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Lo mismo da que da lo mismo

         Lo mismo da que da lo mismo. Da lo mismo que salga un Papa africano, hispanoamericano o europeo, blanco o negro, joven o viejo, pedro, pablo, pío o juan. Porque ser “Papa” es un papel, una función, y tenga el Papa la personalidad que tenga o las ideas que tenga, no le van a dejar salirse de su papel, los poderes fácticos de la Iglesia no van a dejar que el Papa desempeñe una labor o una función distinta de la labor para la que ha sido puesto allí. Si no, véase el caso de éste que acaba de fallecer, de cuyo currículum se publicaba, cuando llegó, que le gustaba el deporte y el teatro y que conectaba muy bien con los jóvenes porque tenía espíritu joven. Incluso con ese currículum, ¿qué ha avanzado o, más propiamente, qué ha evolucionado la Iglesia en los veintiséis años de su pontificado? Nada, absolutamente nada. A pesar de los aires de juventud y modernidad con los que llegó o nos lo presentaron, este Papa ha dicho NO al preservativo -a pesar de que el preservativo salva vidas evitando el sida-, ha dicho NO a la planificación familiar, ha dicho NO al divorcio, ha dicho NO al aborto -bajo ningún supuesto-, ha dicho NO a una muerte digna mediante la eutanasia, ha dicho NO a la aceptación de la homosexualidad, ha dicho NO a los matrimonios entre homosexuales, ha dicho NO al sexo salvo con fines estrictamente reproductivos, ha dicho NO al matrimonio de los sacerdotes, ha dicho NO a la incorporación de la mujer al sacerdocio, ha dicho NO a la teología de la liberación en el seno de la Iglesia,...  NO, NO, NO,... NO a todo. Y si ha condenado la guerra, la miseria, el hambre, las desigualdades sociales, las dictaduras, la opresión de unos hombres y países por otros, la barbaridad que supone el voto de castidad para los sacerdotes, la sexualidad, la homosexualidad y la pederastia que hay dentro de la Iglesia, la desigualdad hombre-mujer,... ha sido pocas veces y sin armar mucho jaleo, para tapar a unos y no molestar a otros. La Iglesia, en este cuarto de siglo de pontificado, ha extendido su doctrina y aumentado su poder, pero no ha evolucionado lo más mínimo en sí misma ni en relación a la sociedad. -Las mismas técnicas que emplean para embalsamar y conservar los cuerpos, las aplican a las estructuras y las ideas.- Da lo mismo el currículum que traiga el nuevo Papa y su personalidad, porque es de suponer que cuando un sacerdote llega a candidato a Papa, es decir, a cardenal, ya está más que examinado, filtrado y seleccionado como para no dar sustos intentando innovaciones revolucionarias o modificaciones excesivas.
         Decir, como decía un cronista, que el Papa recién fallecido ha cambiado la historia del siglo XX es, a todas luces, una afirmación de muy pocas luces. Llamarlo “el Grande” es más propio de un zar, un califa o un emperador que de un siervo o apóstol de Cristo en la tierra; a buen seguro, que hay sobrenombres más adecuados para él. Que ahora comiencen a aparecerle curaciones milagrosas y que lo eleven a santo, no es de extrañar. Que digan que lo han enterrado en una humilde caja de madera es una afirmación que se desmiente rotundamente por sí misma, porque a la vista de todos ha estado estos días que, en el Vaticano y en la Iglesia a “esas alturas”, no hay nada humilde ni sencillo. (Me contaba alguien que estuvo en Roma y visitó el Vaticano que, el sentimiento que tuvo cuando entró en él, fue de vergüenza; vergüenza por el lujo y la ostentación que había allí.)
         Evidentemente, la muerte de un Papa es noticia. Pero los medios de comunicación, especialmente los públicos, no deberían habernos mostrado únicamente a las miles de personas que en Roma lloraban y rezaban, sino también a los millones de personas que en todo el mundo hacían su vida normal: trabajaban, comían, bebían, cantaban, bailaban, hacían el amor y las compras,... ajenas por completo a la parafernalia de la religión.Y es que el pueblo llano -“los mansos”- ha pagado siempre las rigideces morales de la Iglesia, pero ha creído más en Dios que en sus representantes aquí en la tierra.

 

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