Las dos Españas
Los que creían que aquello de “las dos Españas” ya había pasado a la historia, es decir, los que creían que en España ya no había dos Españas, sino sólo una, puede que anden estos días atando cabos y sacando conclusiones ante el tenor de algunos acontecimientos que se han producido y se están produciendo. Los militares amenazan sin tapujos en los discursos oficiales con su “fuerza de disuasión”. -¿Les suena? Son los viejos “ruidos de sables”.- Los curas ultramontanos, ante la revisión política y social de temas como la religión en la escuela, la eutanasia, la homosexualidad,... ponen el grito en el cielo y lanzan proclamas desde los púlpitos y reparten panfletos. Los concejales y vecinos recuperan el racismo y, en vez de acudir y confiar en la Justicia, atacan a los gitanos. El Consejo General del Poder Judicial saca un informe -sin que nadie se lo pida- contra los matrimonios homosexuales en el que comparan a los homosexuales con animales y, por tanto, a la homosexualidad con la zoofilia. El ex ministro de Información, Fraga Iribarne, echa su currículum por delante para defender la esencia de lo español afirmando que él se morirá sin haberse puesto un condón. Los “fachas” de siempre sacan el hacha de guerra a la calle -que no es que la desentierren, que nunca la han enterrado, que éstos siempre están velando armas- y insultan e intentan agredir a un ministro en una manifestación contra la violencia. Y, en fin, hasta el Papa de Roma -a pesar de su edad y su estado de salud- echa una mano diciendo que en España se está fomentando el desprecio por la religión. -Se supone que se refiere a la suya, a la Católica Apostólica y Romana, no a las otras-.
Ahí están. Ahí estaban. Se están quitando las caretas. Son los mismos de siempre. La España oscura, rancia y sacrosanta. No la España profunda, sino “las dos Españas”. En este país nos han querido hacer creer que esas dos Españas se habían disuelto en una sola gracias a una transición pacífica y ejemplar y aplicándonos la vieja formula de “cambiarlo todo para que nada cambie”. A la muerte del dictador, los sectores progresistas de este país, en aras de una transición política pacífica, aceptaron un vergonzoso pacto de silencio en el que se incluía no mirar atrás, no reclamar justicia, no pedir la devolución de lo robado,... aceptaron ser sordos y ciegos y desmemoriados con el pasado. Y eso es lo que ha dado esa impresión de que se había superado lo de “las dos Españas”. Pero lo que ha sucedido en realidad en estos veinticinco años es que no se han puesto en cuestión ni tocado lo más mínimo los privilegios y el statu quo de la España que ganó aquella guerra civil. Pero en cuanto se han puesto sobre la mesa cuestiones peliagudas, como la independencia -pacífica- vasca y catalana, la institución del matrimonio, la religión cristiana -en general-, un tímido no alineamiento con Estados Unidos, la eutanasia,... se sienten amenazados y, entonces, se acabaron los jueguecitos democráticos y, al toque de corneta y al grito de “Santiago y cierra España”, reagrupamiento general y esto es lo que hay y, el que se mueva, que se prepare.
Se sienten amenazados. Amenazados por los inmigrantes, amenazados por los practicantes de otras religiones, amenazados por los y las homosexuales, amenazados por las feministas, amenazados por los independentistas, por los gitanos, por los antiglobalización, por este gobierno y por cualquier gobierno que intente dar un paso adelante o aprobar una ley mínimamente progresista y que suponga un cambio -aunque sea tímido y pequeño- sobre su idea de lo que es y de lo que debe ser España y los españoles.
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