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Puro teatro (II)

         El 14 de este mes de Marzo se entregaron en el Teatro Buero Vallejo, de Guadalajara, los VIII Premios “Max” de teatro, aunque su nombre oficial es Premios Max “de las Artes Escénicas”, ya que no incluyen sólo al teatro. Tenía un gusanillo cosquilleándome dentro, como si fuese algo mío. Me gustó mucho la entrega de premios. Fue sobria, nada frívola, sin puerilidades ni humoristas de juzgado de guardia, como es habitual en otras “Galas”. Llamó mi atención negativamente lo soso, la poca gracia, de la estatuilla que se le entrega a los premiados -que me perdone el creador, no todos los días le coge a uno inspirado, o estarían ese día las musas en la playa-: esa manzana con antifaz; aunque estoy seguro de que debe tener su significado.
         Muchas veces he visto a gente del teatro con una pequeña máscara metálica prendida en la solapa. La máscara, una máscara tipo teatro griego, es el más universal de los símbolos teatrales y podía perfectamente haber valido, sin manzana, como premio. El antifaz casi que también, pero no el antifaz carnavalesco sino el de la Comedia del Arte italiana. O, tratándose de los premios “Max”, en honor a Max Estrella, hijo del cráneo privilegiado de don Ramón del Valle-Inclán, protagonista de una de sus mejores obras -Luces de Bohemia- y formulador de la teoría del esperpento, podría haber valido la figura impresionante del propio Max -luenga barba, sombrero, capa española, bastón,...-; o la de Max Estrella y su otro yo, don Latino de Hispalis, pareja de personajes que son, al teatro, lo que don Quijote y Sancho Panza a la novela; o el espejo cóncavo, porque el Teatro -con mayúsculas- sigue y debe seguir reflejando al hombre y a la sociedad, y aunque ya no se pueda decir que España es la deformación grotesca de la civilización europea, sí se puede decir que el hombre, el ser humano, es una caricatura de sí mismo y, la sociedad, el mundo en que vivimos, un escenario en el que se mezclan grotescamente la tragedia, el drama y la comedia. También hubiese valido como estatuilla, tratándose de premios a las Artes Escénicas, un escenario en miniatura, con toda su belleza y todo su misterio: sus bambalinas, sus bastidores, su telón,... Aunque no dejo de darle vueltas en mi cabeza a la manzana con antifaz sobre su pequeño pedestal y, quizá, no sea el motivo o los motivos en sí, sino la plasmación artística de los mismos.
         Por otro lado, apuntar que en 1948 la Unesco crea el Instituto Internacional del Teatro y, éste, en 1961, crea o instituye un Día Mundial del Teatro, que es el 27 de Marzo. (Por qué razón es el 27 de Marzo no he conseguido averiguarlo por más que he rastreado como un perro de caza por las enciclopedias, así que no he podido satisfacer en esta ocasión mi sed de saber ni, en consecuencia, compartir ese dato con ustedes. Se hará palpable y cierto en esta ocasión que “el saber no ocupa lugar”, pues que no ocupará sitio en este artículo.) Ese día -entre otros actos- circula y se difunde entre la comunidad teatral internacional un mensaje escrito por una destacada personalidad literaria, casi siempre, de este arte. El primero que se encargó de escribir este Mensaje Internacional fue Jean Cocteau, en 1962. Luego,  Arthur Miller, Miguel Ángel Asturias, Eugene Ionesco, Pablo Neruda, Tankred Dorst, Fathia el Assal,... entre otros. En España se celebra en Madrid poniéndole las gentes del teatro una bufanda a la estatua del mentado Valle-Inclán.

 

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