado en mi artículo de la semana pasada-, así como por comprobar por primera vez en este campo el estado de mi voluntad, acepté la que, además de propuesta, era todo un reto.
         No sé si conocen ustedes este régimen de adelgazamiento -que no sé si adelgaza, pero que, en todo caso, dicen que es muy bueno para limpiar el organismo y muy diurético, por aquello de que la fruta es agua-. Consiste en pasar un día de la semana comiendo solamente fruta en esas 24 horas. Que así como existen las 24 horas de Le Mans, existen también las 24 horas de La Fruta. Haces tu vida normal, tu trabajo y tus ocupaciones habituales, y te sientas a comer a tus horas como todos los días, y comes. La manzana, la naranja, el plátano, la uva, la fresa, la ciruela, el kiwi, la pera,... Pero, en realidad, a pesar de la apariencia de normalidad, nada es normal. No digo yo que pasara más hambre que un caracol en un espejo, que no pasé hambre, pero sí que estaba más aburrido que una ostra, y que me sentía raro, como si me faltara algo. Y es que me faltaba algo. Porque el postre estaba siendo estupendo, pero me faltaba el primer y el segundo plato, y una tostada con aceite por la mañana, y un dulcecito a media tarde, y... ¡ya lo creo que me faltaba!
         El ser humano, para seguir avanzando, tiene que aprender de cualquier experiencia que viva. Yo, de esta experiencia mía, también he sacado mis conclusiones. Las cuales no tengo inconveniente en compartir con ustedes. Verán: el día que haces el régimen de las 24 horas a fruta, el fregado es de lo más fácil y barato, pues sólo tienes que enjuagar un plato y un cuchillo con agua clara y ya está el fregado hecho; ese día no tienes que sacar basura a la calle, porque apenas hay basura que sacar; ese día los eructos son como muy comedidos y silenciosos y casi que no llegan a salir a flote, pues apenas hay combustión en el horno de la barriga; y, ese día, las ventosidades no apestan -como de ordinario ocurre-, sino que huelen como huelen hoy día los geles, champús y suavizantes: éste, a melocotón, éste, a piña, éste, a mandarina,... y hasta alguno hubo que olió a macedonia.
         A la hora de la cabezadita de la siesta tuve una pesadilla. Si los que se están quitando o se han quitado del tabaco sueñan de vez en cuando que han vuelto a caer y están fumando, yo soñé que entraba en la cocina y, con toda naturalidad, cogía de la panera uno de esos que llaman picos, piquitos o colines y me lo echaba a la boca sin acordarme de mi régimen; caía en la cuenta mientras lo masticaba y antes de tragármelo, y lo escupía con toda energía en el cubo de la basura, espantado y lleno de culpa, como si hubiese estado a punto de matar a alguien o de caerme desde el tejado.
         Y daban las campanadas de la media noche cuando se cumplieron las 24 horas. Había superado la prueba, había triunfado. Pero, a aquella hora de los vampiros, estaba como Hamlet con la duda y la calavera en la mano; sentado frente a la puerta de la cocina, me preguntaba: ahora, ¿debo acostarme, o ya puedo entrar en la cocina y hacer una sangría y ponerme morado y arrasar con todo?
         No sé si he adelgazado algo con estas primeras 24 Horas de la Fruta, pero como dicen que el hombre es el único animal que tropieza dos veces en la misma piedra, esta semana he reincidido. Porque haya adelgazado algo o no, lo que sí es cierto es que el régimen de marras nos ha servido a mi amiga y a mí para darnos varios hartazgos de risa y, eso -nadie puede cuestionarlo-, sí que es sano y saludable, pues te limpia de toxinas el espíritu, toxinas como las preocupaciones, los problemas, el cabreo, la mala leche,... y te deja más alegre y relajado que un niño cuando le hacen cosquillas.

 

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