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Altas, rubias, guapas... y muchas

         No siempre los medios de comunicación nos abruman y nos anonadan con malas noticias; a veces, también nos obsequian con noticias divertidas o, cuando menos, curiosas, aunque para los o las protagonistas de las mismas no dejen de ser problemas, males y preocupaciones. El caso es que en un rinconcito de Andalucía llamado Palos, en tierras onubenses, las mujeres han pedido ayuda a su Ayuntamiento ante el elevado índice de infidelidad de sus maridos, novios y compañeros.¡Qué palo! Esto no es de siempre. Esto es desde que a Palos llegaron y en Palos se juntaron nada más y nada menos que tres mil rumanas y polacas. Es decir y traducido al inglés -que es el idioma que hoy día parte el bacalao en el mundo mundial-, que las rumanas y polacas están haciendo que las mujeres de Palos dejen de ser reinas en sus casas para coronarlas con el título de duquesas de Cornualles, y no digo más, y ustedes ya me entienden. ¡Qué palo! Los hombres, que no son de piedra o que tienen la cara como el cemento, alegan en su defensa que las rumanas y las polacas son altas, rubias, guapas... y muchas. ¿Se imaginan? Un ejército de tres mil amazonas altas, rubias, guapas y muchas en un pueblecito de ocho mil habitantes. Con un ejército así sí que se podía invadir y conquistar sin violencia, haciendo el amor y no la guerra, cualquier país del mundo, llámese Irak, Perejil o el Congo belga. Y es que es mucha mujer, mucha carne en el asador, mucha hormona a la vista y mucha tentación.
         Y precisamente porque se trata de asuntos de la carne y de tentaciones, quizás las mujeres de Palos debían haber pedido ayuda a la Iglesia, que es la que lleva y entiende este negociado o parcela de las personas humanas. Pero allá ellas. El caso es que el Ayuntamiento no ha hecho renuncio; todo lo contrario: ha salido al quite con la organización de unos cursillos contra la infidelidad. -Cualquier parecido del lenguaje taurino con la realidad es pura coincidencia.- Yo tengo noticias de cursos y conferencias raras, como aquél de “Lo que hay que aguantar como Jefe” o aquélla de “Anatomía, Biomecánica y Fisiología del esfuerzo que realiza el costalero”, pero, francamente, no sé cómo se puede llamar, cuáles pueden ser los contenidos ni quién puede ser el ponente de un cursillo contra la infidelidad. El que esté libre de pecado, que tire la primera piedra o que abra las Jornadas. No, decididamente no está nada claro que las mujeres de Palos hayan elegido la vía correcta para atajar su problema. Ni cursillos, ni ayuntamiento, ni iglesia, ni curas, ni golpes de pecho, ni actos de contrición, ni rezos de padrenuestros y avemarías, ni perseguir a sus hombres dándoles alpargatazos en las espaldas,... Escrito está: la mejor defensa es un buen ataque. Es decir: que las mujeres del pueblo de Palos tienen que traer a Palos -o como sea- a tres mil rumanos y polacos que sean, indefectiblemente, altos, rubios, guapos... y muchos. Ya verán entonces, ya.
         Todavía no hemos dicho qué hacen tres mil rumanas y polacas altas, rubias, guapas y muchas por tierras onubenses. Del puerto de Palos partió Colón y los conquistadores hacia América allá por 1492. No se puede decir que “conquistaran” a las indígenas, pero sí que se las beneficiaron a su gusto. Y se trajeron la patata, que no se conocía acá y con la cual aliviaron las hambrunas españolas y europeas. Ahora, estas conquistadoras vienen en busca de la fresa y de una vida un poco mejor y, ya de paso, se benefician a los nativos. Pero ni las nativas ni las conquistadoras podían suponer -a pesar de estar hartas de ver en películas y anuncios a hermosas mujeres darle una mordidita- que la fresa tenía tanto poder erótico, incluso así, en la mata y sin nata. Y es que a las rumanas y polacas altas, rubias, guapas y muchas, las carga el Diablo. Las mujeres del pueblo de Palos -que tiene por apellido “de la Frontera”- han pedido ayuda a su Ayuntamiento, porque ya no saben dónde está la frontera entre el Plan de Desarrollo fresero hortofrutícola y el desarrollo del plan de sus parejas con las titis extranjeras.
         En fin, lectores amigos, que si la próxima semana y siguientes no me ven por estas páginas, es que estoy en Palos de la Frontera, cogiendo fresas. O lo que pueda coger. Porque allí se trabaja en los campos en plan novela pastoril: entre el verde follaje -con perdón- de las matas y el rojo lujurioso de los frutos, derraman su gracia y su donaire bajo el rubio sol, una legión de féminas altas, rubias, guapas... ¡y muchas!

           

 

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