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Puro teatro

         Las personas deberíamos tener -como los gatos- siete vidas. Y ser, en cada una de esas vidas, alguien diferente. O vivir siete veces más de lo que vivimos -pongamos unos setecientos años- y estar obligados por ley a ser, a lo largo de esa larga vida, un poco de todo. Ser hombre, ser mujer, ser homosexual, ser rico, ser pobre, ser blanco, ser negro, ser un mandado, ser mandamás, ser famoso, ser un donnadie,  ser un gracioso, ser un malage, ser un intelectual, ser mendigo,... Sería interesante, ¿no creen? Aunque ya hay quien se las apaña muy bien para, como las mariposas, ir picando de flor en flor, y ser en la vida un poco de todo. Y tal vez nuestra especie, los humanos, no tengamos esas siete vidas o esa condición porque, de todas maneras, todos somos un poco de todo, según con respecto a quién y según el momento de nuestra vida.
         Se me viene esta reflexión al hilo de celebrarse, el 27 de Marzo, el Día Mundial del Teatro. Y es que tengo entre mis vocaciones frustradas la del Teatro. ¿La de actor? ¿De director? ¿Dramaturgo? Quizás solamente la de espectador. Nada ha paliado tanto mi hambre nunca saciada de arte y de cultura como el Teatro. Ni el cine, ni los museos, ni las exposiciones de pintura,... Nada me ha producido más adrenalina, mayor sensación de vivir y de estar vivo que la vivencia del Teatro.
         Estar sentado en una butaca o en el gallinero de ese precioso Lo-pe de Vega de Sevilla y oír resonar por megafonía una voz seria y pro-funda: “Señoras, señores, faltan tres minutos para que comience la re-presentación.” Dos, uno,... Hacerse el oscuro y el silencio más absolutos. Alzarse el telón. La luz creando ambientes y acotando espacios. La música. La escenografía. La utilería. El vestuario. El maquillaje. Ver y oír sobre las tablas a grandes actores y grandes compañías. Y a actores desconocidos de grupos aficionados, igual de grandes por su vocación, su esfuerzo, su falta de apoyo oficial. Ver y oír a Lola Herrera, mono-logando sola dos largas horas ante el féretro de Mario. Ver y oír a Manuel de Blas en “Seis personajes en busca de autor.” Ver y oír al Rey Lear, a don Juan y doña Inés, a don Mendo, a Segismundo, a Celestina, a Calixto y Melibea, a Tartufo, a Arlequín y Colombina, a Bernarda Alba y sus hijas, a don Latino de Híspalis y Max Estrella formulando, en su canto del cisne, la teoría del esperpento,...
         Ensayábamos en un bajo húmedo, sin agua corriente, del Corral del Cristo. Luego, en otro local ruinoso de la calle Torneo. Llegábamos a casa cada noche a la una de la madrugada, cansados, sin cenar, oliendo a tabaco y humedad y mal desmaquillados. Pagábamos un tanto por ciento de nuestro sueldo para financiarnos. Lo cargábamos todo en una furgoneta o en un camión. Y llevábamos el Teatro allá donde nos llamaban: Sanlúcar de Barrameda, Almonte, Algeciras, Jódar, Córdoba, la cárcel de Sevilla, la Escuela de Bellas Artes, el Lope de Vega,... Y cuando faltaba poco para el comienzo, mirábamos por un agujerito que tiene el telón y oíamos el rumor de un teatro lleno o el silencio de un teatro casi vacío. Tres minutos, dos, uno... “Señoras, señores, la representación va a comenzar.”

 

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