Arte
La escultura “La fuente”, de Marcel Duchamp, ha sido elegida no hace mucho “Obra de Arte del Siglo XX”, quedando por delante de obras de, entre otros, Picasso, por ejemplo. El nombre se lo dio el propio autor y la obra consiste en un urinario masculino de pared, de loza o de cualquiera que sea el material de que estén hechos los váteres, bidés, lavabos, etc. Un urinario en loza blanca corriente y moliente colocado en posición invertida. Dicen que la ideó Duchamp en protesta por algo que ocurrió con otra u otras obras suyas. Pero la obra gustó, y fue considerada innovadora y el inicio de no sé qué vanguardia. Tampoco hace mucho que, en Frankfurt, los empleados de la limpieza pública retiraron de las calles una obra de arte confundiéndola con un montón de basura. Y a punto estuvieron de retirar también otras dos obras más: una bañera atada con cadenas a un árbol y un coche viejo lleno de arena.
Hechos como éstos nos obligan a pararnos a pensar, nos llevan a reflexionar ineludiblemente sobre eso que hemos dado en llamar Arte. Sobre el nudo gordiano de qué es y qué no es Arte, sobre dónde empieza y dónde termina, y sobre quién está capacitado para decidirlo. La creación es, muchas veces, un proceso que parte de la nada, que surge de la oscuridad, y va tanteando, experimentando, buscando un cauce adecuado para expresar algo que quiere o necesita ser expresado, ya sean ideas o sentimientos. Y como todos los seres humanos tenemos -desde que podemos llamarnos así- ideas y sentimientos, parece claro que es preciso respetar todas y cada una de las obras o manifestaciones fruto de esa necesidad, por más vulgares o peregrinas que nos parezcan.
Pero también y por otro lado, todos tenemos o hemos tenido en ocasiones la sospecha o la seguridad de que en esto del Arte hay mucha mitificación y mucho negocio y, por qué no, mucha tontería, de que nos quieren vender gato por liebre, de que lo que nos quieren “vender” por obra de arte no es más que un proyecto inacabado, un intento fallido, una expresión pueril, un timo. (Y -me apresuro a aclarar- no estoy refiriéndome a los dos casos citados al comienzo.) Así pues, tenemos que movernos y encontrar el equilibrio entre dos extremos: el respeto a las obras y los autores y el no dejarnos engatusar por profesionales del Arte ni por modas. Debemos, sin soberbia ni pedantería, confiar en nuestro propio gusto, escuchar nuestro propio corazón, tener fe en nuestros sentidos, y admirar y deleitarnos con aquello que nos dice algo, que nos hace sentir, que nos transmite algo: belleza, armonía, paz, fuerza, pasión, ternura,... El Arte no hay que entenderlo, hay que sentirlo; y así como el chiste -salvando las distancias- tiene que hacernos gracia sin que nos lo expliquen, el Arte tiene que atraernos y emocionarnos sin tener que entenderlo.
Por poner un ejemplo: a mí, personalmente, por más que quieren vendérmela como obra de arte, “La Gioconda” me parece espantosa. Lo mismo me ocurre con algunas obras literarias, esculturas,... En cambio, a veces veo efímeras esculturas de arena en la playa, o esculturas en hielo, o manifestaciones de la misma Naturaleza,... que me dejan maravillado.
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